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FICHA DEL FESTEJO |
Zaragoza. 7ª de
feria. Media
plaza.
Cinco toros de
Valdefresno
(Nicolás
Fraile), de
hechuras y
condición
desiguales, y un
sobrero -6º bis-
de Los Bayones
(Manuel
Hernández), de
precioso cuajo,
muy astifino,
bravo pero
malogrado por un
puyazo trasero
que lo tronchó.
El primer
valdefresno fue
muy bondadoso;
se rajaron
tercero, cuarto
y quinto; se
dejó sin más el
segundo.
César
Jiménez, de
azul pavo y oro,
saludos y
silencio tras un
aviso.
Matías Tejela,
de rosa palo
y oro, silencio
en los dos. Paúl
Abadía
“Serranito”, que
sustituyó a
Uceda Leal,
de cobalto y
oro, palmas tras
un aviso y
silencio.
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Pasaron de los 600 kilos dos de los seis toros de Valdefresno que entraron en el sorteo. Las básculas de Zaragoza son muy precisas: 627 kilos el primero de corrida; 621 el quinto. El primero, abanto de salida, no se empleó en el caballo, sangró mucho por el boquete de un puyazo de paletilla, y, aunque apretó en banderillas, se movió con son tartanero, que no cascabelero.
Fue toro bondadoso y lo toreó con asiento, gusto y cabeza César Jiménez. Conviene medir los volúmenes de los toros –éste era de muy ancho balcón y César gasta avíos pequeños- y esa especie de tiempos que cada toro tiene: los tiempos son música, el ritmo de un toro, y con la tecla del compás dio César en una faena de notable madurez. Un tanteo de ideas rápidas, dos tandas rimadas con la diestra, tres con la zurda, que fueron de mejor acople y más brillantes, ligadas; y un final menos riguroso: circulares cambiados y, en el viaje a querencia del toro, un muletazo del desdén. No hay sitio donde no esté la gente fría en el primer toro, y faltó en el ambiente tensión. Un pinchazo, media tendida, un aviso y una estocada.
El de los 627 kilos llevaba nombre de una reata antigua y buena en la estirpe Atanasio: Cantinillo. Como los dos mejores toros del hierro de Garzón jugados en Madrid en los años ochenta. La pinta –negro bragado y salpicado-, los rizos y el ancho cuello se ajustaban a hechuras infalibles. Antes de escarbar, el toro se empleó en el capote y se dio un aire Tejela a la verónica. Después de la segunda vara reculó el toro. Lo lidió de maravilla Carlos Ávila, Tejela brindó a su apoderado –Enrique Patón- y, la muleta al hocico, le pegó al toro una tanda primera de buena garra. Porque Tejela es un torero de los de desgarrarse. Pero de pronto dijo nones el toro: del segundo muletazo de la segunda serie salió huido y casi al galope. Luego, se acabó yendo por el menor hueco abierto. Así que no hubo bola que rascar. En las plazas cubiertas hay toros especialmente sensibles a los aromas, los ruidos y a los juegos de luces, y la sensibilidad se traduce a veces en reacciones de manso. La huida del toro rajado. Y eso le pasó a este Cantinillo de Valdefresno. Dos pinchazos, una buena estocada.
Al arrastrarse el quinto se tuvo sensación de espectáculo sonámbulo, denso y apenas potable. El segundo de corrida, de trote boyancón, rebrincado y claudicante, escarbó con ganas, no tuvo retranca aunque pegó al rematar viaje algún cabezazo y se vino sin celo. Firme pero acelerado con el capote, Tejela anduvo seguro con la muleta porque el toro obedecía de aquella pajuna manera. Se celebró una tanda de las de toreo de noria, sin descubrirse, a toro tapado. Un pinchazo y una estocada. La brevedad sigue siendo una de las virtudes impagables de Matías Tejela. La brevedad y lo que tiene de sincero el saber ser breve sin quedaste corto.
Uceda Leal, enfermo, no pudo torear. Llamaron a Paúl Serranito, que estaba el primero en la lista de espera de toreros del país. Una larga cambiada de rodillas: “¡Aquí estoy!” Pero un tercer toro de mal estilo, de rebotarse mientras buscaba la salida, sin fuerza pero con genio. Parecía estorbarle todo lo que se interpusiera con su instinto de huida. Cabezazos y escarbaduras. Dos pinchazos, un bajonazo –no fue fácil cazar con la espada al toro. Y dos descabellos.
El cuarto, muy rizoso, escobillado pero ofensivo, puso en negativo el saldo de la corrida. Se paró antes de encelarse o llegar a suerte, y lo hizo con aire de toro taimado. Un puyazo trasero lo indispuso. César Jiménez se lo sacó a los medios pensando que ahí tal vez, pero ni ahí metió la cara el toro ni los riñones. Muletazos escupidos, ganas de acabar, y se acabó yendo el toro rajado a querencia de toriles. Cinco pinchazos, una estocada, cuatro descabellos, un aviso, general mal humor. Como el quinto fue de matarile, el toro de la jota se encontró de uñas a la mayoría y, cuando perdió las manos dos veces seguidas, prendió la gresca: pañuelo verde.
Y un astifino sobrero de Los Bayones, bajo de agujas y corto de manos, muy bien rematado, remangado de cuerna pero relativamente recogido. 500 kilos. Fiera la salida, carrera viva de galgo y dos frenazos en los dos primeros capotazos. Echó humo por los ollares en los dos, pero se estiró en el tercero y repitió por abajo. El temperamento del toro era más que prometedor. Serranito se compuso en dos lances buenos dentro de una tanda desigual. Todo por ver cuando el toro tomó un durísimo primer puyazo tan trasero que lo hizo sangrar y pareció troncharlo por el espinazo. A más el son del toro, pese al puyazo tan mortificante, y aunque tomó la muleta, dejó regueros de sangre donde se paró. Y se acabó parando. La miel en los labios para quien hubiera apostado por el toro nada más verlo. Y para el propio Serranito, que pegó por abajo media docena de muletazos templados. Al segundo pinchazo se echó desangrado el toro.
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