Abrió un castaño chorreado y terciadito. Finas las puntas. Como las de todos los toros de la corrida de Cuvillo, más afilada que descarada. Una docena larga de lances de Ponce para recoger, fijar, traer y llevar al toro que, empotradito en la primera vara, se fue suelto del caballo. Y volvió a hacerlo de la segunda, antes de la cual Ponce volvió a la carga con unos cuantos capotazos de doma. Con las dos varas tomadas, se fue el toro en escapada repentina hasta el caballo de la puerta para cobrar un tercer puyazo. Le dolió. También las banderillas.
Castigos y quebrantos se pagaron con mugidos y alguna que otra claudicación. Ponce tanteó, se abrió a los medios y se embarcó en trabajo seguro. Tapado el toro, apenas soltado, librado en los remates de tanda con cites exageradamente abiertos. De perder pasos las tandas limpias y frías, por una mano y la otra. La música estuvo en marcha antes del décimo pase. Ponce prodigó paseos. Las pausas fueron alivio para el toro. En la suerte contraria, Ponce agarró una estocada defectuosa pero letal. Una oreja. La blandió Ponce después como épico trofeo. Tampoco fueron los trabajos de Hércules. Ni el toro del aguardiente.
Ya no hubo más orejas. Era tarde de público fallero puro: de orejas. Fue, por eso, frustrante no está claro si la mayoría que el palco le negara a Castella una de las orejas del toro que saltó después. Cuello de gaita, estrecho y sacudido, chorreado en morcillo, sin carnes para la osamenta que se adivinaba, estrecho de frente o sienes pero bien armado, ese segundo cuvillo cobró dos puyazos traseros, bramó dolido y no fue sencillo ni perverso. Castella le hizo un ajustadísimo quite por chicuelinas abrochado con media y un desplante de desafiar. Rebrincado, claudicante a veces, el toro se vino más al paso que otra cosa y en viajes ciertos pero cortos. La banda atacó afinada el “Cielo andaluz” de Marquina. Música de lujo. Seca la firmeza de Castella en faena atrevida, cuya mayor emoción se vivió con las trenzas de dos circulares sacados a pulso. Y una especie de versión renovada de aquel heterodoxo lance cambiado a toro en paralelo y vuelto que Jesulín bautizó en sus días felices como “el pase de la tortilla”. Una estocada trasera, tendida y atravesada.
Nadie contaba con que la corrida de Cuvillo fuera a salir, sobre todas las cosas, deslucida. Con poca plaza, y al cabo de una semana de feria los contrastes eran inevitables; con poca fuerza, con poca entrega, sin demasiada fijeza. Un tiro al aire. El tercero, hocico puntiagudo, larga la caja, sin enmorrillar, muy a lo Conde de la Corte, tuvo mejor escaparate que cualquiera de los otros. Y desigualaba del todo una corrida de antemano dispar. Frío de salida, justo de fuerzas, apenas sangrado, ese tercero habría sido, con más potencia, toro de son. Se le veía el aire. Manzanares lo manejó con soltura. Por la mano buena, que era la derecha. Sin descararse ni atrincherarse. Sin acabar de apostar por el toro. La música hizo esta vez estragos: “Morenito de Valencia”, que fue torero mártir y murió lejos de su tierra. Una estocada con vómito.
Pitaron al cuarto nada más asomar. Pobre presencia. Se llamaba “Pantomima”. Corretón, mansito. Ponce no disimuló su disgusto. El toro se lidió con insuperable desidia y, cuando se aburrió, se paró. Una vez parado, se puso a molestar: desarmó a Tejero, se distraía, no atendía. Ninguna gana de jugar al parchís con nadie. Ponce tuvo la feliz idea de ser relativamente breve. Siete minutos de faena. Se oyó el “¡Mátalo...!” a los dos de empezado el combate. Un pinchazo escupido, otro hondo y el toro se fue a tablas. Para echarse. Y levantarse en un error del puntillero. Y morirse después.
Así de torcida estaba la corrida estrella de Fallas cuando se soltó un quinto muy ajuampedrado, acodado y astifino, barbirraso y despapado, negro zaino, corto y cuajadito, enseñaba las puntas. Peleón en el caballo. Castella brindó a la gente, abrió faena con su lazo famoso de los cambiados por espalda en cite de largo y abrochados con el del desdén, un molinete y la suelta del toro. Un poco acelerada la faena. Por la actitud del torero de Béziers, menos frío de lo habitual, tal vez ansioso. El toro, sin descolgar ni encelarse, no estaba gobernado la primera vez que Castella pretendió desplantarse y lo sorprendió en una arrancada. No fue la única vez. No cobró la faena vuelo. Hubo muletazos buenos. En la media altura Castella torea ahora con empaque y calidad. Faena poco pensada y, por eso mismo, larga. Pinchazo, media, un aviso, dos descabellos.
Bomboncito colorado, el sexto echó las manos por delante. Sonaron en protesta palmas de tango. Le pegaron dos puyazos duritos, se fue suelto. Pedro Chocolate hizo una suerte clásica: arrancarle al toro la divisa con la puya y llevársela prendida. Castigado en exceso, se rebrincó mucho el toro. Y mugió lo suyo. Muchas voces de Manzanares, que anduvo firme en el arranque y no tan convencido después. Trajín de los de lo tomo y lo dejo, y lo dejo y lo tomo. Sin mayor excitación. Una soberbia estocada.
COLPISA (Barquerito)