Gusto, gracia y solvencia. Ahí está la diferencia que coloca a Juan Mora como el torero de mayor novedad, cosa paradojal con 27 años de alternativa a cuestas.
Y lo mostró con creces en sus dos toros en esta tarde en que el toreo fue suavidad añeja, expresión cristalina, movimiento tenue de la muleta con la expresividad que aporta el cuerpo de Juan que, relajado, se convirtió en crispación estética.
Faenas cortas ambas. No esas interminables tan de moda hoy y que, dicen por ahí, exigen los públicos.
Mora con los pies juntos acompañó en las verónicas de recibo, pura seda, brillo y luz. El toro, que se venía por dentro por el derecho, presta su condición para ver el toreo (!) con la izquierda y emocionarnos con él. Simple, suave, sin nada forzado, muletazos que azotan el alma. Montó la espada repentinamente y cobró.
En su segundo más de lo mismo, que siempre es distinto, cuando se trata del plasentino. Cada lance, cada muletazo un verso de un poema mayor, el de la faena que le valen a Mora las dos orejas y la unánime aclamación victoriosa de un torero hoy fundamental.
El Cid estuvo brillante con el capote en ambos de su lote, premiados tras el arrastre con la vuelta al ruedo.
Lances de recibo suaves, de torero caro, echando los vuelos por delante, llevando el embaucador capote al perfecto compás de las embestidas, como un embrujo sutil.
Su primero tenía suavidad y le liga desde los medios los derechazos, no siempre metiendo la cara con clase, el toro tiene el viaje largo y permite multazos profundos. Y muchos.
Por la izquierda le engancha los tres primeros. Liga a continuación los restantes, superiores en temple, largo el trazo, rematados con un trincherazo asolerado y dos de pecho eternos que son la maravilla.
Su segundo tuvo prontitud y alegría y El Cid lo aprovechó y se gustó. Y así puso la plaza al rojo vivo y se sucedieron series, de multazos menos largos hacia el final, pero emotivos y energizantes.
Luis Bolívar tuvo un sensacional toro, el sexto, que tenía pronta y alegre arrancada, que se vino algo a menos hacia el final y del que había que cuidar sus escasa fuerzas, pero enloqueció al público.
La de su primero fue una de esas faenas de ¡ay!. En la larga de recibo lo cogió de muy mala manera, parecía la cornada inevitable y salió indemne.
Luego en el quite, que fue por chicuelinas, volvió a ser prendido y bendita sea la falta de certeza del animal al coger.
El toro tenía cierto peligro, de pocos decibeles, casi inaudible pero real. Y se acopló perfecto Bolívar, muleta retrazada, y mantuvo el tono hasta coger la espada. Qué rotundo y qué cojones señor Bolívar!