Patriotismo y corridas. Inquina
y rechazo contra el arte de correr toros –alanceados,
socarrados o toreados– siempre ha habido. Sólo que nunca
se ha manifestado de forma tan descarada y oportunista.
Sobre el fondo de un humanitarismo animalista, hay un
trasfondo político de intenciones concretas: estigmatizar
un país por una costumbre considerada bárbara. La
conclusión es obvia: si bárbaras son las costumbres,
bárbaros han de ser quienes las practican. Los mayores
enemigos de las corridas de toros han sido los Papas de
Roma. Y luego la Ilustración volteriana. No impidió esto
que, para celebrar el triunfo de los cristianos contra la
morisma infiel de Granada en 1492, se celebraran festejos
taurinos en la propia plaza de San Pedro. La doctrina es
la doctrina y la guerra es la guerra; y cada cosa a su
tiempo. Si señalo estos movimientos hostiles es para
confortar a los aficionados; si nada pudieron las
excomuniones contra las corridas, nada prevalecerá contra
ellas. Y los interdictos catalanistas, tampoco; un brindis
a la sombra de la catalanidad, muletazos mirando al
tendido del soberanismo. Sólo las tendencias
autodestructivas de los taurinos llevan el germen
verdadero de la destrucción. Hasta José Bonaparte se
rindió a la Fiesta; su instinto político le empujó a
restaurar las corridas proscritas por los Borbones, en
especial por Carlos III, el mejor alcalde de Madrid si a
Gallardón no le parece mal. Y si le parece mal, también.
Mas como Bonaparte, “Pepe Botellas”, era hermano de
Napoleón y dado al morapio, según insidiosas coplas, los
aficionados españoles no le agradecieron el gesto. Los
patriotas taurinos desertaron de la plaza, y los toreros
que accedían a torear en Madrid tenían que ser protegidos
por las tropas francesas del populacho y de la guerrilla,
según cuenta Fernando Villalón en su obra Taurofilia
racial. A José I se debe la modernización de la corrida
con la introducción del billetaje, la numeración de los
asientos y la división jerárquica entre los tendidos de
Sol, Sombra, y Sol y Sombra.
Nacionalismo y toros. La relación de Cataluña con
los toros siempre ha sido contradictoria. Por antitaurina,
Cataluña sería borbónica, pues los borbones, los de antes,
no los de ahora, eran desafectos a las corridas y, por lo
tanto, refractarios a lo español castizo. Pero fue
precisamente un Borbón, Felipe V, quien implantó un
jacobinismo centralizador en detrimento de la Corona de
Aragón y del catalanismo centrífugo. Total, un lío. En
1835, y por culpa de una corrida desastrosa, hubo graves
disturbios en Barcelona que acabaron en quema de iglesias
y conventos y en asesinatos de curas; lo cuenta Adrian
Shubert en su libro A las cinco de la tarde. Que una
corrida de toros mansos y de toreros chapuceros degenere
en motín clericida no es normal; puede que aquello, con el
pretexto de los toros, fuese cosa del agit-pro
anticlerical de los liberales. La plaza de Barcelona
permaneció clausurada durante 15 años y en los cancioneros
taurinos ha quedado constancia del violento suceso: “Van
surtir sis tores/ que van a ser dolents/. Aixó va a ser
causa/ de cremá els convents”. Traducción aproximada:
“Salieron seis toros muy malos y eso fue la causa de que
se quemaran los conventos”.
Volverán las aguas a su cauce, si es que vuelven y, en el
contencioso con Cataluña, el pleito de las corridas habrá
sido calderilla de nacionalismo, falso límite de
identidades y mercancía de matute. No hay que ignorar
riesgos, mas conviene relativizarlos e incluso ver su lado
jocoso. Por ejemplo, la máxima expresión de la maldad
separatista y, por lo tanto, el peor enemigo de las
corridas es Carod Rovira; pero Carod tiene cara y bigote
de guardia civil, sólo le falta el tricornio. Y el
tricornio es lo más parecido a una montera. Los “civiles”,
que yo sepa –y para mi mal los he tenido muy cerca en
ocasiones– nunca han sido antitaurinos; ni siquiera cuando
el señorito ganadero los azuzaba contra torerillos
furtivos y saltacercas; y en ocasiones han disimulado la
subversión de los maletillas frente al terrateniente. Por
último, y pese a los Carod de turno, está la legión de
charnegos en segunda o tercera generación, catalanes de
hecho, de derecho e incluso de sentimiento, cuyos votos no
estarán dispuestos a malbaratar los partidos que decreten
la prohibición. En esto de los toros, la presión popular
se ha impuesto siempre a la política.
