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Talavante pierde los trofeos por la espada en Zaragoza

Talavante pierde los trofeos por la espada en Zaragoza

11 Octubre 2009

Zaragoza. 4ª de Feria. Lleno de 'no hay billetes' Toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presentación y juego. Morante de la Puebla, silencio y división Miguel Ángel Perera, saludos tras aviso y petición y silencio tras aviso. Alejandro Talavante, saludos tras aviso y silencio. Se desmonteraron Juan Sierra y Guillermo Barbero tras parear al 2º. Video de la cuarta de feria


FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

6 toros de Núñez del Cuvillo, desiguales de presencia, alguno con poco remate, pero todos con 5 hierbas. Mansos en general, los mejores fueron tercero, cuarto y quinto. Primero y segundo flojos y sosos, sexto bravucón y brusco.

ESPADAS:

Morante de la Puebla, silencio y ovación.

Miguel Ángel Perera, ovación tras aviso y silencio tras aviso.

Alejandro Talavante, ovación tras aviso y silencio.

INCIDENCIAS:

Lleno. 4º festejo de la Feria del Pilar

Video del festejo de CANAL +

 

CRÓNICA DEL FESTEJO

Lo perdió por la espada

A punto estuvo Talavante de cortar alguna oreja al tercero de la tarde pero lo desbarató todo con el estoque, dejando dos estocadas que hicieron guardia por las costillas –tendidas, por lo tanto- y otra más atravesada aunque también entera. Le había correspondido el mejor toro de Cuvillo, el que embistió con más franqueza y boyantía en la muleta y, aunque sin realizar una faena maciza y compacta, de principio a fin, dejó los naturales más profundos de la tarde, salpicados en dos buenas tandas con la zurda. La faena decayó algo, tras unas bernardinas finales, porque el toro le desarmó en un pase cambiado al rematarlas por la espalda y le achuchó unos cuantos metros. Pero aun había trofeo cuando tras volver a la cara del toro y cuadrarlo se perfiló con la espada. Una pena… qué le vamos a hacer. El público pese a todo, se entregó en la ovación más intensa de la tarde.

Morante anduvo en lo que es, un artista genial que necesita de su inspiración, y al que le cuesta construir una faena completa. Hubo verónicas exquisitas, hubo una media muy torera, vertical el diestro, no como cuando las realiza estilo Belmonte, metiendo la cadera; hubo algunos derechazos también soberbios, y derrochó clase en la cara del toro. Pero le faltó continuidad al trasteo, le faltó, como otras tardes, limpieza en mucho de lo ejecutado, le faltó redondeo en las series, y hasta le faltó toro en primera instancia. Pese a todo, comentábamos en nuestra localidad, vale más ver esos detalles, esa torería, que tantas tardes vulgares de pegapases ramplones; sólo con lo contemplado sale uno añorando otras épocas y el toreo auténtico.

La corrida de Cuvillo ha tenido de todo; en presencia un primero poco hecho por detrás, un segundo sin culata, un cuarto con poco cuajo en general y un sexto de poco remate trasero, y todo ello a pesar de lucir el guarismo 5, es decir tras haber comido con abundancia una quinta hierba. De casta, un tercero que la derrochó por momentos, y alguno que la tuvo aunque no en la misma media. Mansedumbre en términos generales, a pesar de que el segundo casi cumplió –llegó a descabalgar al picador, pero, a pesar de arrancarse en la siguiente, se dejó pegar y salió con facilidad-, y en la muleta de todo un poco: el boyante tercero; el pastueño y flojo segundo; el inválido y soso primero; el que se vino a menos con un buen pitón derecho, como el cuarto; el embestidor quinto, también mejor por el diestro, viniéndose muy a menos cuando Perera acortó distancias; o el bravucón, embistiendo a oleadas y arreones, como el último.

Elegante llevaba por nombre el que abrió plaza, negro mulato chorreado, bragado y meano corrido, delantero de astas, de 522 kilos, manso, sin fuerzas y sosote. Se escobilló de salida contra un burladero. Nada vimos al de la Puebla con la capa, y en la muleta, pese a un tanteo con lances de calidad y gusto –uno de la firma más que notable-, sólo pudimos verle el enorme empaque y torería que destila, pero sin toreo de altura. Mejor dicho, todo a media altura para que no se cayese el bicho, cuyo recorrido era ínfimo y se revolvía al finalizar el lance, descomponiendo el terreno del espada. Para que se viese bien a las claras, Morante acabó por tirarlo un par de veces en los doblones finales. Media caída, sin terminar de pasar y tres descabellos rubricaron su primera labor. El cuarto fue un Pajarraco de apodo, colorado ojo de perdiz, con 525 a los lomos, tocado, escaso de cuajo, manso, boyante por el derecho y a menos al final. Y por fin le vimos dos verónicas de las suyas, de recibo, y esa media superior. Comenzó la faena con ayudados por alto por ambos pitones –¡qué diferencia con los telonazos de los estatuarios!-, para seguir a una mano también por arriba. Y luego vinieron series desiguales, con enganchones, pero con clase, y dos derechazos fantásticos, pero sin terminar de redondear la faena; otros dos, más adelante, de nota sobresaliente, para cambiarse bien la muleta a la zurda y decir poco por el peor pitón del bicho. Luego una serie por cada mano, cuando el toro ya iba a menos, poco dijeron, pero no así los adornos finales, llenos de pinturería y clasicismo. Una estocada casi entera, caída y algo atravesada, por irse, lo dejaron tendido para el arrastre. Ovación.

