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Una parte de la sociedad catalana
ha consumado una faena aparentemente histórica: Unos sesenta
y ocho votos, eso sí, muy democráticos, han decidido
prohibir las corridas de toros en el antiguo Condado de
Cataluña, al que quieren, por obra y gracia de una histeria
colectiva enfermiza, convertir en Nación; pero contando de
antemano con ser los proveedores, junto con los
nacionalistas vascos, de toda clase de productos al resto de
España. ¡Que bien se lo han montado! Ahora falta por saber
cómo responderemos millones de españoles, que estamos
convencidos de que los nacionalismos nos están llevando a la
ruina.
Por lo
pronto, que se vayan preparando para lo que va a venir,
porque quienes no tienen el menor reparo en poner la
libertad en manos de cacheteros apuntilladotes, como el tal
Carlos Pérez Rovira, aragonés para más señas, conlleva un
peligro de consecuencias imprevisibles. Así que, tan
brillantes resultados políticos, conllevan la inmediata
obligación de suprimir todos los mataderos de la “nueva
nación”, que viven una “clamorosa asimetría moral”, y
paralelamente todas las clínicas abortivas, porque en ellos
se realizan prácticas criminales mucho más sangrientas que
las corridas de toros. Los seres humanos más indefensos está
permitido asesinarlos, a los toros hay que evitarle los
sufrimientos ¡Esto es patético!, pero en una sociedad que se
descompone todo es posible y el derrumbe ya suena en
Cataluña.
Estamos
seguros de que las “Arañas peludas”, que dicho sea de paso
se producen en los pìnares catalanes, alguna de las cuales
son un modelo de erudición, correctores ortográficos
gratuitos, estarán muy contentas y aplaudiendo con sus
enclenques extremidades, pero con su veneno siempre activo
para ser inoculado a quienes no piensen como ellas, que, sin
duda, serán incapaces de reunirse frente a las clínicas
abortivas para impedir los abortos. Eso significaría tanto
como tener moral, la que se está perdiendo, junto con otros
muchos valores, por toda España, mientras los nacionalistas
se embarcan cada día más en una peligrosa excursión hacia un
desconocido lugar del que jamás podrán regresar.
Pero España, “mi patria
querida”, continuará, pues cuando todos esos malvados hayan
dado con sus huesos en sus respectivas tumbas, aunque antes
podrán cambiar las leyes, pisotear la libertad, establecer
embajadas camaleónicas, quedarse con los beneficios al más
puro estilo egoísta y especulador, la celebraciones
taurómacas nadie ha logrado prohibirlas por mucho tiempo, ni
Papas, ni Reyes, y menos un grupo de intolerantes cuya única
meta es vivir en una especie de aberración, de locura
permanente, y ya que dejarán de darse espectáculos taurinos
esas Plazas de Toros bien podrían convertirlas en manicomios
para encerrar a tantos locos y regalarles por mascotas,
antes de pasar a los chiqueros, una bella araña peluda.
Hasta pronto.
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Juan José Zaldivar Ortega
29 julio 2010
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