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José A.
Morante de la Puebla
En él se funde personalidad, arte, genio y
sensibilidad.
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La torería
de Morante es una sinfonía inacabada. La partitura del de la
Puebla permanecerá inédita hasta el fin de nuestros días.
Tenemos el convencimiento, los que lógicamente andamos
siempre de enterarnos con apasionamiento de este tema,
aunque desgraciadamente de difícil interpretación por una
gran mayoría, de que los toros de lidia manifiestan
generalmente el carácter de quienes los crían y seleccionan.
La certeza de semejante apreciación es una pieza más del
rompecabezas de ese gran mosaico que conforma las estrechas
relaciones existentes entre el medio natural, sus seres
vivos y la directa intervención de los hombres.
Pero en el centro de esas “relaciones ganadero-toro”,
aparece el torero y entonces se desborda en toda su
dimensión una complejidad indescifrable, una tan extraña
como profunda esencia espiritual, diferente a todas las que
alberga el alma humana, que es la mantendrá siempre viva la
Fiesta Brava.
Si antes comentaba la figura señera de José Tomás, cuya
quietud ante la muerte nos hace tiras el ánimo movido por
una angustiosa emoción, sin que sepamos en verdad sea dicho,
en qué tipo de torero encuadrarlo, porque es diferente a
todos, la cosa es mucho más fácil si analizamos al realmente
al representantes más joven del concepto más artístico del
toreo –que como todos sabemos están agrupados en toreros
artísticos, técnicos y de valor, pues en el cuarto grupo
entran todos los demás-, ya que con su capote y muleta, tal
y como de Paco Camino «meciendo acompasado y templado el
capote, como pocos en toda la historia del toreo”, viene
ahora Morante de la Puebla y logra con su impecable arte
cautivar siempre a todos los públicos, ya sean aficionados o
no, porque sus faenas alcanza la cumbre de la perfección, y
eso tiene un aroma que penetra en todos los sentidos y que
su toreo desprende donde quiera que se presenta.
Hay quien dice que “frente a esa realidad
indiscutible resulta lógico pensar que algunos estimen que
esas grandes faenas se las hace a “los medios toros.” ¿Qué
tiene que ver eso con su maravilloso don de desprender el
arte más puro? ¿Para qué queremos un torazo cargado de
intenciones y manso si no vamos a verle regalarnos el tesoro
anímico de la incomparable pureza de sus faenass?
Él lo dice: “Trato siempre de torear lo
mas puro posible y al mayor número de toros para mantener
una regularidad, pero siempre buscándose a uno mismo y creo
que ahí es donde está la personalidad y el arte de cada
torero.” Y, si importante es su arte inigualable,
además, tiene un profundo sentido de la honestidad
profesional y sencillez humana. Se dice que tiene el patrón
de la Escuela Sevillana, pero es un modelo suyo, como lo fue
el de los toreros artistas que le precedieron: De
Cagancho a Paula, pasando por Antonio Ordóñez y Curro
Romero, sumando en total sólo una decena fr “toreros
artistas.”
Lo
que hay que hacer, en verdad, es dejarse de comparaciones y
dedicarse a verlo para sentir el ensueño de algo diferentes,
viviendo la realidad de que una verónica, sólo una, merece
pagar la entrada. Un acto de ensueño, de misticismo puro y,
por qué no, de romanticismo, es inmoral ponerle precio y de
ingenuo pensar que puede pagarse. Para él, “delante de un
toro no se puede pensar como un ser normal... Se pasa mucho
miedo, pero si quieres crear, puesto ahí, tienes que
olvidarte de todo, tienes que sentirte. Es algo muy
espiritual que se lleva por dentro, no se puede aprender, y
salta automáticamente cuando uno se acopla con el toro.”
Sin embargo, “es fusión es muy difícil, pero a veces
llega y te envuelve, te introduce en el sueño de una
irrealidad real, haciendo que tu fuerza espiritual interior
haga el toro parte de ti. Es tal la fusión, la conjunción,
que da la sensación de que no existe el peligro. Ahí es
cuando realmente nace el toreo, cuando te olvidas de todo,
abandonas tu cuerpo y sólo eres un alma con el toro”,
como hemos leído con placer recientemente.
Carlos V. Serrano
El Puerto, agosto 2008
Fotos: Eva
Morales |