|
|
Primero lo intentó su padre, Luis
Mariscal, que soñó con la gloria del toreo y
se quedó a medio camino como destacado banderillero. Y
también su tío, Pedro Santiponce,
que en muchas bravas tardes se jugó el cuello con corridas
duras al buscar el difícil y casi imposible embroque.
También su primo, Pepe Luis García,
un estilista del toreo sevillano que apasionó a la
Maestranza de novillero pero que tampoco logró la gloria
grande de ser figura y se quitó del toreo.
El actual Luis Mariscal
llegó a alcanzar lo que ninguno de los familiares taurinos
de esta saga torera logró antes: salir por la Puerta del
Príncipe. Una importante carrera de novillero la culminó
poco antes de su lujosa alternativa en la Maestranza con una
encerrona con novillos de Espartaco -al final lidió siete al
pedir el sobrero- que se saldó con la gloria de salir a
hombros por la Puerta más grande del toreo. Después, de
matador, las cosas se pusieron muy difíciles y la ausencia
de corridas hizo que tampoco este 'Mariscal del toreo'
progresara más allá en el escalafón de matadores.
Mientras la carrera de Luis Mariscal
como matador de toros languidecía, su hermano pequeño,
Salvador Cortés, despuntaba como
aventajado alumno de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla,
aprendiendo de los maestros Chaves Flores, Tito de San
Bernardo y Curro Puya. Fue haciéndose un hueco entre los
novilleros y sus actuaciones en la Maestranza se contaban
por triunfos. Hasta que llegó el día de su alternativa y ya
de matador logró el mayor hito en la saga de los
'mariscales': salir a hombros como matador de toros -y
no una, sino hasta tres veces- por la Puerta del Príncipe de
Sevilla.
Luis Mariscal, que andaba retirado del
toreo activo -aunque no desvinculado del mundo taurino-
entrenaba con su hermano pequeño casi a diario, le
acompañaba desde el callejón cada tarde y se convirtió en su
'segundo padre', más que en su hermano mayor. La
incipiente carrera de Salvador le impulsó a tomar una
decisión nunca fácil de digerir para quien ha vestido de oro
y hasta ha tomado la alternativa en la Maestranza y sacado a
hombros por su Puerta del Príncipe: vestirse de plata y
hacerse banderillero. Pero la carrera de su hermano lo
merecía, y también las carreras de su padre y su tío eran
ejemplos de que también existe la gloria entre los de plata.
Cogió capote y palos y fue haciéndose un hueco importante
entre los banderilleros.
No cabía mayor tranquilidad y seguridad
para Salvador que saber que su hermano mayor estaba en los
corrales cada mañana de corrida para el sorteo, para enlotar,
para contarle a la llegada al hotel cómo son -de verdad- los
toros de la tarde... Luis se convertía así en algo más que
su banderillero de confianza o su hermano mayor... De hecho,
Luis ya se había convertido antes de hacerse banderillero en
'algo más' para Salvador. Fue en un festejo en la
Maestranza, cuando un astado le asestó un seco derrote a
Salvador directo al cuello y el torero quedó conmocionado
por el tremendo pitonazo. Luis, el hermano mayor, que aún no
era banderillero, no dudó en saltar al ruedo -vestido
impecablemente de calle- para asistir a su hermano. Fue el
primero en llegar y, aunque todo quedó en el tremendo susto
y la herida de guerra de una cornadita de espejo en la
barbilla, Luis Mariscal supo desde ese instante lo que era
empaparse las manos de la sangre de su propio hermano.
Hermanos de sangre.
Luis Mariscal, incorporado ya a la
cuadrilla de su hermano Salvador, se convertía en su sombra,
dentro y fuera de los ruedos. Era quien le acompañaba en los
tentaderos, quien viajaba con él a recoger los premios,
quien le embestía en el carretón,... Era quien desde el
burladero le aconsejaba: "Salva, cuidado por el pitón
derecho que aprieta...", "Dale más distancia,
Salva, que lo estás asfixiando...", "Que tienes las
dos orejas cortadas, torero... ¡Vamos a reventarlo con la
espada...!" Luis Mariscal veía en Salvador lo que ni su
padre, ni su tío, ni su primo, ni él mismo habían logrado
conseguir: abrirse camino temporada tras temporada en el
complicado escalafón de matadores.
