CRÓNICA DEL FESTEJO

                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Castellon 8 Marzo 2010 -

"Una polar de rejones"

FICHA DEL FESTEJO

Castellón. 2ª de feria. Soleado, muy frío. Unos 6.000 espectadores.
Seis toros de Los Espartales (José Luis Iniesta) despuntados para rejones. De muy desigual traza y diferente condición. Sin carnes ni cuajo el cuarto; feo con avaricia un quinto cabezón. Segundo y sexto, los de mejores hechuras, dieron buen juego. Se aplomó el primero; se paró y apagó el tercero; inválido el cuarto; se empleó con motor el quinto.


Antonio Domecq, silencio.
Andy Cartagena, una oreja.
Álvaro Montes, silencio.
Sergio Galán, silencio.
Sergio Domínguez, saludos.
Leonardo Hernández, aplausos


 

 

Dos horas y medio duró la clásica de rejones de la Magdalena. Casi fue de las de no se las salta un gitano y se hizo interminable. Por dos razones: resultó, en conjunto, un discreto espectáculo de toreo a caballo, y, por tanto, con mucho más caballo que propiamente toreo; y, sobre todas las cosas, porque, antes de ponerse el sol, pegó un clamoroso bajón la temperatura. El viento helador que baja desde Penya Golosa al Mediterráneo se colaba hasta los tuétanos. Está nevado el Maestrazgo. La corrida fue invernal, polar.

La gente se comportó como genuino público de rejones durante los dos primeros toros, los únicos que se dieron con luz natural. La clientela complaciente de las corridas de caballos. Pero capaz de sacar las uñas y enseñar los dientes cuando un auxiliador abusa del capote. O si el presidente deniega permiso para sobrepasar los límites lógicos de ferralla de castigo.

De las dos cosas hubo: una bronca para el banderillero que, faenando con el primero, propició un volatín lesivo de un toro no sobrado de fuerzas y que llevaba ya encima dos rejones de castigo traseros; otra bronca sonora para el peón que quiso sujetar más de la cuenta en los medios al sexto mientras Leonardo Hernández cambiaba de montura; y, en fin, furiosas protestas en breve ráfaga cada vez que el presidente, en puro ejercicio de sentido común, impidió el abuso y dispendio de rejoncillos y arponcillos. Fue tarde de general desacierto en las clavadas y, desperdigadas las farpas cortas o largas por los lomos, algunos toros parecían acericos o meras dianas para tiradores sin puntería.

El mejor sentido del toreo clásico llevó la firma de Antonio Domecq, que supo fijar a un primer toro abanto y algo frío, y pasar no pocas veces sin clavar pero siempre toreando. Al lance. Y lucir su estilo impagable de jinete de alta escuela española, porque lo lleva en los genes. Antonio tuvo el detalle de poner un par a dos manos –el único de toda la tarde- a pesar de que el toro de Los Espartales embestía sesgado y al paso, sin apenas celo, ya vacío entonces. La cuadra se portó ricamente. Pero con sobriedad deliberada porque el toro no dio para fiesta.

Lo más espectacular y lo más redondo corrió a cargo de Andy Cartagena con un toro de buen estilo –uno de los dos mejores de la corrida- que respondió pronto. Cuando el toro acusó los excesos de un segundo rejón de castigo, empezó a pararse; y cuando Andy abusó de clavar hierros, amenazó con defenderse. Cinco y hasta seis piruetas por una y otra mano, en cites y en salidas, fueron soberbio logro en una reunión cambiada en el tercio con certera clavada al violín. Fue faena a menos, pero Andy hizo virguerías con su famoso caballo Pericalvo. Castaño oscuro, vulgo negro. Balanceos en el sitio, piafés inverosímiles, desplantes, encaramadas al estribo. Todavía estaba la gente más o menos caliente. Sólo una oreja en toda la tarde. Para Cartagena fue.

Álvaro Montes recibió al tercero a porta gayola y lo templó a punta de garrocha en un bonito galope por delante. Dos rejones de castigo en lugar de sólo uno fueron letales para el toro, que estuvo a punto de morir de pie y dejó de atender a cualquier reclamo. Montes se exhibió en alardes de doma –corvetas, lanzadas, piruetas- del todo ajenos a la lidia propiamente. El toro agonizaba.

El cuarto fue una birria de toro y, si no es porque estaban ateridos los paganos, se habría exigido el sobrero. Sergio Galán, con cuadra de sobresaliente porte, trató de clavar al pitón contrario, pero se quedó el toro en todos los intentos. O se abriría más de la cuenta Galán. O batiría antes de tiempo. Los caballos de Galán parecían gigantescos en contraste con la lámina enclenque del toro. Frustrante. Galán se atascó con el descabello.

Cuando asomó con juvenil entusiasmo el riojano Sergio Domínguez, el espectáculo pesaba cual vaca en brazos. Un quinto toro de espectacular telera, badana de babero que le colgaba hasta casi las pezuñas. Cabezón, corto de manos, el toro tenía algo de monstruo de Sendak. Fue de rara conducta. Lo mismo atacaba como un poseso al galope que se atropellaba sin más. No fue sencillo. Sergio dejó probado que se ha convertido en un segurísimo jinete. Imponente dominio. Estuvo valiente. No tan acertado al clavar. Quiso ser puro en los ataques de frente y sin ventajas, y lo fue aunque no siempre acertara al herir. O, colmo de la puntería, prendiera farpa sobre farpa para hacer saltar las dos de un golpe. Se descolgó con teléfonos sobre el testuz en bello alarde. No dejó que la faena se quedara sin ritmo. Dejó detalles de doma buena. Y sacó una cuadra muy puesta.

Lo heroico fue salir a matar el sexto a un gradito sobre cero. Estaría helado de frío el propio Leonardo Hernández, tan fino jinete como siempre. No helado el toro, que, la sangre caliente, buscó con la mirada por dos veces tablas por donde saltar y que arreó al sentir el rejón de castigo, Bravucón y temperamental el toro. Lo gobernó Leonardo pero sin excesos de confianza. Algo precipitados los ataques. Impacientes. Y, sin embargo, faena a más. Un brillantísimo carrusel con las cortas animó a la gente como si de pronto se hubiera pasado el frío. Una farpa en los medios, en ataque de largo y de frente, y en reunión precisa, fue, en punto a toreo, la mayor maravilla de la tarde. O de la noche.
 

Colpisa-Barquerito

 


 

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