El toro más
bravo de la corrida
de Victorino fue el
primero; el más
bondadoso, el sexto.
Ninguno de los otros
cuatro se les acercó
ni por el palo de la
bondad ni por el de
la bravura. Los dos
toros de nota
estaban en el mismo
lote. Pero el
primero hirió de
gravedad a José Luis
Moreno y se
descompuso el orden
de lidia. Rafaelillo
tuvo que matar al
toro de la cornada,
los dos de su lote
y, al fin, el que
iba a haber sido
cuarto y salió sexto
y tan bueno. Los del
lote de Bolívar se
echaron de tercero y
quinto.
Ningún rompecabezas,
sólo que, siendo
cosa de toros, se
puso por medio el
destino. Moreno
toreó bien de verdad
al toro que lo
hirió. Uno de los
tres toros
cornipasos que
venían en la corrida
abiertos en lotes
distintos. De los
tres pasos, este
primero lo fue más
que los otros dos.
Degollado, sacudido,
fibroso, largo,
bajito de agujas,
seria la cofia. Sin
previa cata, Moreno
lanceó a pies juntos
con temple. Lo
agradeció el toro,
que tenía por la
mano derecha el
estilo ácido del
victorino pronto
pero pegajoso.
En el quite volvió
Moreno a templarse a
pies juntos con
lances bien
dibujados. A Félix
Jesús Rodríguez, que
lidiaba, se le metió
el toro por debajo
de los vuelos en un
lance por la mano
derecha. La mano
revoltosa: por donde
se revolvía el toro,
frenándose un poco y
atizando. La
izquierda fue la
buena. Cuatro tandas
con la zurda le pegó
Moreno al toro casi
en los medios: la
muleta arrastrada,
el toro traído por
delante, bien
soltado. Toreo
ligado, vertical
pero flexible,
cierto descaro.
Cuando convino, el
torero de Dos Torres
llamó a la voz al
toro, del que fue de
pronto dueño.
Y tanto que se
atrevió con lo más
difícil: pegarle dos
tandas con la
diestra. Para lo
cual hubo que llevar
al toro tapado y no
soltarlo, poderle
muy por abajo y
vaciarlo con el
obligado de pecho
cuando no cupo otra.
Sujetar la correa de
ese toro fue obra de
torero bueno. La
faena, con su mucha
autoridad y su
tronío, le entró a
la gente por los
ojos y por la
cabeza. Muy caliente
la cosa. Cuadrado
entre las rayas,
pero levantado el
toro, Moreno entró a
matar dando la
espalda a chiqueros
y cerca de ellos. Lo
arrolló el toro al
cruzar José Luis con
la espada y pareció
que en el aire
todavía lo prendía
por la corva.
No se vio que lo
hiriera, pero, al
incorporarse, José
Luis se echó mano a
los machos
doliéndose. Llevaba
una cornada de 20
centímetros. No pudo
rematar esa faena
tan redonda.
Rafaelillo despenó
al toro al cuarto
intento. Quisieron
que la cuadrilla de
Moreno diera la
vuelta al ruedo.
Rafael Figuerola, su
peón de confianza,
salió tímidamente a
saludar a la boca
del burladero. Un
exceso de modestia.
El dolor de la
cornada, tan
frustrante en este
caso. Y el otro
dolor: dejarse por
fuerza mayor en el
tintero un segundo
toro de lote que
humilló, repitió con
son, obedeció
siempre y por las
dos manos y sacó en
fin el estilo de los
victorinos de estar
con tanto gusto como
importancia.
Para Rafaelillo fue
ese toro de premio.
Recompensa para la
abnegación de tener
que matar en la
primera salida del
curso cuatro toros
de Victorino Martín.
De los dos del lote
de sorteo, uno,
jugado en cuarto
lugar, le hizo
sufrir porque fue
toro de los de
amagar, adelantar
por las dos manos,
enterarse y apretar
sin darse. El
segundo de corrida,
con querencia a
chiqueros, en cuyo
terreno se descaró
de salida, humilló
cada vez que tomó
los engaños, pero se
iba de la muleta a
cada dos viajes.
Aire de toro rajado,
recostado en tablas
de pronto.
Rafaelillo no eligió
el terreno donde
pudiera el toro dar
más de sí. Con el
sexto, en cambio, se
avino enseguida y,
en el tercio primero
y en los medios
después, le bajó la
mano, lo llevó
toreado, se
despatarró y fajó
con él, toreó con la
pasión del torero
que de pronto se
deja ir y arrebata.
Aire de pelea tuvo a
ratos la faena.
También poder y
carácter. Una
estocada soltando el
engaño. Casi la
segunda oreja.
De los tres toros
pasos, el más cómodo
fue el tercero, que
era más estrecho de
sienes que los dos
primeros. Brusco,
tobillero, celoso y
andarín hizo a
Bolívar tirar de
recursos. Los
recursos de un
torero que se formó
en casa de Victorino
y los conoce: los
recursos y los
toros. Una faena
competente, pero a
menos por larga, y
rematada de estocada
caída. El quinto fue
el de peores
intenciones del
envío. Agresivo, de
genio feo, listo de
ponerse por delante
y frenarse por
sistema. Muy
difícil. No paró de
enredar. Bolívar
resolvió la
papeleta. Hubo quien
aplaudió en el
arrastre al toro.
Sería por calentarse
las manos.
(COLPISA,
Barquerito)