
Toros en El Puerto
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El toreo es grandeza; y grandeza
multiplicada porque se logra a
cambio de exponer la vida. Pero el
toreo también tiene sus miserias. La
Fiesta de los toros es tan grande
que es capaz de absorber lo mejor y
lo peor de cada cual. Lo mismo un
torero está arriba que se desmorona
su trono en semanas. Una profesión
dura, durísima; al tramo final de la
temporada me remito. Los toreros
caen como soldaditos de plomo por
los percances. Es la verdad y la
grandeza de la Fiesta. Aquí se muere
de verdad; no es simulado como en el
cine o en el teatro.
La Fiesta curte a sus
hombres, a sus toreros, de una
fuerte personalidad y de una
dureza singular. Decía
Paquirri que
tenía que aprender a ser yunque
para después ser martillo. El de
Barbate aludía de forma tan
elegante a los abusos y
zancadillas que hay que superar
-dentro y fuera de la plaza- en
los comienzos para llegar
arriba, pero que después, si se
tenía la suerte de ser figura
del toreo, todos esos golpes que
había recibido mientras había
sido yunque desaparecerían al
coger el martillo del poder.
Castella,
que se considera ya 'martillo'
en el toreo, se ha equivocado de
'yunque'. El sevillano
José Antonio Campuzano
no es el 'yunque' sobre el que
descargar sus iras de una
temporada irregular, muy buena
en la primera mitad, espléndida,
pero que se fue desfondando a
partir de avanzado el verano. El
mayor de los Campuzano acogió a
Sebastián Castella en su propia
casa cuando era un niño. Le
enseñó la técnica, lo amamantó
taurinamente, le buscó
festejos, ha sido su sombra en
el campo... José Antonio era su
segundo padre. Un padre que no
dudó en derramar su sangre por
su 'hijo' cuando en América un
toro cogía al francés y el
sevillano se lanzó al ruedo a
hacerle el quite, con la mala
fortuna de que el toro terminó
corneando a ambos.
Ahora, con el transcurso de
los años, Castella se planta
delante de José Antonio y le
dice: "Hemos acabado: ya no me
sirves. No eres el hombre que
necesito". Sebastián Castella es
un gran torero, pero un
maleducado y un desagradecido.
Con todas las palabras. Torero
frío con el público, con la
afición y con la prensa. Apenas
acude a recoger trofeos
personalmente o a coloquios. No
le gusta vestirse en
hoteles donde haya aficionados.
¿Un tipo raro o premeditadamente
raro? En cualquier caso un
desagradecido y un maleducado.
Curiosamente ha cortado la
temporada -haremos un acto de fe
para creernos que su médico
'particular' ha sido objetivo en
su diagnóstico de anemia- cuando
se le marcaban en el horizonte
dos hitos de alto calado en el
momento más bajo de su
temporada: su encuentro con
José Tomás
en Nimes
-su casa- y el mano a mano con
El Cid
en Sevilla
-la casa del de Salteras y la
segunda del francés-. A tres
semanas vista, si Castella
hubiera cortado la temporada a
la par que se metía un chute de
vitaminas y grandes potajes de
lentejas -por aquello del
hierro-, dejando bien claro que
"El Cid que me espere en el
ruedo de Sevilla, que allí
estaré", hubiera dado
miedo. Cortar la temporada por
anemia a las puertas de estas
dos importantes corridas y en
vez de relajarse y recuperarse
dedicarse a soltar los gatos que
encierra en su barriga con el
bueno de José Antonio Campuzano
da otra imagen bien distinta.
Francisco Mateos - TorosComunicacion |
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