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Rafaelillo, herido, se lleva la peor parte de una infumable corrida de Cuadri

Rafaelillo, herido, se lleva la peor parte de una infumable corrida de Cuadri

27 Julio 2018

Valencia. Seis toros de Celestino Cuadri (el sexto como sobrero del tercero, que se partió un pitón por la cepa en el tercio de varas), desiguales de cuajo dentro de su muy amplio volumen y de juego totalmente desrazado, con toros aplomados y desfondados o desarrollando distintas complicaciones defensivas. El sexto, declaradamente manso en el caballo, fue condenado a banderillas negras.



Rafaelillo, de nazareno y oro: pinchazo y estocada (silencio), en el único que mató.

Pepe Moral, de tabaco y oro: tres pinchazos y estocada trasera desprendida (silencio); estocada desprendida (silencio), en el que mató por Rafaelillo; y pinchazo, estocada atravesada, pinchazo, bajonazo y seis descabellos (silencio tras aviso).

Varea, de verde botella y oro: pinchazo, estocada corta atravesada y siete descabellos (silencio); pinchazo y estocada caída trasera (vuelta al ruedo tras leve petición de oreja).

Rafaelillo fue intervenido en la enfermería de la plaza de una cornada en la región posterior lateral de la pierna derecha, de 20 centímetros de longitud, que produce rotura en el músculo gemelo externo, de pronóstico grave.

Entre las cuadrillas, Juan Sierra, Pérez Varcárcel y José Mora saludaron en banderillas. Trabajosa brega de Miguel Ángel Sánchez con el sexto.

Segundo festejo de abono de la feria de Julio de Valencia, con más de medio aforo cubierto (unas 6.000 personas), en tarde ventosa.

El diestro murciano Rafaelillo, que resultó corneado de gravedad en el gemelo derecho por el cuarto toro de la tarde, se llevó la peor parte ante la voluminosa, mansa e infumable corrida de la ganadería de Celestino Cuadri lidiada hoy en Valencia, en el segundo festejo de abono de la feria de Julio.

Aun así, la cornada al torero del cartel más experimentado con este tipo de divisas que llaman "duras" no fue el único momento de peligro del festejo, en tanto que la mansedumbre de varios astados de la divisa onubense se tradujo en un comportamiento incierto y de auténtica amenaza para la integridad de los toreros.

Entre la mansada hubo toros, pues, con peligro y una áspera movilidad, aunque en realidad fueron los menos, ya que a la mayoría del encierro le faltó raza siquiera para poder desarrollar en plenitud sus malas ideas, irremediablemente negados a regalar una sola embestida en condiciones.

De la que debió ser puntilla del matadero se pudo salvar, si acaso, el segundo de la tarde, que tuvo apenas una docena de buenas y largas arrancadas a la muleta de Pepe Moral. Y, solo por su movilidad, pudo salvarse también el cuarto, que fue, precisamente, el de menos peso de la corrida.

El sevillano Moral le dio a ese segundo de la tarde apenas un par de tandas de muletazos de cierta entidad, exactamente las que tuvo, pero que se quedaron en poco una vez que el astado se paró por completo, aunque el torero le insistiera con cites demasiado violentos. Pero mucho antes que ese, aún "echó el cierre" el quinto, un mostrencón que solo se esforzó en soltar tornillazos a las telas.

Antes del percance de ese cuarto con movilidad, Rafaelillo tuvo la gran suerte de que el primero se rajara camino de las tablas, porque así no llegó a desarrollar el sentido que mostró en los primeros compases.

Aparentemente, la fortuna también le sonrió al murciano con un segundo de lote que, al menos, se agitó por el ruedo más que sus hermanos de camada. Ese único resquicio de lucimiento fue el que aprovechó Rafaelillo para, sin forzarlo nunca, hacer que el toro pasara, sin clase y sin emplearse, unas cuantas veces tras de su muleta, manejada desde unos airosos cites frontales a pies juntos.

La faena iba creciendo así hasta que, en un descuido del matador, al quitarle la muleta de la cara, el de Cuadri se le echó encima y le prendió por el gemelo de la pierna derecha, hiriéndole de consideración y sin posibilidad de rematar la faena con la espada.

Tampoco pudo hacer mucho el castellonense Varea con el tercero, que tomaba bien la muleta solo que una sola vez de cada diez que se le citaba. En cambio, el sexto, que se lidió como sobrero, le permitió al menos poner en juego su valor y su decisión.

Y no porque el toraco, de feas hechuras, fuera bravo, sino más bien un violento manso que, por huir de los picadores, fue condenado a banderillas negras, un castigo absolutamente inusual en los últimos tiempos.

El joven Varea, poco rodado en este tipo de trances, hizo el esfuerzo y, con desigual acierto, aguantó las oleadas del manso en una faena que fue perdiendo intensidad a medida que el toro iba perdiendo también la pelea hasta quedarse finalmente sin más recompensa con una forzada vuelta al ruedo. EFE
 



 






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