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Oreja ramplona para Perera con decepcionantes "garcigrandes" en Gijón

Oreja ramplona para Perera con decepcionantes "garcigrandes" en Gijón

14 Agosto 2017

Gijón. res toros -primero, quinto y sexto- de Garcigrande y otros tantos -segundo, tercero y cuarto- de Domingo Hernández, bien presentados, bajos de raza y sin acabar de emplearse. La excepción fue el tercero, bravo y enclasado. El sexto fue un marrajo de aúpa. La plaza registró más de tres cuartos de entrada en tarde entoldada.

Julián López "El Juli", de azul marino y plata: estocada baja (ovación); y tres pinchazos y otro hondo tendido (ovación tras aviso).
Miguel Ángel Perera, de purísima y oro: pinchazo y bajonazo (silencio); y pinchazo y estocada desprendida (oreja tras aviso).
José Garrido (sustituía a José María Manzanares), de catafalco y oro: casi entera caída, pinchazo y tres descabellos (ovación tras aviso); y dos pinchazos, estocada y siete descabellos (palmas tras dos avisos).

En cuadrillas, Javier Ambel y Guillermo Barbero saludaron en el quinto, y Antonio Chacón hizo lo propio en el sexto.
 



Una solitaria oreja para Miguel Ángel Perera, premio, a todas luces, de poco peso, ha sido el escueto balance del decepcionante festejo celebrado hoy en Gijón, en el que los toros de los dos hierros de Domingo Hernández condicionaron sobremanera tan pobre espectáculo.

DE ESTRELLA A ESTRELLADO

Llegaba al Bibio el cartel estrella de la feria: Juli, Perera y Garrido, que sustituía Manzanares, convaleciente de una reciente operación de espalda.

La corrida de los dos hierros de Domingo Hernández era, a priori, también de las de postín. Y de todo hubo en la viña del Señor. Más malo que bueno. Pues los toros fueron los culpables de que la tarde se tornara en decepción. Solo hubo uno, y fue de bandera: el tercero, toro bravo y enclasado al que Garrido recibió con torería a la verónica.

El inicio de hinojos desde la boca de riego hizo carburar los tendidos, que rugieron con olés en las dos primeras tandas a derechas, muy compactas y reunidas, amén de unos de pecho de categoría.

Al natural también surgieron otras tantas series de muletazos hondos e inmaculados. Pero no se sabe porqué, Garrido optó por acortar terrenos. Error. El toro, incansable, seguía pidiendo sitio. Y fue entonces cuando las series dejaron de salir tan limpias y rotundas. Unas manoletinas finales volvieron a meter a la gente en una faena malograda a última hora con los aceros.

Soberbio fue el toreo de capote de Garrido al sexto, un marrajo que se ponía por delante, con aviesas intenciones hasta que acabó también rajándose. Garrido no le volvió la cara, ese fue el mérito de una faena firme y valiente, en la que fue capaz de acabar imponiéndose a base de tragar una barbaridad. Se pudo imposible para montarle la espada y el extremeño pasó las de Caín.

Había ganas de ver al Juli, que venía de cosechar un rotundo triunfo en la corrida de la víspera en El Puerto, la del adiós repentino de un Morante superado por un sistema del que él no es, precisamente, el más damnificado. Pero ni de cerca. Que les pregunten sino a los de abajo. O a los que no salen de las duras. A ver que les parece esta fantochada.

La gente se quedó a medias en su primero, toro de tanta calidad como escasez de fuerzas. Juli fue afianzándolo poco a poco, tirando de él con suavidad, en línea y sin apretarle, y así logró ligar una tanda a derechas de buen porte. No hubo más. Algún pase suelto, un detalle aislado, mas no pudo redondear nada con el toro ya defendiéndose a final de su lidia.

Tampoco ayudó el cuarto. El Juli se mostró tesonero, queriendo mucho, y así logró robarle los muletazos a cuentagotas. No fue faena lucida, pero sí de actitud, de no bajar los brazos y buscar insistentemente las vueltas a su antagonista, al que acabó pegando dos tandas por el derecho de mucha autoridad.

Unos circulares por la espada engarzados a un cambio de mano fue el vibrante epílogo a una labor echada perder con la tizona.

A pies juntos recibió Perera a su primero, toro que, pese a no ser apenas picado, no respondió en la muleta por falta de raza y clase. Perera anduvo esforzado y templado en una faena en la que, sin estar mal, no pasó del disparadero, ora porque el toro no era propicio, ora también porque a él no acabó de estar a gusto.

Tardó en cogerle el aire al desrazado quinto, que, no obstante, se dejó por el pitón derecho. Perera apenas se ajustó en las primeras series por ese lado. Solo al final, y tras comprobar que al natural era imposible, logró una serie más compacta y mejor hilvanada. Mas fue insuficiente. Demasiado deslavazado todo.

Pero un epílogo de cercanías, con alardes de todo tipo, manoletinas incluidas, hizo calentar al respetable, tanto que no importó el pinchazo previo a la estocada final para la concesión de una oreja de lo más cariñosa. EFE
 



 






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