CRÓNICA DEL FESTEJO

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

Valencia 20 Marzo 2.010 - 13ª feria. (tarde)

La corrida fallera de primavera

FICHA DEL FESTEJO


Valencia.13ª de feria. Casi tres cuartos. Templado, nublado. Lluvia en el sexto toro.
Cinco toros de Borja Domecq. Todos, con el hierro de Jandilla, salvo el segundo, que llevaba el de Vegahermosa. Corrida cuajada. De desigual condición y distinta fortuna.

Rivera Ordóñez, de púrpura y oro, silencio y vuelta.

El Fandi, carboncillo y plata, silencio y una oreja.

 Rubén Pinar, que sustituyó a Miguel Ángel Perera, de salmón y oro, oreja tras un aviso y silencio tras dos avisos.


Rubén Pinar


 


Retinto, ancho y bien puesto, el primer jandilla se apagó enseguida. Rivera le bajó las manos en el saludo de capa, que tuvo su aquel y el remate de media a pies juntos muy garbosa. El Fandi quitó por chicuelinas golpeadas y una larga golpeada también. Por el viento. Rivera banderilleó por voluntad propia: dos cuarteos sencillos, con bonita salida, y un par al violín bien discurrido, con entrada y salida por el mismo pitón tras un cambio de terrenos de torero inteligente. Entre tablas y rayas una faena despegada, cautelosa y en corta distancia. A pies juntos, algún dibujo suelto. Estuvo aplomado el toro a los quince viajes. Un pinchazo hondo y tres descabellos.

El segundo, del hierro de Vegahermosa, echó las manos por delante y en un rebrincó dejó destocado a El Fandi. Un palotazo en la montera. Un desarme antes de ir el toro al caballo y, después, un volatín tan a pulso y de caída tan a plomo y tan tronchada que valió por un puyazo o dos. La perfidia reglamentista hizo al toro cobrar, sin embargo, una segunda vara. Ya estaba el toro para el tinte. El Fandi pretendió dejar banderillear a sus peones. No consintió la gente. Los tres pares obligados. Más sobrios, menos espectaculares de lo habitual. Y la paradita con el imperativo índice de la mano derecha de El Fandi. Poderes. Fundido, venido abajo, escarbó el toro. Abrevió Fandila. Una estocada sin soltar y un descabello. Justo antes de soltarse el segundo toro se cumplió en silencio el gran rito equinoccial de marzo. Entró la primavera a las cinco y veinte.
Castaño chorreado, el tercero, un Cronista buen mozo, semienterró pitones. Enterró sólo uno, pero el mismo y dos veces. Escarbó un poquito. Los entierros y dos varas dejaron ese tercero algo más vivo que al segundo. Resistió, con todo, en la suave mano de Rubén Pinar. Tapado siempre, en muletazos por tanto inacabados, el toro se dejó traer y llevar. Estuvo a punto de echarse. Lo tuvo en pie alguna fuerza última. La casta, seguramente. Era sábado; público fallero a tope; se pidió música sin más dilación. El trasteo sanitario de Pinar fue subrayado por las notas juncales del temible Nerva y su no menos temible solo de trompeta. A toro parado, abanicos de Pinar, muy del gusto de la gente de sol, que era la inmensa mayoría. No silenciosa. Un pinchazo, una estocada corta y trasera. Pidieron la segunda oreja. El palco no atendió la reclamación. La segunda oreja es potestad del palco. Se enfadaron los paganos.

Rivera volvió a demostrar su soltura y temple con el capote en el saludo del cuarto. Una larga de rodillas, lances rodilla en tierra de escuela Ordóñez pero abriendo al toro más de lo recomendado en los cánones. Media verónica de rodillas, una revolera de buen dibujo. Sin fuerza el toro, que acusaba las lluvias de invierno en Mérida, donde se crió. Tres pares de Rivera sencillos y seguros. Rodilla en tierra la apertura de faena y dejando venirse e irse al toro sin atacar. Una faena desigual después. Una tanda templada, otra no tanto. Etcétera. La sabiduría de hacerse todo en un palmo de terreno. Un regalo para la masa: tres muletazos mirando al tendido. Rivera sintió que había en la grada mucha gente suya y fiel. Una estocada ladeada, un descabello.

El Fandi se dejó crudo el quinto, que apretó de salida y estuvo a punto de atropellarlo dos veces. Recursos, tablas de Fandila para virar de proa, chicuelinas en vez de verónicas de brazos dormidos, una remate de rodillas, un galleo y, sobre todas las cosas, cuatro pares de banderillas. Cuatro. De mérito mayor porque el toro arreó en oleada varias veces. Facultades atléticas, sitio de torero puesto, volatines, carreras templadas, clavadas certeras casi las cuatro veces y el parón a dedo pelado. De ninguna de las reuniones salió andando El Fandi. Pudo haberlo hecho. Las carreras encandilaron. Muy montada la muleta, apaisada, en línea con la figura encajada de frente: una faena de tomar en corto y tocar por fuera, porque, abierto de cuerna y astifino, el toro no cabía en el engaño así como así. Largo el trabajo. Dos vueltas le dio la banda al “Martín Agüero” del maestro Franco. Una estocada. Delirio popular. Se pidió la segunda oreja. No era para tanto.

El sexto, mazorcas gruesas y alambicadas, engatillado y serio, sacó genio y una punta de violencia. Se empleó a golpes, escarbó, quiso rajarse dos o tres veces. El de peor nota de la corrida. La cara dolida en varas, una manera de pensar. Trabajo interminable de Rubén Pinar bajo la lluvia. Paraguas abiertos en sol. Demoledora la faena, que tuvo virtuoso arranque –una tanda de someter de verdad- y luego, sin tregua, un toma y daca que parecía tener por objeto abrir, con una segunda oreja, la puerta grande de Valencia. No torear. Se atascó la espada, se resistió a doblar el toro.

COLPISA (Barquerito)

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