|
Cómo pasa el tiempo,
Joselito! Parece que fue ayer y, sin embargo, hoy, que
hago esta modesta crónica –exclusivamente para el portal
taurino www.laplazareal.net
-, se cumple el Noventa Aniversario que
dejastes la vida en la toledana Plaza de Toros de Talavera
de la Reina, la fatídica tarde del (16-05-1920), cuando
tenías 25 años de edad y el mundo de la Fiesta Brava sufrió
un colapso general. Y lo hago para gritar muy fuerte que
pretendo recuperar la verdadera memoria histórica, la tuya,
la que enaltece la grandeza de hombres como tu, de los que
en todas las profesiones hay en España incontables de
ellos, alejándome de caer en la infamia de otras memorias
para crear odios y divisiones, cuando el alma, la virilidad,
el valor y la nobleza de toreros como tu deben servir de
ejemplo a todas las generaciones futuras.
Pero, entrañable José en el recuerdo,
el tiempo pasa para nosotros, los que nunca te
olvidaremos, porque el tuyo dejó ser tiempo para convertirse
en gloria eterna. No puede ser de otra manera,
llamándote, además, José Miguel Isidro del Sagrado Corazón
de Jesús, solera bautismal que no respetó aquel criminal
toro, de nombre Bailaor, ni tuvo en cuenta que en tu
persona estaban ligadas las esencias genéticas de Sevilla y
Cádiz, ciudades de donde eran naturales tu padre y madre,
respectivamente, es decir, que lo más fino y acendrado de
Andalucía, confluyeron en la casta de un torero excepcional
como tu.
No hay que decírtelo, porque lo
sabes, que en estos mis últimos años, vengo sintiendo una
inclinación espiritual por estudiar el pasado de los grandes
toreros de todas las épocas, especialmente de los que se
fueron desde hace muchos siglos hasta nuestros días. Y lo
continuaré haciendo mientras viva porque me produce un
deleite inexplicable, a la vez que saco el jugo de las
experiencias, de gloria y de tragedia, que todos vivieron.
Por ello José, al cumplirse un aniversario más de tu muerte,
aportando tu sangre viril para engrandecer la Fiesta de
Toros, ya te anuncio que no tardaré en subir a lo “Red” un
modesto libro que abarcará tu biografía, personalidad y
arte, haciéndote recordar tus tardes triunfales por las
Plazas de Toros de España, una relación de los trofeos que
lograste, la competencia sin fundamento que los aficionados
pretendieron establecer contigo y Juan Belmonte, y, por qué
no, una relación de nombres de los toros que lidiaste.
Y en esa futura
publicación, en el Prólogo, diré cosas como las siguientes,
que ahora te adelanto: “A estas alturas nadie podrá poner en
duda que a todo lo largo de la evolución del toreo ha estado
presente la polémica, desde las más sensatas hasta las
insoportablemente hirientes, porque los apologistas y los
detractores, fueron y lo seguirán siendo, arte y parte de
esta fiesta sin par que provoca la más encendidas
controversias. Y éstas alcanzan sus mayores cotas desde los
tiempos en que se iniciaron las rivalidades taurinas entre
los más destacados lidiadores de cada época. El gallego y
artista Valle-Inclán era categórico: “Juan Belmonte es un
hombre pequeño, feo, desgarbado, y si se me apura mucho,
ridículo, pues bien, coloquemos a Juan ante el toro, ante la
muerte y Juan se convierte en la misma estatua de Apolo. Los
griegos no nos dejaron mejor escultura… que la que
representa Belmonte en la plaza, prendido en el aire, junto
a un toro bravo”.
En el
polo opuesto, el poeta José Bergamín puso todo su entusiasmo
y luz en torno a ese atleta y sabio torero, Joselito, y
trazó una sombra inmensa sobre la valentía del trianero:
“Los nombres de Joselito y Belmonte polarizaron
visiblemente la pugna tradicional de lo clásico y lo
castizo. Belmonte fue la afectación artificiosa; Joselito
la artística naturalidad”. Ya está montada la dialéctica y
la antítesis entre dos diestros de primera magnitud.
Personajes de carne y hueso, solitarios en medio de la
multitud, necesitados del aliento, del apoyo para vivir y
sufrir como los héroes. Los toreros, esos seres
incomprendidos, con su miedo y su responsabilidad, serios,
sufridos y muchas veces tocados de una leve tristeza y
melancolía, sólo ellos saben a lo que salen expuestos cada
tarde. Marañón, que había tratado en su consulta a numerosos
diestros, no podía emitir más un juicio comprensivo de la
angustia que les atenazaba en el campo, en el cuarto del
hotel y en la vísperas de corridas: “Yo conozco, trato y
estimo a bastante toreros: El Gallo, Machaquito…
son gente apacible, bondadosa, impregnada de profunda y no
aprendida filosofía ante el triunfo popular y ante la
adulación que les envuelve y aprisiona.”
Bergamín, en su personal
creencia y entendimiento, Joselito representa todas
las virtudes clásicas: ligereza, agilidad, destreza,
rapidez, felicidad, gracia… Belmonte representa, al
contrario, los vicios casticista: pesadez, torpeza,
esfuerzo, todos ellos rasgos que merecen el desprecio y el
repudio. Son caracteres distintivos de cómo ven unos y otros
a los mismos protagonistas de la fiesta de nuestra época.
Varias centurias viviendo un especial tipo de cultura, que
se ha llamado con toda la razón, cultura de la muerte. Otras
dos estrellas de la literatura reciente española han tomado
posiciones sobre la fiesta taurina. El Premio Nobel Jacinto
Benavente ha escrito en estos términos: “Yo fui siempre
frascuelista, como casi todos los madrileños, pero no he de
negar por eso lo que de admirable había en Lagartijo, cuyas
largas y cuyos pares de banderillas eran de lo más perfectos
que yo he visto en el arte de torear”. El autor de “Los
intereses creados” abundaba: “Yo no soy enemigo de las
corrida, entiéndase bien, soy enemigo del público de las
corridas”.
Maeztu, uno de los
componentes del 98, con acento crítico, denunciaba. “El mal
de España, la culpa: los toros, los malos gobiernos, las
masas apáticas, toda la historia del país”. Siguiendo esta
línea contraria, Araquistáin, alma de Leviatán, y director
de la “Revista España”, muestra su disconformidad hacia los
toros porque es una costumbre atávica, retrógrada y que no
está a la altura del progreso moderno. No sabemos a qué
“progreso” se refiere, porque el “moderno” está a la vista
de todos: suprimir la muerte de los toros de lidia y
autorizar por decreto el asesinato de niños en el vientre de
su madre. El toro se defiende y puede matar al torero, el
niño en el vientre su madre es el ser vivo más indefenso que
pueda concebirse.
Y en la Fiesta Brava el
peligro estará siempre presente y ya sabemos que ni
Joselito, el lidiador más completo de todos los tiempos,
al que decían que no le podía coger un toro ni aunque le
arrojara un cuerno, cayó desgraciadamente en la Plaza de
Toros de Talavera de la Reina, en Toledo. El peligro se
acrecienta en la medida en que los diestros se confían, pues
desconocen una realidad: algunos toros, aparentemente
despistados, tienen la facultad de desarrollar mucho sentido
y darse perfectamente cuenta de que los toreros son los
distraídos, para arrancarse súbitamente hacia ellos, sin que
tengan tiempo para abrir la capa o la muleta. Hasta el gran
Domingo López Ortega pecó de esa imprudencia y fue
sorprendido por un toro.
Hasta
pronto, José.
Juan José Zaldivar Ortega
16 mayo 2010
|