Al catálogo de
novilleros de las
escuelas taurinas de
Castellón y Valencia
vinieron a sumarse
dos nombres nuevos
más: el de un Juan
Sarrión
castellonense o
castellonero,
apellido oriundo de
Teruel, y el de Juan
Cervera, de
Benifaraig, junto a
Valencia capital.
Sarrión brindó el
novillo de su debut
con picadores a
Rufino Millán, que
acaba de jubilarse
como director de la
Escuela Taurina de
Castellón.
Descubrieron en
honor de Rufino una
minúscula plaquita
de cerámica de
Alcora u Onda. En un
escondido corredor
de la plaza.
Millán, novillero de
los años 50, es
natural de Morella,
la capital del
Maestrazgo. Ayer
amaneció Morella
nevada como una
silueta tibetana. A
Rufino Millán le
pegó el año 56 en
Tudela de Navarra
una cornada en el
escroto un novillo
albaserrada de
Julián Escudero. O
sea, un victorino.
Un novillo de
encaste Núñez, y del
hierro de Manolo
González, le pegó
ayer una cornada en
el muslo al otro
debutante, a
Cervera, que en
vísperas del debut
cambió de apoderado.
Sarrión es
pelirrojo, y no hay
tantos toreros que
lo sean. No se
despinta. Cervera,
de quien predican
ser una versión
clonada de Enrique
Ponce, es magro,
enjuto y pálido.
Cuando debutó con
picadores, en esta
misma feria, hace
veintipico años,
Ponce no levantaba
tres palmos.
Infantil el porte,
pero torero el gesto
natural. De Ponce.
El novillo que hirió
a Cervera, tostado
chorreado, rubias
las greñas, gacho y
astifino, ancha la
cuna, tuvo la
velocidad clásica de
los núñez. Antes de
la cornada, ya le
había cogido Cervera
una vez. Por
dormirse en un
aprovechón y gustoso
muletazo de mano
baja con la diestra.
Un muletazo de
dibujar y acompañar,
no de gobernar el
viaje. La segunda
cogida, en parecido
trance –un muletazo
desmayado-, se saldó
con una paliza
formidable. Tuvo el
toro a Cervera entre
las manos y lo molió
a pisotones. La
cornada, un puntazo
profundo de casi
diez centímetros,
fue certera.
Probablemente se la
pegó el toro en el
mismo momento de la
cogida y no en el
suelo. El toro se
metió para empalar
al joven torero por
la entrepierna. No
iba toreado. Un
exceso de confianza.
La paliza fue de tal
calibre que Cervera
ingresó en la
enfermería
desvanecido.
Los tres muletazos
de castigo con que
Conchi Ríos dejó
cuadrado al novillo
fueron espléndidos.
Pases de dominio,
pero de una plástica
impecable. Con la
espada no anduvo
Ríos ni fina ni
decidida. Ni pasó ni
metió el brazo.
Conchi Ríos era
cabeza de cartel y
directora, por
tanto, de lidia. La
única de la terna
que ya había
saboreado las mieles
de torear con
picadores. Murciana.
En Murcia hay un
torero pelirrojo,
Alfonso Romero.
Conchi Ríos tiene
personalidad. Sabe
estar en la plaza.
Sabe colocarse y
encajarse. Torea sin
apreturas, en línea.
Tiene descaro, que
es parte de la
personalidad. Se
enfadó de pronto y
le pegó al primer
novillo una tanda de
arrojo y auténtico
temple. Se rajó
luego el novillo,
que se había puesto
pegajoso. El otro
novillo que mató
Conchi, quinto de la
tarde porque se
corrieron turnos
tras la cogida de
Juan Cervera, no fue
sencillo. Adelantaba
por las dos manos.
Trasteo movidito,
pero suficiente. La
intención de torear
de frente, que es
loable. Una rara
tanda de espaldinas
encadenadas.
Improvisación sobre
una base clásica.
Gasta engaños
ligeros de buen
vuelo. Conchi gasta
coleta. La trenza
arranca de la
coronilla y no del
cogote. Original. No
es coleta torera ni
ortodoxa. La torera
está por cuajar y
ver. No es una
osada. Puede
circular. Si aprende
a meter la espada.
Sarrión hizo en los
tres toros un poco
de lo mismo y de lo
mismo mucho. Fiel a
la moda de las
faenas que se
atienen al canon de
la rutina. De las de
pegar muchos pases
para asegurar el son
del toro con la
pretensión de
domarlo. También en
el joven Sarrión ha
encarnado la idea de
que a los toros hay
que taparlos por
sistema y coser pero
no ligar muletazos.
Como está rodado,
sabe ponerse. Tiene
sentido del temple.
Ni un enganchón pese
a que la velocidad
de los tres toros
que mató fue
distinta. Es frío.
Pero valeroso.
Ninguna pereza para
irse a los medios.
No maneja la espada.
Sí los nervios.