CRÓNICA DEL FESTEJO

                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Vitoria 7 agosto 2010
 

"Primor, poder e inteligencia: El Juli grande"

FICHA DEL FESTEJO

Vitoria. 3ª de feria. Tres cuartos largos. Veraniego.
Seis toros de Victoriano del Río, de buen juego, nobles. Todos con el hierro de su nombre, salvo el cuarto, del de Toros de Cortés, que se movió mucho a querencia.


Enrique Ponce, de tabaco y oro, silencio tras un aviso y oreja tras un aviso.

El Juli, de azul cobalto y oro, saludos y una oreja tras un aviso.

Sebastián Castella, de negro y oro, silencio y saludos tras un aviso.
 

Las dos faenas de El Juli fueron modelo de bien torear. La primera, a un toro astifino y cornialto, distraidito y temperamental, de chisporroteante pero regañada embestida, que se dolió en varas y arreó a escopetazos en banderillas; la segunda, a un quinto cabezón que, menguadas las fuerzas tras un puyazo, pretendió sin éxito rajarse, salirse de engaño e irse. Este quinto tuvo bondad.

De las dos faenas, la de ciencia fue la primera, y también de valor, pues, encajado toda la tarde, El Juli tuvo que imponerse con ese “¡Aquí estoy yo!” tan suyo y lo hizo cuando el toro se vino por la mano izquierda gateando y desganado. Hasta que El Juli ligó el natural con el de pecho, que fue no la cota de la faena pero sí el punto de inflexión. Llevaba ya ganada la partida El Juli, que en cinco dobladas al inicio de faena le había bajado al toro los humos como por arte de magia. Al décimo golpe certero de Julián, en faena de rápidas ideas, y toda en los medios, este segundo de corrida quiso huirse. No consintió Julián, capaz de sujetar un toro con un mero toque.

El toro de salida se le había venido cruzado en el capote, y metido por detrás, pero acabó antes que después en las redes de El Juli, que dispuso de terrenos, tiempos y distancias. Lo propio de las faenas de autoridad. La gracia de un final con pases de costadillo, la propina de esos muletazos caros para igualar que tanto definen el talento de un torero y una estocada al vuelo pero perpendicular, tendenciosa y sin muerte. Hubo que descabellar. La colocación de la espada no dejaba al toro descubrir y El Juli prefirió descabellar sin sacar antes el estoque. Siete golpes de verduguillo.

La segunda faena, con muchos pasajes en los que El Juli toreó a cámara lenta, fue, sin contar sus secretos técnicos, de cadencioso dibujo y rica sensibilidad, como siempre que parece que el toreo se dice y no se hace. El Juli, ya templadísimo a la verónica, debió adivinar desde el primer encuentro que el toro era de los de torear despacio: no sólo porque tuviera las fuerzas precisas pero las justas, sino porque el son era pastueño, y más mansito que propiamente bravo. Por eso quiso irse e hizo amago de ello no una sino cinco veces o más. Sin sacar el látigo, sino ganándole pasos o por la mano, El Juli sujetó al toro en el engaño y hasta lo libró en pausas medidas. Casi todo fue, como en la baza primera, en el mismo platillo de la plaza. En la boca de riego. No hubo toro de la corrida de Victoriano del Río que no tropezara o claudicara más de una vez. Pero ninguno de los dos de El Juli, que hizo alarde en su momento del toreo de abajo arriba y, cuando estuvo el toro asentado, en los dos casos, tocó la tecla clásica del de arriba abajo.

De llevar tan suavemente cogido el engaño, a El Juli se le cayó de la mano la muleta. Codilleo gracioso en los muletazos de sujetar con la diestra, encaje soberbio en las tandas con la izquierda, un molinete envuelto en tirabuzón con la misma calma de la faena toda, péndulos y cambios de mano cuando el toro pidió la cuenta, tres muletazos genuflexos de categoría para cuadrar al toro y, ahora sí, una estocada hasta las péndolas, inapelable. Pero un pelo trasera. El toro se aconchó en tablas, se resistió, El Juli le sacó a pelo la espada encajada entre pitones, que es como hay que hacerlo, algo impreciso el puntillero. Una oreja. No se reclamó más. Como si se viera todos los días torear así de bien.
La corrida de Victoriano del Río no tuvo ni la personalidad ni la calidad ni la fuerza de la que hace justo año echó aquí mismo. Pero salió, del segundo hierro de la ganadería, un toro de línea Atanasio, cuarto de la tarde, que fue para Ponce como anillo al dedo. El toro, de querencia a tablas y adentros, se impulsó con potencia, fue pronto a toques y enganches y metió la cara con esa electricidad que da la casta. Ponce se acopló y templó con él sabiamente. Faena de madurez. Larga sin motivo y, por tanto, reiterativa en dibujo y propósito. Llegó a la gente. Un pinchazo, una estocada con fe.

No fue Castella convidado de piedra, pero tampoco fue sencillo salir a torear después de El Juli. Noble, gaseoso y claudicante, el tercero de la tarde se le había ido al suelo dos veces en las primeras seis bazas. Firmeza de Sebastián, que pisó con fuerza. Un bello arranque con un sexto que duró demasiado poco y al que, a la manera de José Tomás, pegó de perfil y a pies juntos muletazos embraguetados y algo sombríos. A menos la faena cuando el toro se vino abajo. La primera faena de Ponce fue de las de perder pasos. Punteó el toro por la mano izquierda. Muchos enganchones. Una estocada caída.
 

Colpisa - Barquerito

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