El antitaurinismo vasco es de parecida naturaleza, aunque
de menor intensidad y está mitigado por una afición más
estable y por una tradición más arraigada que la catalana.
Betitzu era el toro bravo de los montes vascongados.
Betitzu, toro rojo, ha escrito Ignacio Amestoy, una
mitología de la libertad. En tiempos, cuando las
cuestiones nacionalistas eran menos broncas que ahora,
vascos hubo que reivindicaron el vasquismo fundacional de
las corridas. Cuando en el XVIII la corrida adquirió la
estructura aproximada que tiene hoy, del norte salieron a
la diáspora ibérica cuadrillas afamadas por sus artes
lidiadoras. Y, más reciente, hasta Jon Idígoras, uno de
los líderes de Batasuna, quiso ser torero, aunque no
pasara de modesto aficionado sin porvenir. Dicen que su
nombre de guerra era Chiquito de Eibar o quizá Chiquito de
Amorebieta, pero esto nadie me lo ha podido confirmar, ni
el propio Jon Idígoras.
Para los aficionados del resto de España, Bilbao y sus
“toros de hierro” han sido referencia inexcusable; si
están dejando de serlo, no es por miedo a la torada
nacionalista, sino porque los toros de hierro han
degenerado en toros de herrumbre. En Donosti, el mítico
Chofre desapareció a causa de la especulación
inmobiliaria, no de la presión nacionalista. En los 25
años sin toros en la capital, Azpeitia, a corto trecho de
Ignacio de Loyola, conservó en Guipúzkoa la llama sagrada.
Es emocionante el aurresku en memoria de un banderillero
muerto hace muchísimos años. Aunque sólo fuera por ese
aurresku conmovedor y bello, cada tarde tras el arrastre
del tercer toro, Azpeitia merecería la pena. Cuando se
inauguró Illumbe en San Sebastián hace media docena de
años, no pasó nada, salvo algún gesto testimonial. Supongo
que los Chopera habrán tenido que pasarse por ventanilla;
pero eso, limitado a los toros, lo único que hace es
relativizar las corridas como querella política entre
culturas. Mi admirado Alfonso Sastre me decía un día ante
las puertas del coso donostiarra que a él, abonado antiguo
de Las Ventas, lo único que le había echado de las plazas
era el aburrimiento. Esa es la madre del cordero y por ahí
pueden venir todos los males a las corridas. Peligros y
amenazas han acechado siempre a una Fiesta a la que acaso
sea abusivo llamarla Nacional, pues hay “nacionales” que
abominan de ella. En mi modesta y, sin embargo, acertada
opinión, decir que los toros son una de las señas de
identidad de lo radical español es un atraso, lo diga un
separatista catalán o un nacionalista castellano.
El rey sabio y la Reina Católica, antitaurinos con
matices. Toda prohibición ha tenido siempre detrás
motivos políticos o razones de Estado. Alfonso X, el rey
Sabio, quiso adular a la nobleza favoreciendo el
alanceamiento y consideró enfamado, o sea despreciable y
ruin, a todo aquél que lidiara con res brava por dinero.
Los enfamados, gente sin fama y sin honra, matatoros por
estipendio, fueron confinados a auxiliares a pie de los
nobles a caballo. Alfonso X, en la partida setena de su
célebre Código lo deja bien claro: para ganar honra y prez
delante en la pendencia con un toro no puede mediar
dinero. Hoy, como es natural, todos lidian por estipendio
y nadie se lo echa en cara.
Isabel la Católica no entró en cuestiones de honra, sino
de moral y compasión. Le horrorizaban los muertos y la
carnicería entre el pueblo, que entonces era mucha. Y,
aunque no se atrevió a prohibir los toros de muerte, trató
de eliminar riesgos. Mandó embolar las astas y prometió a
su confesor fray Hernando de Talavera que nunca vería
correr toros que no tuviesen las astas enfundadas. La
reina católica fue un modelo de coherencia. Y de cierto
equilibrio tolerante, cosa que no puede decirse de la
Iglesia que suele poner una vela a Dios y otra al diablo.
