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La
intolerancia agresiva de un reducido sector de la sociedad
catalana parece estar en competencia con la frase de que
“más cornadas da el hambre”, atribuida al célebre Manuel
Benítez (El Cordobés), pero que fue otro anterior a
él el que la pronunció. Así que, si el hambre da más
cornadas que los toros, la hiper intolerancia que se viene
adueñando de la lógica y alterando la razón ha desembocado y
logrado que la enfermiza obsesión antitaurina haya
prohibido en Cataluña la celebración de las corridas de
toros para el año 2012. Con semejante atropello a la
libertad de toda la Nación española, están infringiendo más
cornadas que los toros. Sin embargo, todo conlleva en la
vida una parte de ventaja: ya no se verán cuernos de toros
bravos en aquella región y si se ven muchos, ya no serán de
vacunos y será más fácil esquivarlos.
Quienes consideren hoy la obra pictórica de
Goya, relacionada con los toros, se quedarán sorprendidos
ante el hecho evidente de que la creciente inclinación del
maestro, la pasión que sintió por el espectáculo taurino,
imprimió en sus pinturas la visión de unos aficionados a
los toros realmente furiosos. Esa afición del zaragozano, se
dice hoy, que en todas las inclinaciones humanas desbordadas
pueden degenerar hasta en peligrosas manías colectivas y
llegar, en materia de toros a producir sus propias víctimas.
Tanto se identificó Goya con la fiesta de toros que llegó
hasta el punto de que firmase Don Francisco el de los
toros.
Qué ajeno
estaba el gran maestro de que, más de dos siglos después,
aquella furiosa pasión de los aficionados de su época, en
escenas de desnudos pornográficos iban a representarla hoy
los antitaurinos, convirtiéndola en una rabiosa obsesión por
destruirla, curiosamente al otro lado de la frontera del
reino de Aragón, cuna del excelso pintor. Y así, el
supuestamente chiflado aficionado, representado por “el loco
taurino” inmortalizado por Goya, y representado en su obra
en la Casa de los locos, pintura de la que dijo en
una carta a Iriarte, que era “asunto que había presenciado
en Zaragoza”, en su Plaza de Toros, se quedaría perplejo al
observar hoy, que la citada Casa de los locos está en
estos años representada fielmente por los antitaurinos
catalanes. ¡Qué mudanzas tiene la vida cuando se pierde la
razón y se desbordan las manías!
Goya debió imaginar que aquél aficionado
furioso, “perdido el seso”, sentía todavía en su tiniebla
mental, más fuerte que la locura misma, la obsesión de la
brava fiesta; pero jamás pudo pensar que todos aquellos
aficionados de su tiempo, recluidos en aquella revuelta
loquera, serían desplazados por una legión de antitaurinos
irracionales que sienten su personalidad desdoblarse ante
los impulsos en defensa de los toros, acometiendo con ciego
impulso como hacen los toros bravos contra todo aquel que
defienda la Fiesta Nacional.
Pero el “fenómeno” antitaurino forma parte de un
ambicioso plan: Hacer desaparecer en la región catalana todo
vestigio de que huela a español, comenzando por el idioma
sobre el que nunca se pone el Sol. Son tan irracionales que
no reflexionan sobre el hecho de que las naciones son la
integridad de su territorio, un idioma común, su religión y
sus tradiciones. Si esas realidades se destruyen la España
de nuestros días desaparecerá en manos de comunidades
separatistas, sobre las que recaerán todas las
responsabilidades ante la Historia. Un primer consejo:
Cuando ante los televidentes, españoles con dignidad y
unidad de destino, aparezca un político catalán hablando en
su dialecto provenzal en vías de extinción, apague su
televisor, porque no podemos consentir que una TVE que
pagamos todos, no nos hablen en el idioma de Cervantes.
Hasta
pronto.
Juan José Zaldivar Ortega
17 agosto 2010
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