Talavante estuvo bien a ráfagas –más ligadas que Morante- con el tercero, de mote Pegajoso, de 498 kilos, colorado ojinegro, tocado, manso pero noble, boyante y con casta. Dejó unas chicuelinas en su quite, pero nada más con el percal. Y con la franela comenzaría con estatuarios algo sucios en los medios, siguiendo con trincheras y desprecios mucho mejores. Y más adelante, algo descolocado, ligó en redondo con intensidad y transmisión, porque el toro se comía el engaño, poniendo ganas y alejando esa apatía suya de tantas tardes. Con la zurda, al hilo, llegaron los mejores momentos de la tarde, más limpios los pases, más mando y largura en ellos, la mano baja, tirando del bicho a su antojo y toreando en el sentido más amplio de la palabra. No fueron series completas, pero ligó algunos en las dos o tres siguientes que levantaron unos olés sinceros e hicieron sonar la música, hasta entonces muda. Pese a ese final con el desarme pudo haber oreja, pero lo malogró con el estoque, escuchando, entre tanto un aviso y teniendo al final que descabellar a la segunda. En el sexto, de nombre Bulería, un toro de 508 kilos, negro mulato, tocado pero bizco del izquierdo, con poca culata, se las vio con un bravucón –manso por lo tanto-, que sólo embestía a arreones y con brusquedad, pero al que de insistir por el pitón izquierdo le hubiera sacado más partido del mostrado. Después de mostrar lo que era en los dos primeros tercios, el extremeño anduvo tanteándolo con las lógicas precauciones, en los medios, intentando cumplir con la derecha, y despidiéndolo hacia fuera para quitárselo de encima, que era bastante. Pero con la zurda el toro fue algo mejor, sin repetir demasiado -es verdad-, pero metiendo más la cara y siguiendo mejor el engaño y ahí quizá le faltó más decisión para hacerse con las arrancadas del bicho. No hubo gran cosa más. Tres pinchazos sin fe precederían a una entera arriba que bien le hubiera valido para el triunfo en su primero.

Pantomima se llamaba el primero de Perera, segundo de la tarde. Pesaba 503 kilos, negro mulato chorreado, sin cuajo por detrás, delantero de cuerna, manso, flojo pero embistiendo pastueño en la muleta. Dio unos aceptables delantales de recibo rematados con media con la capa. Con la muleta desarrolló una faena –en la que no sonó la música- con situación periférica y demasiados enganchones que ensuciaban los lances y eso que el animal entraba cada vez mejor en la franela. Casi le enganchó al revolverse mediada la faena, pero como se encontraba colocado más allá de la pala, gracias a Dios no ocurrió nada. Siguió desde fuera para ver como el toro se daba una voltereta, nuevos enganchones y terminó por pegarse el arrimón en la séptima tanda, efectista pero con el toro a menos. Una entera desprendida, tirándose bien, un aviso y petición insuficiente que el presidente hizo bien en no conceder. Ovación. El quinto Lamparito se llamaba, de 522 kilos, capa colorada ojo de perdiz, tocadas las puntas y bizco del izquierdo, bravucón en varas, embistiendo bien en los comienzos por el derecho y viniéndose muy a menos a media faena. En el muleteo acompañó su embestida, sin forzar, ni obligar, con mucha suavidad -es verdad-, pero diciendo poco. El tono del trasteo no subió lo suficiente para que se escucharan ovaciones o sonase la banda, siempre desde fuera, a media altura aunque en redondo. Cuando cogió la izquierda el toro dijo basta, se quedó más corto y más sosote, hubo un desarme y todo se vino abajo; el arrimón encimista de turno precedió a un pinchazo sin fe, otro trasero y caído, otro más, bajo de posición, y una entera desprendida y trasera; escuchó un aviso ante de ver como el animal se iba a tablas para doblar. Silencio en las gradas.

Cope.es


 






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