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Tres orejas para El Juli en su encerrona de Bayona

Tres orejas para El Juli en su encerrona de Bayona

05 Septiembre 2009

Bayona (Francia). Sábado 5 de Septiembre. Lleno. Toros de Puerto de San Lorenzo (1º y 4º), Ana Romero (2º y 5º), Toros de Cortés (3º) y Victoriano del Río (6º), bien presentados. El Juli, como único espada, saludos, oreja, saludos, silencio, saludos y dos orejas.


FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Dos toros de Ana Romero –2º y 5º-, dos de Victoriano del Río –uno, con el hierro de Toros de Cortés, que fue tercero, y otro, con el del propio nombre, jugado de sexto- y dos de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo Fraile), lidiados en primero y cuarto lugares.

ESPADAS:

El Juli, único espada, de verde botella y oro. Saludos, una oreja, saludos, silencio, ovación y dos orejas.

INCIDENCIAS

1ª de feria. Insegura la espada. sólo una oreja de premio cuando iban arrastrados cinco de los seis toros que mataba en solitario. Con el sexto se entrega en una faena soberbia por todo.

 

CRÓNICA DEL FESTEJO


El Juli salva una peliaguda prueba

Con una rotunda ovación galante recibieron a El Juli en Bayona. Con otra de sincera entrega lo despidieron cuando lo paseaban a hombros al cabo de dos horas y pico de festejo. Era corrida de único espada. Para conmemorar las diez temporadas consecutivas que El Juli lleva toreando en Bayona. Palmarés insuperable. La corrida fue más compleja de lo previsto. Hubo tres toros propicios y tres que, por raros azares, no tanto. Los propicios fueron de cada uno de los tres encastes que El Juli había elegido para la fiesta: uno de Atanasio, el primero de la tarde, con el hierro de Puerto de San Lorenzo; otro de Santa Coloma, segundo de salida, con el hierro de Ana Romero; y uno de rama Domecq, de Victoriano del Río, que fue sexto y último.

A los tres los toreó El Juli muy bien, pero al primero no le vio la muerte hasta el tercer viaje; al de Ana Romero sólo al segundo embroque; y, en fin, al de Victoriano del Río lo cazó con fe insuperable de estocada algo trasera. Y descabello. Cada una de esas tres faenas se atuvo a razones distintas y en las tres dio El Juli la medida de su inteligencia y su repertorio. Modélica la manera de, en los medios, dominar suavemente en la media altura el noble son pero la fuerza delicada del santacoloma de Ana Romero. Muy redonda la forma de, sólo en los medios, poderle al precioso toro del Puerto que apareció en la primera escena. Y espléndida, exuberante la exhibición con el noble pero rajadito toro de Victoriano del Río que se soltó cuando, con cinco toros arrastrados, El Juli llevaba de triunfo visible y sonoro tan solo una oreja.

La del toro de Ana Romero. Y cuando acababa de pegarle al quinto, de Ana Romero también, ocho pinchazos sin pasar ni una vez porque, montado, puesto por delante y afilado el pitón derecho, el toro le estuvo esperando todas las bazas. El público de Bayona tuvo un detalle magnánimo. El toro de los ocho pinchazos fue aplaudido en el arrastre, sin razón mayor, y, después del arrastre, le pegaron a El Juli una ovación cariñosísima. E inesperada. Esas palmas de aliento fueron gasolina. El Juli le puso a la gasolina mecha y enseguida la prendió.

El Juli del sexto toro fue el genio de la lámpara. Desbordado, enfurecido, capaz de poner de pie a la plaza entera varias veces: con un quite de lopecinas o zapopinas, con tres pares y medio de banderillas, con una estocada de darlo todo. Y con una faena de hermoso saber qué es lo que hay que hacer con un toro, cuánto, cuándo, cómo y dónde. Despacísimo El Juli. Encajado, embraguetado, a placer. En tandas despatarradas en los primeros embroques tras cites de largo. La primera sorpresa fue abrir faena con uno cambiado por la espalda pero para coserlo con toreo de mano baja. Fue el descorche de champán, que corrió luego en catarata. La muleta por delante, enganchado el toro, primorosamente embarcado, soltado y vuelto a enganchar. Toreo por abajo, ligado. En el sitio. Y rematado con los cambiados y de pecho tan del repertorio propio de El Juli, que es el canon clásico.
Redonda la faena hasta que el toro empezó a rajarse. O a pretenderlo. Porque entonces hizo El Juli uso de su sexto sentido: para sujetar al toro y no dejarlo irse a las tablas. En ese muleteo de sujetar apareció de pronto El Juli de rodillas en uno de pecho y tres por delante, que pusieron a reventar el ambiente. La última sorpresa de la corrida. Tras la estocada, un molinete para librar el arreón del toro.

Este rampante final pudo con el lastre de los tres toros jugados justamente por delante, que en corrida de tres espadas no hubieran pesado tanto. El tercero, del hierro de Toros de Cortés, cabezón, en atanasio basto, se frenó primero, se defendió después, se metió por las dos manos. El cuarto, del Puerto, bravo en el caballo pero muy sangrado, se vino abajo y, desinflado, tomaba al paso el engaño sin celo. Metió entre las manos la cara. El quinto, el de los ocho pinchazos, estaba hecho al revés, muy levantado, y, aunque fue toro pronto, y descolgó por la mano izquierda, no tenía golpe de riñones y derrotaba por sistema. Se habría lastimado en una vara con derribo. Espinosa papeleta, como el toro, que se revolvía en un palmo. A este quinto le pegó con la zurda El Juli tandas de tensión. Cuando más emoción había, se arrancó la banda con el inefable Nerva y adiós invento.

De las dos primeras faenas, la del toro del Puerto, construida con mente de ingeniero, no tuvo remate con la espada. La del santacoloma de Ana Romero, cárdeno entrepelado y berrendo, fue una deliciosa colección de invenciones. Lo que hizo El Juli, además, fue lidiar con la sobria precisión de los elegidos. Ni un capotazo que no tuviera sentido. Resolver con el capote los problemas antes de que pudieran sentirse siquiera. Hacerle en el primero al banderillero Pepe Mora un quite providencial tras una caída a merced del toro. Y, como era de prever, hacer alarde de su repertorio tan rico en el toreo de capa. La verónica pura, limpia y severa de salida. Y el floreo de quites de todos los colores. Chicuelinas, faroles, caleserinas, tafalleras, gaoneras, de frente por detrás, delantales. Medias de llamativa cadencia, largas de traerse toreados hasta el final del vuelo el toro. Hasta una larga cambiada de rodillas para encender el fuego grande en el último toro. Salvo en ese último, no anduvo fina la espada. El final, con ruidosa apoteosis, tapó los lunares. Y dejó en relieve el cuerpo entero del torero largo, serio, capaz. Carácter de hierro, nervios de acero, pulso de seda.

Colpisa Barquerito



 






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