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Torería de Robleño, temple de Castaño, valor de Alberto Aguilar

Alberto Aguilar

Torería de Robleño, temple de Castaño, valor de Alberto Aguilar

07 Octubre 2012

Madrid. Más de tres cuartos. 4ª del abono de Otoño. Casi lleno. Veraniego Seis toros de Palha (Joao Folque de Mendoça), de desiguales hechuras y discutible presentación. Sin trapío los dos primeros. Cornalón un quinto sin carnes. Basto el cuarto, que fue el más aparatoso. Bien hechos tercero y sexto. Desigual en el caballo, fue corrida de condición dispar. El genio agresivo del tercero y la violencia del cuarto dejaron marcada la cosa. Mansearon los dos primeros. Se emplearon los dos últimos: el quinto, sin apoyos, rodó dos veces y claudicó mucho; el sexto, sin entrega.

Fernando Robleño, de verde aceituna y oro, silencio y ovación.
Javier Castaño, de violeta y oro, saludos y silencio.
Alberto Aguilar, de azul real y oro, saludos y silencio.

Brega notable de Raúl Blázquez con el quinto y Raúl Ruiz con el sexto. Un soberbio par de dentro afuera de David Adalid al quinto. Picó como suele Tito Sandoval.



Por desigual, la de Palha pareció corrida improvisada. Un quinto toro cornalón desigualó por arriba un envío dispar. Muy astifino un sexto que llevaba en la cara la huella de la línea Torrealta de la ganadería. Cabezón, veleto y astigordo un cuarto carifosco donde parecía reconocible pero pervertida la morfología de la sangre Contreras-Baltasar Ibán. Un segundo jabonero sin trapío ni cuajo para Madrid entró en lote con el descaradísimo quinto. Éste, en el aire de Oliveira-Conde de la Corte; el jabonero, tal vez de algún goterón de Torrealta. Podría haber pasado por un toro de Cuvillo y, si llega a llevar el hierro de Cuvillo, se echa encima la gente. Sólo tímidas protestas. Justo de trapío también el toro que abrió el fuego. Y leves palmas de tango al asomar un tercero que, astifino de verdad, era toro muy bien hecho.

No fue, por tanto, y descontando el lírico o épico perchero del quinto, corrida particularmente aparatosa. En Azpeitia, que es plaza de segunda, las ha echado más serias y rematadas el ganadero. Y, en fin, no embistió la corrida. El tercero, bravucón, fiero y a la defensiva, salió particularmente difícil. Hubo quien tomó por bravura el instinto agresivo del toro, que pegó muchos cabezazos y peleó en el caballo y en banderillas como los toros de Pedrajas o los tulios: haciendo hilo, encelándose con quien lo ha herido y hasta persiguiendo banderilleros. En un momento dado ese toro zurció a cornadas las tablas de la barrera junto al burladero del capote.

El toro cornalón fue, con las fuerzas justas, el de mejor son –pronto, gana de galopar-, pero empujó más con el cuello que con los riñones. O se columpiaba rebrincado. El cuarto fue tan toro pesadilla como el tercero, pero de otra manera: listo y levantado, violento, atizó revoltoso, arreó enterado, escarbó, fue toro de sentido. El jabonero sacó inocua bondad, tomó engaño al paso y, falto de fijeza primero, se acabó dejando con inercia boba. Mansito, apagado y mirón, el primero no tuvo la menor voluntad. El sexto barbeó de salida las tablas, cobró suelto dos lanzazos, fue toro incierto y, pese a ser elástico, no descolgó.

De modo que no salió propicia la corrida, que se fue casi sin excepción suelta de varas, sino deslucida y con la carga de dinamita de dos toros muy difíciles –tercero y cuarto- y un sexto con gatos en la barriga. Los que mansearon –los dos primeros- no llevaban mucho dentro. El de mejor estilo perdió las manos unas cuantas veces y llegó a desparramarse en tres ocasiones.

Cumplieron bien los toreros. Robleño, asentado y templado, resolvió sin empacho con el primero y, firme, le sacó limpios y templados los doce muletazos que el toro tuvo: los cuatro primeros, tapado Robleño en el toreo cambiado, fueron preciosos. Una suave faena bien medida. Al cuarto lo toreó con tiento –versión de nuevo del toreo cambiado por delante de alta escuela- y, en cuanto el toro se puso las pinturas de guerra –hachazos, gaitazos-, un trasteo de castigo, de pitón a pitón, breve, suficiente, en un solo terreno, rematado con un desplante clásico. Y media estocada.

Javier Castaño se entendió con el torito jabonero para sorpresa de la mayoría y hasta del toro. Un arranque garboso en tablas de toreo a pies juntos por alto y, luego, llamado el toro en la distancia y llevado a media altura, dos tandas de muy bello ritmo. Hasta que el toro se paró o no quiso engaño. De la estocada, cobrada a cámara lenta, salió el torero de Cistierna prendido por la taleguilla y luego volteado muy aparatosamente. Pero ileso. La paliza tuvo efectos psicológicos y físicos. Mermado, cojeando, le costó aguantar en serio los viajes irregulares del quinto toro, tan de artillería. Digno papel.

La más clamorosa fue la pelea aguerrida de Alberto Aguilar con el tercero de la tarde, que se defendió a cabezazos cuando parecía atacar, y no eran ataques sino todo lo contrario. Firme de verdad el torero de Fuencarral. Pura guapeza para sostenerle el duelo al toro hasta llegar a asustarlo: Alberto, columpiándose en la cara y entre pitones, y el toro, reculando. Soberbia estampa. Pelea emotiva. Fue de mérito ganarla. Y la guinda: una estocada extraordinaria por la ejecución y la colocación. Sin puntilla el toro prenda. Pelea también a cara de perro y sin escatimar riesgos ni rectificar con el duro sexto, que se venía al cuerpo la mano derecha como si barriera. Le buscó las cosquillas por la izquierda Alberto en una faena de nuevo notable por la firmeza, la decisión, la soltura y el encaje. Una tanda excelente con la izquierda. Tensión, confianza. Una dura batalla.

Colpisa-Barquerito



 






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