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Mañana día 26 de septiembre se cumplirán XXII aquí en la Tierra, de
aquella trágica noche de tu paseíllo hacia la eternidad, dejando en
quienes tuvimos el honor de conocerte una huella imborrable, y
sigues siendo el ejemplo y espejo, de raza torera y pundonor, para
muchos diestros que hoy son figuras. En el paraíso celestial, que
debe existir un lugar privilegiado para grandiosos toreros como tú,
con seguridad seguirás peleando y luchando por ser el mejor. Y es
que toreabas, banderilleabas, matabas, y todo los hacía bien, con
grande poder y asombroso desahogo; además, sacabas partida a la
mayoría de los toros; gustabas sin reparos a las mujeres; ídolo de
los aficionados y ponías de acuerdo a los más puristas...¡qué
milagro! En definitiva, un verdadero “bicho” en la plaza, y un “tío”
fuera de los ruedos. Todo lo expuesto fue ganado a base de
esfuerzos, sacrificios y a tu gran capacidad para de querer ser el
mejor en todo. Todos esos atributos te llevaron con toda justicia a
ser figura indiscutible del toreo (*), y un toro criminal, de nombre
Avispado, del hierro de Sayalero y Bandrés, en la plaza de
Pozoblanco (Córdoba), te elevó a mito del toreo.
Tu
cornada llegó a mis oídos y la sentí estando en México,
concretamente, en el rancho El Coloradito (Zacatecas), de tu colega
Joselito Huerta -adiestrando el ganado bravo y cuyos resultados me
permitiré la libertad de dedicarte en un próximo libro-, y tu agonía
y muerte hicieron fluir lágrimas de dolor en mis ojos y una profunda
tristeza en mi corazón, que orgullosamente resplandece cada vez que
te recuerdo. Han pasado veintidós años y te pido me ilumines desde
Allí cómo contarle, al menos unas anécdotas, a los aficionados, que
casi vivimos en paralelo.
Eran,
aproximadamente, las diez de la mañana en México, cuando me enteré
de tu marcha desde el Hospital Militar de Córdoba y recordé –volví a
vivirlo nuevamente-, el día que estuve internado allí, en septiembre
de 1953, cuando tenías cinco años de edad. Fui intervenido de
urgencia en la palma de la mano derecha, que en dos días había
multiplicado varias veces su tamaño, sobre la que el cirujano
realizó tres cruentas incisiones, pues la infección galopante hacía
temer lo peor, producida al revisar el tracto genital infectado de
una yegua, en la Facultad de Veterinaria de Córdoba. La anestesia
fue a base de inspirar cloroformo impregnado en algodón. Sólo Dios
sabe el por qué salvé mi mano de ser amputada y la razón de que a ti
te arrancara la vida. Desde aquél día, ¡y hasta que me toque a mi!,
estoy convencido de que siempre nos “adelantan” los mejores, y de
que, recordar a personas con tu grandeza humana y tus virtudes
toreras, es un alimento al espíritu de los que con inmenso cariño te
recordaremos hasta el último aliento.
La
Providencia, siempre generosa con unos y cicatera con otros, en
proporción claramente a favor a quienes menos los merecemos, como es
ejemplo en mi caso, hizo prodigarme vivir situaciones inimaginables,
que deseo hacer participar a los aficionados que se asomen a la web
laplazarel.net ¿Cómo hubiera podido
imaginarlo? El (29-11-1970), nuestro paisano Paquirri confirmó su
alternativa en la Plaza México, siendo su padrino Raúl Contreras (Finito)
y testigo de la ceremonia Manolo Martínez, con Caporal,
de la ganadería zacatecana de Arroyo Hondo, de don José Julián
Llaguno. A su segundo, Alfarero, le cortó las orejas.
Paquirri, que alcanzó pronto una envidiable veteranía, dentro de la
«generación maltratada», como la llamó el erudito crítico taurino
Paco Aguado (6 TOROS 6, número 255, del (18-05-1999), «se convirtió
en el líder de la generación de la de los años 1970.»
Once años después
conocí a don José Julián Llaguno, sobrino del famoso ganadero don
Antonio Llaguno González y la ganadería zacatecana de Arroyo Hondo,
ubicada en el municipio de Fresnillo, en cuya ciudad minera. Asistí
a varias corridas y en una de ellas pude ver torear al también hoy
extinto torero Manolo Martínez y después de la corrida
saludarle personalmente, gracias a su suegro don Manuel
Ibargüengoitia, otro insigne ganadero de sangre vasca en Zacatecas,
propietario de la dehesa San Antonio de Triana. El diestro
regiomontano –igual que Eloy Cavazos-, al enterarse de que este
servidor de ustedes estaba instalando y dirigiendo la ganadería
brava de los Hermanos Huerta y Flores, tuvo le gentileza, cuando ya
no estaba Francisco entre nosotros, de invitarme a Monterrey.
Durante el
almuerzo y en la sobremesa en el espléndido Hotel Anciras, de
Monterrey, sólo se habló de Paquirri, de su arrolladora
personalidad, de su perfecto conocimiento del carácter de los toros,
de su impronta siempre acertada, de su poderío en todos los tercios,
de su singular simpatía… “y del inmenso gustazo de torear con él…”
que manifestó Martínez. Memorables horas y Manolo caminando
hacia “el tope” –origen de su temprana muerte-, se quedaron los
invitados realmente impresionados cuando al final les conté la
anécdota Paquirri y el toro Palmero, que viví tan
intensamente en la Plaza de Toros de Villena (Alicante), siendo
testigo Victoriano Valencia.
No
dieron al principio crédito, amigo Paquirri, al insólito
hecho que protagonizamos los tres, con el toro Palmero, de
don Manuel García Fernández-Palacio, como protagonista central. “Si
lo que platicastes con Curro lo haces conmigo o de doy un empujón o
no toreo. Decirle a un matador mexicano que curastes y acariciastes
varias veces a un toro con el que poco después nos jugamos la vida
es peor que rayarnos la madre”, dijo Manolo. Y la Plaza de
Villena fue el escenario histórico de aquella efeméride, que llegó
hasta la hermosa e industriosa ciudad de Monterrey (Estado de Nuevo
León, México).
Hasta aquella
tarde en la Feria de Villena ningún veterinario –este modesto
profesional de la misma tierra que Gabiño-, había salido a un ruedo
español, por deseos expreso de un torero –Paquirri- a recibir
la dos orejas y el rabo de un toro –Palmero-, cumpliéndose
así lo que le aseguré al salir de la Capilla de la plaza, poco antes
de hacer el paseíllo: “Paquirri: he tenido la oportunidad de
salvarle la muerte al toro que lidiarás en segundo lugar. Le he
tranquilizado cuatro veces, me he acercado junto a él, curado y
acariciado, habiendo comprobado que es noble y bravo en extremo. Al
finalizar el último tercio y tras darle la estocada podrás tirar la
muleta y llegarle a la cara sin temor.” Llegado ese momento le dije:
¡Ahora, Paquirri! Tiró la muleta, se acercó y le puso las manos
entre el nacimiento de las astas. Me miró con aquella sonrisa tan
afable y jovial como segura que le caracterizaba, y, seguidamente,
Palmero rodó sin puntilla. En portada de ABC de Madrid se
publicó fotográficamente el hecho dos días después.
Francisco, con
emoción y recordándote he escrito estas mal hilvanadas líneas.
Gracias por haberme dejado conocerte.
Juan José Zaldivar Ortega
Dr. en Veterinaria
El Puerto, 25 septiembre 2006 |