Pero hubo más ocasiones para vivir de
cerca la tragedia de ver derramarse sangre de tu sangre. En
plena Feria de Málaga, en 2007, Salvador Cortés era
empitonado por el vientre. ¿Quién, si no Luis Mariscal, iba
a ser el primero en llegar a auxiliarle? Le faltó tiempo
para levantarlo, meterle la mano entre el chalequillo y la
camisa, sacar la mano... y de nuevo la misma imagen: mano
roja de sangre de su sangre. Con celeridad junto a sus
compañeros de cuadrilla y hasta Rivera Ordóñez -de paisano-
lo llevan hasta la enfermería... Hermanos de sangre.
Y más reciente, en la temporada pasada,
en Las Ventas, cuando comenzaba a tomar vuelo la faena de
Cortés, de nuevo volando por los aires y la certera cornada
en el muslo izquierdo,... también el muslo izquierdo. ¿Y
quién, si no Luis Mariscal, iba a ser el primero en llegar
hasta Salvador Cortés para quitarle al toro y llevarlo en
brazos hasta la enfermería? Y otra vez un boquete en la
carne de su hermano pequeño, de su matador, y otra vez la
mano llena de sangre, y otra vez en los brazos protectores y
tranquilizadores camino de una enfermería. "No pasa ná,
Salva, que ya llegamos a la enfermería; no parece grave..." Hermanos
de sangre.
Pero el traiconero destino le tenía
reservado a Salvador Cortés una crueldad que ni imaginaba.
El pasado 15 de agosto, en la Maestranza, todo parecía ir
bien, una nueva tarde de triunfo y con la Puerta del
Príncipe entreabierta con una oreja ganada en el primer
toro. Había un segundo de Peñajara, astifino, con cara,
ofensivo. Luis Mariscal se perfiló para el primer par,
'voló' hacia el embroque, sacó los palos y clavó
arriba. Quedaba su segundo par. Ahora por el derecho. Tenía
que 'calentar' el ambiente; y no sólo por intentar lucirse
él y desmonterarse -eso es secundario para tan buen
banderillero-, sino para poner al público propicio para la
faena de Salva, su hermano pequeño... Cita de lejos, con los
palos arriba y abiertos, comienza el cuarteo hacia el pitón
derecho pero el toro se gira hacia las tablas y se
descoloca. No se podía cortar la emoción del momento con un
par de capotazos para ponerlo otra vez en suerte. Eso
enfriaría al público, debió pensar. Y además podría
'malear' al toro. Sin capotazos, sin ponerlo en suerte
de nuevo. Cambio hacia el pitón izquierdo, sacando los palos
desde abajo, cuadrando en la cara, clavando arriba... y en
ese momento la tragedia que todos ya conocemos...
Sentado en el albero, tiñendo de rojo la
arena con grifos de sangre de su pierna, ya no podía ser Luis
Mariscal quien aconsejara momentos después a su hermano
pequeño en la faena... Luis dejaba de ser el 'segundo
padre' de Salvador y era éste quien iba a sentir lo que
sintió otras veces Luis Mariscal. ¿Quién, si no Salvador
Cortés, iba a ser el primero en llegar hasta su hermano Luis?
Ahora le tocaba a él, a Salvador, ser quien se empapara las
manos de sangre de su sangre. Quien llevara sus manos a los
boquetes de la tremenda cornada de su hermano mayor, quien
ejerciera de 'segundo padre' de Luis,.... y quien
lo llevara en brazos camino de la enfermería. Hermanos de
sangre... pero de sangre de verdad.
Francisco Mateos
Periodista
Agosto 2010
|