En tiempos, congregaciones y hospitales obtuvieron la
organización de corridas de Beneficencia para ayudar al
prójimo menesteroso. Y criadores de toros han sido muchas
órdenes religiosas como los cartujos, los dominicos o los
agustinos; ganaderías procedentes de “ganado diezmero”
–diezmos y primicias– que ganaderos y agricultores
apoquinaban a la Iglesia. No había fiesta ni celebración
religiosa que no se celebrara apaleando y corriendo por la
calles toros cazados a lazo en el campo. Era una forma un
poco cafre de honrar a los santos; pero allá cada
cristiano con su conciencia. Actualmente se sigue
haciendo, pues la feria taurina de cada ciudad, villa o
pueblo, se organiza en torno a festividades de vírgenes y
santos.
Excomuniones; con la Iglesia hemos topado. Felipe II, rey
católico por excelencia y taurino por razón de Estado,
tuvo que enfrentarse al papado y a su conciencia. Durante
su reinado, nada menos que tres vicarios de Cristo, PioV,
Gregorio XIII y Sixto V, promulgaron bulas de excomunión
contra quienes autorizasen correr toros y negaron tierra
sagrada a los muertos que hubieran participado en fiestas
táuricas. Felipe II hizo oídos sordos al anatema y fue
dejando que el asunto se pudriera en la Curia. La saña
pontificia se fue relajando hasta centrarse exclusivamente
en el clero. Pero los curas taurófilos afrontaron
admoniciones y condenas y se disfrazaban para entrar en
las plazas. En Toros en Madrid refiere Pasqual Millán, un
divertido lance del cardenal Barberini, una especie de
Nuncio apostólico, descubierto bajo el disfraz por el
propio rey Felipe que le dijo: “Bien disfrazado vais,
señor Cardenal, pero no tanto que no se os conozca”. Roma
acabó levantando el anatema y salvó la cara reconociendo
que su fiel súbdito Felipe II había hecho todo lo posible
por cumplir el paternal mandato. En realidad, el soberano
no había hecho nada. Se limitó a decir que en la sangre de
los españoles estaba correr toros y que era temeridad de
gobernante exponer su reino a algaradas y trifulcas. La
política venció a la teología. La base doctrinal de Roma
era muy sencilla: Dios es el señor de la vida y quien la
arriesga ante un toro se pone en peligro de condenación.
Borbones, Ilustración y 98: a degüello. Los
borbones borbonearon a su gusto en contra de la Fiesta. Y,
sin embargo, han sido decisivos en la evolución de la
misma. Al abominar de la corrida caballeresca en
decadencia, apartaron de ella, por servilismo cortesano, a
los nobles y éstos dejaron el campo libre a chulos y
auxiliadores. Y así nació la corrida de a pie, más o menos
como se realiza hoy. Felipe V, Fernando VI, Carlos III,
Carlos IV y Fernando VII prohibieron los toros, pero
usaron de ellos según necesitaran de la plebe para sus
borboneos. El más coherente fue Carlos III que, influido
por su Ministro el conde de Aranda, los prohibió en 1785;
murió tres años después y Carlos IV celebró su exaltación
al trono con suntuosos festejos y luego volvió a
prohibirlos. Fernando VII los prohibió a su regreso del
exilio y luego los restableció. Lo característico de su
reinado: palo a la burra blanca, palo a la burra negra.
De los ilustrados, el más enconado enemigo fue Jovellanos,
al que durante mucho tiempo se le atribuyó un ácido
panfleto, Oración apologética en defensa del Estado
floreciente de España, más conocido como Pan y toros. El
verdadero autor de esta incendiaria diatriba contra todo,
que nutrió el antitaurinismo de la Generación del 98, es
León del Arroyal, un ilustrado marginal, y viene a decir
que las corridas son los talleres de nuestras costumbres
políticas. Pudiera ser, aunque no lo creo. Como tampoco
creo que de las plazas salgan, según decía Eugenio Noell,
todos los crímenes de navaja y todas la lujurias. Si tengo
que inclinarme por alguien o por algo, lo haría por don
Jacinto Benavente, que afirmaba: “Si no se tostara a los
toros en la plaza tal vez tostaríamos herejes en las
hogueras de la Inquisición”. No lo sé. Tiempos hubo en que
se hicieron ambas cosas a la vez.