Dos horas y medio
duró la clásica de
rejones de la
Magdalena. Casi fue
de las de no se las
salta un gitano y se
hizo interminable.
Por dos razones:
resultó, en
conjunto, un
discreto espectáculo
de toreo a caballo,
y, por tanto, con
mucho más caballo
que propiamente
toreo; y, sobre
todas las cosas,
porque, antes de
ponerse el sol, pegó
un clamoroso bajón
la temperatura. El
viento helador que
baja desde Penya
Golosa al
Mediterráneo se
colaba hasta los
tuétanos. Está
nevado el
Maestrazgo. La
corrida fue
invernal, polar.
La gente se comportó
como genuino público
de rejones durante
los dos primeros
toros, los únicos
que se dieron con
luz natural. La
clientela
complaciente de las
corridas de
caballos. Pero capaz
de sacar las uñas y
enseñar los dientes
cuando un auxiliador
abusa del capote. O
si el presidente
deniega permiso para
sobrepasar los
límites lógicos de
ferralla de castigo.
De las dos cosas
hubo: una bronca
para el banderillero
que, faenando con el
primero, propició un
volatín lesivo de un
toro no sobrado de
fuerzas y que
llevaba ya encima
dos rejones de
castigo traseros;
otra bronca sonora
para el peón que
quiso sujetar más de
la cuenta en los
medios al sexto
mientras Leonardo
Hernández cambiaba
de montura; y, en
fin, furiosas
protestas en breve
ráfaga cada vez que
el presidente, en
puro ejercicio de
sentido común,
impidió el abuso y
dispendio de
rejoncillos y
arponcillos. Fue
tarde de general
desacierto en las
clavadas y,
desperdigadas las
farpas cortas o
largas por los
lomos, algunos toros
parecían acericos o
meras dianas para
tiradores sin
puntería.
El mejor sentido del
toreo clásico llevó
la firma de Antonio
Domecq, que supo
fijar a un primer
toro abanto y algo
frío, y pasar no
pocas veces sin
clavar pero siempre
toreando. Al lance.
Y lucir su estilo
impagable de jinete
de alta escuela
española, porque lo
lleva en los genes.
Antonio tuvo el
detalle de poner un
par a dos manos –el
único de toda la
tarde- a pesar de
que el toro de Los
Espartales embestía
sesgado y al paso,
sin apenas celo, ya
vacío entonces. La
cuadra se portó
ricamente. Pero con
sobriedad deliberada
porque el toro no
dio para fiesta.
Lo más espectacular
y lo más redondo
corrió a cargo de
Andy Cartagena con
un toro de buen
estilo –uno de los
dos mejores de la
corrida- que
respondió pronto.
Cuando el toro acusó
los excesos de un
segundo rejón de
castigo, empezó a
pararse; y cuando
Andy abusó de clavar
hierros, amenazó con
defenderse. Cinco y
hasta seis piruetas
por una y otra mano,
en cites y en
salidas, fueron
soberbio logro en
una reunión cambiada
en el tercio con
certera clavada al
violín. Fue faena a
menos, pero Andy
hizo virguerías con
su famoso caballo
Pericalvo. Castaño
oscuro, vulgo negro.
Balanceos en el
sitio, piafés
inverosímiles,
desplantes,
encaramadas al
estribo. Todavía
estaba la gente más
o menos caliente.
Sólo una oreja en
toda la tarde. Para
Cartagena fue.
Álvaro Montes
recibió al tercero a
porta gayola y lo
templó a punta de
garrocha en un
bonito galope por
delante. Dos rejones
de castigo en lugar
de sólo uno fueron
letales para el
toro, que estuvo a
punto de morir de
pie y dejó de
atender a cualquier
reclamo. Montes se
exhibió en alardes
de doma –corvetas,
lanzadas, piruetas-
del todo ajenos a la
lidia propiamente.
El toro agonizaba.
El cuarto fue una
birria de toro y, si
no es porque estaban
ateridos los
paganos, se habría
exigido el sobrero.
Sergio Galán, con
cuadra de
sobresaliente porte,
trató de clavar al
pitón contrario,
pero se quedó el
toro en todos los
intentos. O se
abriría más de la
cuenta Galán. O
batiría antes de
tiempo. Los caballos
de Galán parecían
gigantescos en
contraste con la
lámina enclenque del
toro. Frustrante.
Galán se atascó con
el descabello.
Cuando asomó con
juvenil entusiasmo
el riojano Sergio
Domínguez, el
espectáculo pesaba
cual vaca en brazos.
Un quinto toro de
espectacular telera,
badana de babero que
le colgaba hasta
casi las pezuñas.
Cabezón, corto de
manos, el toro tenía
algo de monstruo de
Sendak. Fue de rara
conducta. Lo mismo
atacaba como un
poseso al galope que
se atropellaba sin
más. No fue
sencillo. Sergio
dejó probado que se
ha convertido en un
segurísimo jinete.
Imponente dominio.
Estuvo valiente. No
tan acertado al
clavar. Quiso ser
puro en los ataques
de frente y sin
ventajas, y lo fue
aunque no siempre
acertara al herir.
O, colmo de la
puntería, prendiera
farpa sobre farpa
para hacer saltar
las dos de un golpe.
Se descolgó con
teléfonos sobre el
testuz en bello
alarde. No dejó que
la faena se quedara
sin ritmo. Dejó
detalles de doma
buena. Y sacó una
cuadra muy puesta.
Lo heroico fue salir
a matar el sexto a
un gradito sobre
cero. Estaría helado
de frío el propio
Leonardo Hernández,
tan fino jinete como
siempre. No helado
el toro, que, la
sangre caliente,
buscó con la mirada
por dos veces tablas
por donde saltar y
que arreó al sentir
el rejón de castigo,
Bravucón y
temperamental el
toro. Lo gobernó
Leonardo pero sin
excesos de
confianza. Algo
precipitados los
ataques.
Impacientes. Y, sin
embargo, faena a
más. Un
brillantísimo
carrusel con las
cortas animó a la
gente como si de
pronto se hubiera
pasado el frío. Una
farpa en los medios,
en ataque de largo y
de frente, y en
reunión precisa,
fue, en punto a
toreo, la mayor
maravilla de la
tarde. O de la
noche.