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A mediados de los cincuenta un chavalillo de Jerez llamado Rafael
Soto Moreno venia a Cádiz en busca de José Ignacio Sánchez Mejías,
empresario de la plaza de toros, solicitando una oportunidad.
Aquel flamenquito del barrio de Santiago, hijo de un cochero, ni
soñaba que cincuenta años después el Rey de España era quien
iba a venir a Cádiz a imponerle la medalla de oro de las Bellas
Artes.
Bernardo
Muñoz "Carnicerito de Málaga", que más
tarde seria su suegro, lo vio claro: olía a torero. Soñaba
el Paula con ser una figura del toreo, y lo fue, la más atípica
y genial en una carrera de luces y sombras
.Rebasando
lo sublime cuando cuajaba un toro y grande hasta en el fracaso,
Rafael lo mismo hacia el toreo como los demás sueñan que se
dejaba uno vivo. En su paradójica carrera unas tardes hacía que
los gitanos se rompieran las camisas o que los señorítos pagaran
a precio de oro las sombras bajas y en otras esquivaba
almohadillas. El público, nunca indiferente, rugía con Rafael de
Paula cuando llevaba el toreo a las cimas más grandes de la historia de la lidia.
Y
fueron varias: el 5 de octubre de 1974 en Vista Alegre; los toros
de Jerez como aquel "Sedoso", el toro de Martínez
Benavides en 1987 en Las Ventas, aquel 12 de octubre también de
1987 en Sevilla .... "Yo soy muy creyente y cuando toreo
bien tengo una sensación como si Dios me cogiera por los hombros
y fuera El quien torease por mi. En Vista Alegre sentí en tres o
cuatro momentos esa sensación… Notas como si lo tiran desde
arriba y lo levantaran los pies del suelo. Pues eso es lo que yo
percibo cuando me pongo en son. Siento que me izan por los hombros
y, ya, sin controlar mis movimientos, torear como si unos hilos
invisibles lo llevaran de la mano. En ese momento no soy yo, es mi
espíritu, o yo que se, quizá el duende el que torea. Cuando
llego al hotel tras la corrida ¿he sido yo o el otro que llevo
dentro?".
Jerez
y éste rincón taurino fueron sobre todo el escenario de su larga
y espaciada carrera al capricho de. los duendes. Tardes de
grandeza que daban para que se le esculpiera una placa en bronce
como aquella vez en Jerez y tarde de doloroso fracaso que no se
pueden, como los avisos de La Linea.
Grandezas
y miserias: aquel torero del barrio en que reina el Cristo del
Prendimiento, fue detenido de luces en un oscuro asunto que le
supuso una condena que cumplió con la misma entereza con la que
asumía que lo que Dios le había dado con el capote y la muleta,
se lo había negado con el estoque. Ese es Rafael, un torero de
seda, percal y franela, tocado por los duendes y que nos enseño a
soñar el toreo.
Francisco
Orgambides - Diario de Cádiz 9 junio 2002
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