Manolete, sesenta años después


Toros en El Puerto
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SU RECUERDO SIGUE VIVO
Se cumple hoy el  60 aniversario de su muerte.

 

          Al cumplirse el sesenta aniversario de la corrida de toros de don Eduardo II Miura, celebrada en la Plaza de Toros de Linares (Jaén), la tarde del (28-08-1947), en la que Isleño  le asestó una cornada mortal a Manuel Rodríguez  Sánchez (Manolete), falleciendo a las cinco y tres minutos de la madrugada del siguiente día, en noche cerrada todavía -cumpliéndose noventa años de su nacimiento el (04-07-2007) y sesenta de su muerte el (29-08-2007)-,  fue sin duda el acontecimiento humano más relevante de 1947. El impresionante número de personas que dicen –que podrían ocupar dos “Plaza México)- haber estado en el Coso de Santa Margarita aquella tarde trágica, es anecdóticamente probable, que habrá descendido. De los que en verdad le vieron torear, y no precisamente en aquella corrida, es seguro que son    miles y  miles, especialmente en España y no tantos en México.

            De los que tenían uso de razón en aquellos años y le conocieron,  disfrutaron  de su toreo, y hasta lograron que el Monstruo Cordobés le dedicase y firmase unas fotografías, deben quedar muy pocos y, los que queden, están en la recta de ser octogenarios. Hemos tenido el   placer de saber –quien hoy es un ilustre escritor taurino navarro, radicado en Barcelona desde hace muchos años, D. Fernando del Arco de Izco- que tenía sólo ocho años cuando vio por primera vez toros el año 1941 en Barcelona. Resulta de una sencillez brillante lo que el entonces niño Fernando contempló, y nos dice hoy: “…en realidad creo que vi a  unos señores vestidos con trajes tejidos con hilos brillantes, que se movían a veces rítmicamente y otras en desorden… Pero entre ellos había uno que bullía mucho menos que los demás… apenas se movía, y con un trapo, al principio grande, para más tarde, después de salir unos caballos, cambiarlo por otra tela más pequeña, sujeta a una madera, y una espada, y con ellas esquivaba las embestidas de una fiera nerviosa y de gran movilidad.”

            Aquél niño fue muy afortunado, pues pudo ver varias veces al señor que “apenas se movía”, que no era otro que Manolete. Desde 1944 ya no se perdió ni una de sus actuaciones, ya que su padre era el distribuidor de la revista EL RUEDO para toda Cataluña, y ello le permitió poder ver al torero de la quietud cada vez que toreaba en las Plazas de Toros Monumental y Las  Arenas, de Barcelona. Fue también el que logró de su ídolo la dedicación de dos fotografía toreando el Tercer Califa a un miureño y a  otro del conde de la Corte, firmándolas con la pluma estilográfica de su progenitor, que el joven heredó y conserva con mucho cariño y respeto, junto a las dos fotos citadas. Cuando D. Fernando ha cumplido 74 años de edad –los mismos que este autor- el mismo mes del aniversario de la muerte de Manolete, su idolatría por el diestro cordobés ha alcanzado el record de reunir en su biblioteca –con casi 6.600  libros sobre la Fiesta Brava-, 250 publicaciones, en su mayoría libros, sobre Manolete.

            Este autor era tan bien un niño cuando le vio torear, una sola vez, en la Plaza Real de El Puerto de Santa María, el (30-07-1939), de la mano de mi  abuelo paterno don Ramón, de lo que sólo recuerdo haber estado inmerso en una marea humana que me asustaba. Pero si  al diestro no volví a verle más, a doña Angustia, en cambio, le saludé  los ¡buenos días! muchas mañana, cada vez  que me cruzaba con ella en la calle de Torres Cabrera, pues durante dos años (1951-52) estuve viviendo exactamente frente a la casa numero 2,  A, de la citada calle en la ciudad de Córdoba. Una señora mayor, uno de cuyos hijos era músico en la Banda Municipal, me había alquilado una habitación cuando llegué a estudiar la carrera Veterinaria y desde una ventana veía también a doña Angustia, vestida siempre de riguroso luto y tocada con un velo negro, llevando una profunda tristeza en su corazón, que reflejaba en su rostro.

            A ningún otro torero se han dedicado tantos versos -sólo D. Fernando del Arco de Izco ha logrado reunir en un reciente libro 800 de ellos-, escritos por tan variados poetas de una misma época, ni se le han escrito tal número de biografías –Juan Belmonte ocupa, a mucha distancia, el segundo lugar-,  y estudios técnicos, antes y después de su muerte, ni tantos estudios críticos cómo a Manuel Rodríguez Sánchez (Manolete); nadie que haya vestido el traje de luces ha atraído a tal cantidad y calidad de pintores famosos como modelo para sus cuadros, ni ha tenido tantos escultores que hayan movido sus cinceles para esculpir su figura…, nos dice D. Fernando, para quien Manolete fue un intelectual.

            Y en tal sentido, es decir, el bautismo intelectual de Manolo, fue con motivo del almuerzo que los escritores y periodistas españoles –a  actos parecidos asistieron también otros diestros, como Juan Belmonte y Frascuelo-, le ofrecieron el (11-12-1944), en el Restaurante Lhardy de Madrid. Más de cien escritores, periodistas y artistas se dieron cita en dicho restaurante para homenajear al Califa Cordobés, en el que se presentó en traje campero negro, camisa blanca con chorreras y botonadura de diamantes, capa española, sombrero cordobés y botines negros. Ante el contraste con el resto de vestimentas de rigurosa etiqueta, él manifestó que el suyo era “su traje de etiqueta”… ¡torero hasta en la calle!, como en sus respectivos tiempos lo fue su paisano Guerrita, II Califa de la Córdoba Taurina… y en sus inconfundibles andares  y «el zarpazo estético del arte gitano en el toreo se percibía    en un solo paso y un lance, caminando en la calle y como los que daba el célebre Joaquín Rodríguez (Cagancho),  el gitano trianero.

