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Oreja para Saldivar y vuelta a un "cebada"

Arturo Sadivar

Oreja para Saldivar y vuelta a un "cebada"

01 Septiembre 2012

Bayona. (Francia)  1ª de la Feria del Atlántico. Más de media plaza. Soleado, fresco. Seis toros de Cebada Gago, de buenas hechuras. Preciosos segundo y tercero, que fueron de muy buena nota. Premiado con la vuelta al ruedo el tercero. Manejables primero y cuarto. Manseó el quinto, que se apoyó en las manos. Topón, el sexto tuvo un punto incierto.

Javier Castaño, de marino y oro, saludos y vuelta tras un aviso.
Julián Lescarret, de grana y oro, saludos en los dos.
Arturo Saldívar, de turquesa y oro, una oreja y ovación.

Lescarret, paseado a hombros al término de la corrida.



En la corrida de Cebada Gago saltaron dos toros de muy buena nota: un segundo codicioso, repetidor, noble, de llamativa elasticidad y claro son; y un tercero que descolgó franco, tuvo un espléndido golpe de riñón, humilló tanto que llegó a enterrar una vez los pitones y tuvo la fijeza pronta de los toros bravos. El palco premió a este tercero –Cencerrillo, número 33- con la vuelta al ruedo en el arrastre. Con razones de idéntico peso se podría haber premiado al segundo también. Ninguno de los dos toros llegó a los 500 kilos. Las hechuras eran soberbias. El tercero, el más abierto de cara de la corrida, era muy astifino; más recogido y reunido, con sus puntas afiladas, el segundo fue un dije.

Esta corrida de retorno de los cebadas a Bayona no fue pareja ni en condición ni en estampa. Si llegan a salir los seis con el estilo de segundo y tercero, acaban con el cuadro. Pero la corrida toda tuvo su personalidad. El quinto, que coceó el caballo de pica, y el sexto, bruto y rebrincado, desdijeron. Javier Castaño se encargó de lucir tan generosamente como suele los dos toros de su lote: puso en suerte a uno y otro como si se tratara de una corrida concurso; la apuesta no fue sencilla, pero los dos toros vinieron al galope a la tercera vara y tras una tensa espera. Tardo, escarbador, gruñón, el primero acusó el exceso de castigo en varas pero fue toro noble; el cuarto, de espectacular pinta –ensabanado, caribello, anteado- y alto de cruz, muy levantado, llegó, en cambio, algo crudo a la muleta. En la variedad estuvo, en parte, el encanto secreto de la corrida toda.

El reclamo de la fiesta, con todo, no fue tanto el regreso de los toros de Cebada a las Arenas de Lachepaillet –la plaza Marcel Dangou- como la despedida de Julien Lescarret, el torero de Burdeos, que tomó el pasado invierno la decisión de retirarse al cabo de diez años de alternativa. El corte de coleta definitivo será en Nimes dentro de dos semanas, pero el adiós sentido fue éste de Bayona, porque Bayona ha sido su plaza. Más que cualquiera de los otros feudos del Sudoeste francés.

La corrida era un compromiso sentimental. Vino revestida de un original anecdotario. En protesta por la prohibición camuflada de los toros en San Sebastián, Lescarret sugirió en diversas entrevistas que la gente fuera a los toros tocada con la clásica boina vasca. Como hacía calor, se pusieron a la venta miniboinas carnavaleras. La boina era el mensaje: toros en el País Vasco sí.

Y, luego, otra sugerencia: Lescarret pidió que quienes pudieran llevaran a la plaza alguna prenda de color fucsia o rosa. Es decir, el color grana del haz o la cara de los capotes de brega. Capotes de grana y oro, dice la copla. Los dos picadores de Lescarret –Marc Reynaud y el zaragozano Rafael Sauco- llevaban chaquetillas de grana y oro- y dos de los banderilleros –el hendayés Rafael Cañada y el pamplonés Manolo de los Reyes hijo- vestían también del mismo palo. Lescarret lucía un terno de bordados orientales asimétricos tanto en las bandas de la taleguilla, como en mangas y espalda. En el chaleco y los machos los golpes de oro eran formidables, a la mexicana. No menos de tres mil personas lucieron a la hora de los toros blusas, camisas, jerséis o fulares rosirrojos. El color era un capricho plástico y no una reivindicación política como la de la boina. La requisitoria de Lescarret, en fin, se vio atendida.

Javier Castaño, convaleciente todavía de la paliza que le pegó en Bilbao un toro de Victorino la pasada semana, salió a torear sin chaleco y fue notorio el esfuerzo físico. Creyéndose perseguido por el cuarto tras un ataque con la espada, tuvo que tirarse al callejón como mal pudo y debió de sentir un dolor inmenso. Cobró, sin embargo, una meritoria estocada. Firme, suficiente, se templó con sus dos toros, pero sin redondear tanda. Con el cuarto se arrimó en lazos a la manera de Ojeda. Como en sus arranques.

Arturo Saldívar anduvo dispuesto, encajado y valiente con el notable tercero, le pegó con la zurda una tanda extraordinaria por el ajuste y el dibujo, y se enredó en circulares y rizos conmovedores por la firmeza y el juego de brazos. Ese toro se lo brindó a su compatriota y colega Sergio Flores, cuya alternativa está anunciada en la corrida que el domingo 2 clausura el curso taurino en Bayona. Con el rebrincado y mansote sexto estuvo Saldívar tranquilo, paciente y cumplidor. Las dos estocadas las cobró soltando el engaño.

Lescarret intentó torear al excelente segundo con pureza –los vuelos de la muleta por delante, la mano baja, planta firme- pero no siempre la intención vino unida al encaje del cuerpo. La faena tuvo torería natural. El último toro de su carrera en Lachepaillet se lo brindó Julien a Olivier Baratchart, que fue quien lo descubrió y lo lanzó hace quince años. Olivier, director de la plaza de Bayona, llevaba la boina y la camisa de algodón grana y, con el derecho que confiere haber sido torero profesional, salió al ruedo a recoger el brindis. Se le olvidó destocarse. Con la corrida terminada, se le hizo a Lescarret un aparte especial. Amigos del Círculo Taurino Bayonés lo izaron a hombros. Sonó una clamorosa ovación de despedida mientras la banda se arrancaba con un pasodoble festivo.

Colpisa-Barquerito



 






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