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FICHA DEL FESTEJO |
Zaragoza. 5ª del
Pilar. Lleno.
Primaveral tarde
de otoño. Una
rendija en la
corona alivió de
humos el
ambiente.
Seis toros de
Núñez del
Cuvillo. Una
hermosa y
astifina corrida
de variadas
hechuras y
general buen
juego. La
movilidad, la
codicia y la
prontitud fueron
notas comunes a
los seis toros.
El segundo tuvo
picante
temperamento
pero bravo brío;
el quinto,
jabonero y
lanudo, se puso
andarín y,
aunque hizo
hilo, tomó las
telas. Fueron
los dos toros
complicaditos de
una corrida
noble. Tercero y
sexto tuvieron
calidad. Al
primero le costó
un poquito; el
cuarto se dejó
bien.
Raúl Gracia
“El Tato”,
de turquesa y
oro, palmas y
silencio. El
Juli, de
tabaco y oro,
una oreja y gran
ovación.
Daniel Luque,
que sustituyó a
Manzanares, de
celeste y oro,
vuelta y oreja
tras un aviso.
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Julián López "El Juli" |
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Los dos toros complicaditos de una notable corrida de Cuvillo entraron juntos en el lote de El Juli. Esa fue su fortuna: la de los toros. Porque en las sabias manos de Julián lucieron los dos: un díscolo segundo que tuvo, al atacar, un eléctrico, punteado e incómodo repique, como si pretendiera desbordarse del engaño, pero no consintió El Juli que lo hiciera, sino que lo atemperó; y un quinto jabonero, destartaladote, rizos de carnero en cuello, pechuga y testuz, ni guapo ni feo sino todo lo contrario, que, abierto de cuerna, afilado y descarado, hizo una de las cosas que más incomodan a los toreros: gazapear, andar, no pararse ni al ser soltado.
De cómo se gobierna un toro andarín dio lección El Juli con ese toro en una faena de tanta ciencia o gobierno como entrega. A final de faena, con el toro sometido y calzado, todavía se arrancó en los medios El Juli con dos tandas de tal ambición que parecía no el torero consagrado que es sino un novillero aspirante en su debut con caballos. ¡Qué barbaridad!
Los ánimos de El Juli contagiaron a la inmensa mayoría y las dos faenas, y las dos lidias enteras, con sus primorosos capotazos de brega o dibujo, se vivieron en clamor constante y creciente. La faena del toro de los rebotes y los chispazos fue una traca. Y tanto o más la del toro andarín, que dejó de andar no cuando El Juli dispuso pero casi. El ajuste fue casi el mismo en los dos trabajos: más manifiesto cuando el Juli se echó la flámula a la izquierda que en el toreo de compás por la diestra.
Fueron de sentido común las dos faenas, pero en las dos, a pesar de su orden y su lógica, se explayó El Juli en invenciones de sorpresa y en esas suertes que, no siendo para la mayoría, retratan la categoría del torero. Su sentido clásico, su inteligencia, su sal seca pero tan sabrosa. Los muletazos de costadillo previos a la igualada del jabonero, los toques en las salidas de suerte cuando el toro hizo ademán y no sólo ademán de perseguirlo, los recortes a pies juntos cuando parecía que el toro iba a ganarle terreno. O la manera de tapar el fuego del segundo con la muleta por delante, pero soltando toro de pase en pase, sin trucos ni artificios, porque lo probable es que el toro hubiera protestado o pedido la cuenta antes de tiempo.
La penúltima de las casi cien tardes de toros que desde enero lleva sumadas Julián... Pues parecía tan fresco. Y eso fue tan de admirar –la actitud, la valentía- como la destreza, que le es tan propia. En la suerte contraria cobró, en el primer turno, media estocada soltando el engaño; cazó al quinto de media trasera y sin muerte, pidió el verduguillo y no acertó hasta el quinto golpe. Una oreja en el esportón. Pudieron ser las cuatro y estuvieron a punto de serlo.
El momento sentimental de la tarde fue la aparición de El Tato por la puerta de cuadrillas diez años después de su retirada. Una ovación sincera obligó a Raúl a salir a saludar al tercio antes de arrancar la fiesta. Todavía convaleciente de una reciente cornada en Barcelona, Raúl afrontó el reto con entereza. Zaragoza ha sido más exigente que generosa con los toreros de la tierra y eso lo sabrá mejor que nadie El Tato, que nació en la plaza de toros y se crió en ella, y en ella se hizo torero de fama y fortuna. Su abuelo fue conserje de la plaza; su padre también.
Raúl acaba de comenzar su segunda vida de torero y la expectación se palpaba visiblemente. El tirón de El Juli en Zaragoza, desde luego, pero el empujoncito del lleno lo puso El Tato. El toro más grande, alto y largo de los seis cuvillos; y el más terciado, que tardó en asentarse porque no apoyaba bien pero descolgó. Comedido, como si el toreo fuera cosas de introspección, El Tato se midió mucho, estuvo firme, jugó los brazos, no miró a los tendidos ni una vez, dispuso con arrogancia de los dos toros de destino y los manejó con ese rancio saber que da a los toreros la edad. A los dos los mató de estocadas certeras.
Luque, sustituto de Manzanares, bulló como si la sangre le hirviera, el hervor fue a veces precipitación, un estallido de cosas del repertorio bien aprendido. Los dos toros de mejor son de la corrida, y con ellos se acopló en el toreo de capa, pero salteando los lances de vuelo con los de alboroto, y en el toreo de muleta de la misma manera: al muletazo de enjundia o de gracia sevillana –el toreo acaracolado- le seguía de pronto el de temeraria apariencia o pasado de velocidad. Pero en la mano tuvo los dos toros, a la gente le conmovió esa alegría un puntito soberbia y selvática del torero de Gerena yu hubo premio. La estocada al sexto, al segundo viaje, fue magnífica. El metisaca ladeado que hizo guardia al tercero, muy de lamentar.
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