Poder y maestría de Julián con un picante toro de Garcigrande. Distinguido y ambicioso Castella un noble toro de Del Río. Homenaje a Ponce de seis colegas. Festejo aguado
El prólogo y el primer acto se llevaron tres cuartos de hora: un nutrido paseíllo de siete espadas para celebrar con Ponce sus veinte años de alternativa, y cada uno de los siete ponía su toro, y un primero de corrida, del hierro de Juan Pedro, que, corretón y endeble, fue un flanecito. Lo devolvieron por flojo tras farragosa lidia. Un sobrero del propio Juan Pedro que romaneó en la primera vara y salió con tembleque de manos de la segunda, brindis de Ponce a los seis colegas, una faena sin más perfil que el de mantener al moribundo toro en pie, una aviso antes de entrar a matar, una estocada y una oreja que regaló el palco por su cuenta. Ya había empezado a llover. Lluvia de momento mansa. Luego, un ensabanado de Cuvillo, de lindo remate y finas puntas, y un caprichoso Morante, acompasado con el capote como suele, firme en una despaciosa faena de mano derecha y nada más que esa mano, de recorrer mucha plaza. Ni cante ni copla. Pero más que notable tronío.
El tercer turno fue para un negro salpicado de Garcigrande, que por la mano diestra se vino desde la salida deslumbrado y sin fijarse. Por ver estaba no en qué acababa la cosa sino de qué manera comenzaba, pero de pronto, crudo el toro, ya estaba El Juli en los medios, encajado, rampante, atrevido y desatado. Ni una prueba. Con la mano izquierda, por delante el engaño, preciso el toque o enganche, templado el viaje del toro y un remate de muletazo sencillamente irresistible.
El son incierto del toro por la mano derecha –arriba la cara, la escopeta cargada- vino a propiciar una faena de mano zurda. Una faena de formidable fuerza, sobresaliente por su ligazón, temple y dominio. De llamativa imaginación dentro de su sobriedad; de aguante en reuniones muy ceñidas o abiertas según terciara; administrada a medida del impulso del toro, que acabó tan rendido como la gente. Los olés fueron impresionantes. El ritmo tan de El Juli para torear sin pausas ni desmayos se hizo contagioso. La gente llegó a ponerse de pie en dos momentos. La banda de música estuvo a punto de cargarse el invento –no tan invento...- con un malsonante pasodoble de padre desconocido. Con esa música enemiga pudo también El Juli. Cambios de mano en juegos malabares, listeza para orillar la mano derecha del toro, dosantinas, trenzas, monumentales trincheras. Tandas de ocho y nueve ligados en el mismo palmo. El molinete de salida ligado con el de pecho. Una exhibición. No fue sencillo cruzar con la espada por el fielato tan avisado del toro. Una estocada de recurso: en la suerte contraria y al salto, ligeramente atravesada, dos descabellos con el toro casi aculado en tablas y tapado. Dos orejas.
El cuarto, colorado gordinflón de Manolo González, no pudo con su alma. El Fandi le puso cuatro pares de banderillas. No todo su repertorio, que es una enciclopedia, pero mucho de él: calles cruzadas en viajes por dentro, zigzagueos, carreras por delante, el dedo mágico de ET, los brazos arriba en gran jacaranda. El toro estaba hecho fosfatina. Cortó Fandila sin más.
El quinto fue de Victoriano del Río. Rubio tostadito, acodado y serio. Un bonito toro. Bueno el son, muy noble. No el más bravo, sí el más noble de los siete y ocho que saltaron. Una pizca mansita de docilidad. Para dejar estar. Castella lo templó con el capote en lances verticales y asentados rematados con media. Un quite muy para la gente: chicuelinas de costado, una tafallera. Y la media francesa tomada del repertorio mexicano: manos bajas que sueltan al toro a mitad de viaje. Castella abrió faena con su golpe infalible, estratosférico: de largo en los medios el pase cambiado por la espalda, dos más, una madeja de siete redonda. Y en seguida, en redondo, con buen compás; al natural, de sinuosa manera. Y sin más dilación el toreo de zona cero, por aquí y por allá, encajada la figura tras los cambios de mano resueltos entre pitones. Ambiente volcado. Una fea estocada desprendida y con vómito.
El sexto, de Garcigrande, salió deslumbrado y con aire bravucón se arrancó de un caballo a otro, y del otro al primero para cobrar en todas las bazas, derribar en dos y escupirse en seis. Alma diabólica. Un par de banderillas antológico de Curro Javier sorteando uno de tantos arreones. Y, sin embargo, se paró de pronto el toro. Manzanares lo pasó y sujetó con admirable sosiego. La manera de estar y ponerse fue de torero mayor. Cuando el toro dejó de todo, una estocada extraordinaria.
El último, de Carmen Lorenzo, muy bonito, galopó de verdad, Cayetano lo acompañó en lances de buen compás y, luego, cuando, ya cerca de las tres horas de corrida y con lluvia ya brava, pesaba hasta el asiento, se puso a faenar sin creérselo del todo. Era toro de los de tirar y no esperar. Nobleza, pero sin inercia. A menos la cosa.
COLPISA (Barquerito)