            Dos excursiones realizó Manolete a México, que son la novedad de estas líneas para los aficionados españoles de la red, y en la de 1947, mató allí su último toro, llamado Boticario. A su llegada al país hermano, en el que tanto se le admiró y quiso, gran parte de la prensa le criticó abiertamente tratándole, “como abanderado del franquismo”, exagerándose hasta lo grotesco su participación en la guerra civil española. Pero todo quedó zanjado cuando D. Indalecio Prieto, Jefe del Gobierno Republicano Español en el exilio, manifestó: Pero Manolo se reunió en el país hermano con varios intelectuales de la talla de don Pedro Garfia, poeta; don Antonio Jaén Morente (1), escritor; don Juan Rejano, poeta cordobés amigo suyo de la infancia; Rafaelita González, prima de Camará; y la más importante, se reunió un par de veces con Indalecio Prieto (2), Jefe del Gobierno Republicano Español en el exilio, quien dijo: “Manolete es el único español desde Hernán Cortés que ha venido a México y no ha hecho el ridículo.” En sus Memorias explica que tenía en su despacho una foto de Manolete con esta dedicatoria: “De un español a otro.” Semejante comentario expresado por un Republicano convencido fue, además, una prueba evidente de que Manolo era apolítico. El cuento de que el torero cordobés exigió que quitaran la bandera republicana que dicen ondeaba  en la Monumental “Plaza México”, cae por su propio peso, pues allí no ha ondeado nunca alguna bandera en sus Plazas de Toros, ni nacional ni extranjera.

 (1) Ex diputado socialista por Córdoba, al que visitó en un sanatorio de la ciudad de México en el que se recuperaba de una operación en los ojos. “¿No te traerá problemas tu visita, Manolo?, le preguntó el convaleciente, a lo que le respondió el torero: “¿Acaso, don Antonio, la gratitud es una mala obra?”

(2) El líder socialista fue un buen aficionado de la Fiesta Brava y ejerció la crítica taurina en varios festejos de la Feria de Bilbao durante la década de 1920, en el diario  El Liberal, y  como tal, había bautizado, con el nombre de “villagodios” a los famosos chuletones que se servían en los restaurantes vascos, dando a entender que los toros del marqués de Villagodio solamente servían para carne.

             Lógicamente se templaron los ánimos y México entendió a Manolete y todos sabemos que los aficionados mexicanos se rindieron a su forma personal de interpretar el Arte de Cúchares, y que el diestro –tal y como éste autor- llevó siempre dentro de su corazón a México, porque este país tiene carisma, una espiritual atracción humana, que no existe en ningún otro país del mundo. Mientras, a muchos españoles, el homenaje que hemos citado, le repercutió en forma negativa, organizándose una airada campaña anti-Manolete torero  y anti-Manuel Rodríguez hombre y héroe. Alcanzaba Manolo tal altura, que el deporte nacional español por antonomasia: la envidia, surgió con tremenda fuerza, por no decir odio. Y, además, los mismos detractores no le perdonaron que triunfase en México, además de haberlo hecho antes en España. La crispación llegó hasta el noble corazón de Manolo y cada festejo que toreó la temporada de 1947, última de su alta magistratura taurina, fue más que una corrida, una exigencia anímica que  le llevó hasta la muerte.

            Como contrapunto o colofón a lo citado, pues debemos no  alargar esta entrega, reflexionando sobre esa otra masa gigantesca de aficionados que sin haber tenido la oportunidad de conocerlo y menos de verlo torear, porque la cronología no se detiene, tratan de definirlo, de enmarcarlo dentro  del contexto actual del fenómeno social y  cultural de nuestra Fiesta Brava. Lo más común es oír decir: No he llegado a tener una  idea clara, un concepto definido, del que en sus días fue Manolete. Considerando su vida, su figura y su toreo, veo en el horizonte que se entremezcla, sin solución de continuidad, la gloria y la tragedia, las sombras y las luces. Y la confusión se agiganta cuando se comparan las múltiples biografías.

Todos coinciden, aunque la mayoría no le vieron, en que fue el torero de más resonancia mundial, irrepetible, y el que toreó, hasta entonces, más cerca que nadie, logrando borrar lo que los llamados terrenos del toro y del torero, siendo Juan Belmonte el iniciador de semejante atrevimiento. De que fue un personaje con gran carisma nadie lo duda. Su personalidad era inconfundible, habiendo sido considerado como el segundo torero auténticamente revolucionario, que marcó época y estilo...y que sigue sumando admiradores.

Juan José Zaldivar Ortega
              29 agosto 2007

 Imagen 1 - Manolete en el patio de su casa de la Avda., de Cervantes. el día de la Fiesta de la Banderita (1944).
 
Imagen 2 - Con los pies juntos y la planta erguida. Un maravilloso estatuario en Los Tejares, en la feria de mayo (1944)
                 
Archivo fotográfico de Ricardo Rodríguez. Propiedad de Caja Sur.   
 

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