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Así corre el tiempo y hoy, 5 de junio
de 2010, se cumple el CXXX Aniversario de la inauguración
oficial de nuestra emblemática Plaza de Toros, la de El
Puerto de Santa María, en la que pronto se habrán celebrado
un total de 1.300 festejos taurinos, desde corridas de toros
hasta becerradas. Aquella histórica tarde alternaron en un
mano a mano los diestros sevillano Antonio Carmona Luque (Gordito)
-1834-1920- y Rafael Molina Sánchez (Lagartijo)
-1841-1900-, que fueron de los toreros más sobresalientes de
la segunda mitad del siglo XIX.
Como todo cuanto realiza el hombre, al
margen de los vicios y la mediocridad reinantes,
especialmente las colosales obras arquitectónicas, cuando se
conciben con las más nobles ilusiones y canalizando con
entusiasmo los más suprahumanos esfuerzos, se les dota a la
vez de un extraño espíritu, de una religiosidad que conmueve
a propios y extraños, dejando con los años una estela de
grandeza y de orgullo compartido, que pasa de generación en
generación… y esperamos que siga por incontables décadas.
Si es así,
podemos preguntarle a ese “espíritu” que late en la Plaza
Real: ¿Estás conforme con el trato y las atenciones que te
han ofrecido a lo largo de los años? Mucho me temo que se
siente incómoda y poco satisfecha de verse manipulada por
quienes no tienen otras ideas que las de utilizarla para
personales protagonismos. Así es. Porque Ella quiere
sentirse de todos los portuenses y, sobre todo, de que se
emplee en su conservación, cual bella y coqueta dama, los
beneficios que produce y no dedicarlos a otros menesteres
municipales, casi siempre ajenos a ella.
Lo que más
le molesta es no estar ofreciendo, desde hace muchos años,
buenos espectáculos. Ella está ahí para eso y poco o nada le
importa las visitas oficiales y las poses fotográficas. Pero
no quiere hablar de esto, porque lo que le conmueve es
compartir su religiosidad con la de los toreros que se
juegan la vida sobre su albero. En ese hermanamiento
espiritual está la grandeza de la Fiesta Brava, porque otros
tipos de actos son simplemente pasajeros.
Pero estos
últimos años, nuestra emblemática Plaza Real, orgullo de
todos los portuenses, viene acumulando una profunda
tristeza, al observar el deterioro biológico generalizado de
los toros que se lidian sobre su albero. Piensa, en su 130
aniversario, que está muy bien que le hayan parcialmente
embellecido su indumentaria exterior y que pronto su
interior terminará de ser renovado, pero lo que anhela es
ver espectáculos, corridas de primer nivel, con toros que no
sean, demasiadas veces, los desechos de las ganaderías de la
región. ¡Eso sí me duele mucho!, dice la dama monumental.
Cree firmemente que, en lugar de buscar empresarios que
muerdan anzuelos favoreciendo la economía municipal, se
oriente todo en el sentido para el que fue construida: para
el gozo y disfrute de los aficionados.
Hay cosas
que le producen un verdadero desasosiego, como el que en la
pasada tradicional Feria de su Puerto de Santa María,
estando pletórica de alegría por vivir la primavera, se
celebrara una simple novillada. Se revuelve de coraje al no
sentir la armazón material de sus tendidos repleto de
aficionados, presintiendo que con ello se están alejando los
aficionados, a los que ella quiere mucho más que las
autoridades, las que sean. ¡Qué profunda tristeza me produce
sentir mis tendidos medio vacíos! Claro que, viendo la
ineptitud generalizada, global y localmente, de los hombres
que manejan los destinos de los seres humanos de nuestro
tiempo, todo le es a la mítica Plaza Real más comprensible…
¡y tiene toda la razón!
Juan
José Zaldivar Ortega
5 Junio 2010
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