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Adrián de Torres, última oreja del año

Adrian de Torres - Foto: Lasventas

Adrián de Torres, última oreja del año

24 Octubre 2010

Madrid. Un cuarto de plaza. Se han lidiado novillos de Rocío de la Cámara, bien presentados y de poco juego en líneas generales.

Martín Núñez, silencio y silencio;
Manuel Fernández, silencio y silencio y
Adrián de Torres, oreja tras aviso y silencio.

Martín Núñez tras la lidia, que brindó a su padre, procedió a cortarse la coleta,
 



Madrid. Un cuarto de plaza. Otoñal, templado.
Seis novillos de Rocío de la Cámara, de buenas y diversas hechuras. Segundo y quinto, enlotados juntos, fueron los dos de mejores condición y remate. Muy bondadoso el primero. Brusco el tercero, encastado. Cuarto y sexto, muy astifinos y ensillados, dieron peor juego.

Martín Núñez, de celeste y oro, palmas y silencio tras un aviso.
Manuel Fernández, de Sevilla, nuevo en Madrid, de azul cobalto y oro, silencio en los dos.
Adrián de Torres, de rosa y oro, oreja tras un aviso y silencio.



La última del año. No fue una de tantas. En un arrebato el sevillano Martín Núñez, que llegó a afligirse por un momento, se cortó la coleta –o arrancó el añadido postizo- tras la muerte del cuarto novillo, que, muy ofensivo, no fue propicio ni sencillo. Decisión precipitada. Torero desbordado por un irreprimible sentimiento de frustración. Una primera señal de arrepentimiento: Salió en su turno a quitar en el sexto toro, que protestó y no se dejó.

La desilusión de Martín Núñez –desarmes, dudas- y, en el otro polo, la pasión y la entrega de un novillero de Linares, Adrián de Torres, que sorprendió en Madrid el pasado marzo con un mayúsculo valor y volvió a sorprender ahora con dosis mejor destiladas de ese mismo valor sin mácula. Entonces pareció un torero muy verde y por hacer. Y por hacer ahora también. Pero ya encaminado. Sobre un modelo más que evidente: el modelo Talavante, que a su vez remite a José Tomás. Por tanto, novillero de estirpe estoica y estilo impasible, de encaje rigurosamente vertical, como si se enterrara de zapatillas en ángulos rectos u obtusos.

De esa versión cabal, casi calcada del modelo, hubo exhibición en el primero de los dos novillos que mató Adrián. Un torito colorado, rechoncho y aleonado, recogido y casi brocho, levemente protestado por falta de trapío, que recibió lidia inadecuada y se picó poco y trasero. Escarbador, un punto brusco y encogido, algún cabezazo, pero novillo pronto y con fijeza. Se acostó por la mano derecha en los primeros compases. Dejó de hacerlo después. Conmovedora la quietud de Adrián en estatuarios ceñidísimos en la apertura de faena en los medios; desgarrador el aguante en muletazos embraguetados por la mano diestra; vibrante la entrega; casi inédita la mano izquierda; cambiados y no pases de pecho en los remates, pero entonces se vio el toreo de mejor compás. Una cogida: lo encunó en ataque frontal del toro, que lo pilló más indefenso que desprevenido, pero que vino a corroborar esa sensación de palpable valor a prueba de bomba. Tras la cogida, vuelta al tajo sin aflicción. Ileso, pero con sangre de toro por cuello, chorreras, chaleco, taleguilla y medias. Una tanda de manoletinas ajustadísimas. Reaccionó la gente. Una estocada delantera, atravesada y mortal de necesidad. Una oreja. Un crédito.

No dio opción a confirmar gesto el sexto de corrida, que, las manos por delante, se paró y se puso a topar enseguida. En un quite por gaoneras al quinto, que fue el toro de mejor son de la corrida, Adrián se animó a descararse. Con el mismo modelo, y de la misma manera: Capote de más diámetro que vuelo, los pitones rozando las sedas del traje de torear.
La novillada de Rocío de la Cámara no tuvo aquella agresividad que parecía sello de la ganadería. Casi todo lo contrario: el primero de los seis fue de suavidad mollar y, por tanto, fuelle justo; el segundo, de precioso remate en el prototipo Núñez, fue de una nobleza llamativa, pero le faltó corazón; ni una chispa de genio en cuarto y sexto, los dos con problemas. El quinto tuvo por la mano derecha excelente son.

Hubo novillero debutante en Madrid. Y de Sevilla. Esa conjunción era en su día, y hace ya tiempo, un acontecimiento. No esta vez. Un Manuel Fernández, de la Puerta de la Carne, como los Vázquez, que no llegó a parar los pies con el novillo del debut, pero lo mató por arriba y por derecho. Más entonado en el quinto, pero abusando del toreo de ventaja, o de los cites acostados, escondidos, fuera de cacho. Y otra estocada espléndida. Con el bondadoso primero no terminó de asentarse ni de rematar Martín Núñez, que pareció entonces torero de ideas muy claras. De saber cómo se hace. Y por eso se arrancaría la coleta.

Colpisa - Barquerito
 



 






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