Toros en El Puerto

RESEÑA DEL FESTEJO

 

 Real Maestranza de Caballería de Sevilla

 17ª de abono /Lunes 1 de Mayo de 2006

 

Emotivo adiós de Manzanares al toreo y, dos orejas a favor de corriente para Cayetano
 

Ficha: Pablo Hermoso de Mendoza, palmas y saludos. José María Manzanares, de canela y oro, bronca y palmas. Cayetano, que debutaba en esta plaza, de nazareno y oro, una oreja y una oreja.

Incidencias:  Plaza llena. Se han lidiado dos toros para rejones (1º y 4º) de Fermín Bohórquez, dos (2º y 5º) de Alcurrucén y dos novillos (3º y 6º) de Zalduendo. Paradito el primero. Mansito pero manejable el segundo. Noble y con mucho recorrido el tercero. Manejable el cuarto. Noble, con buen son y calidad, el quinto. Noble y con calidad en su embestida el último. José María Manzanares hijo le cortó la coleta a su padre a la finalización del quinto toro y varios toreros lo sacaron a hombros por la Puerta del Príncipe al término del festejo mixto.
 

   

Manzanaresa hombros de sus compañerosTarde emotiva. Tarde distinta. Lamentablemente, se ha de hacer un enorme esfuerzo para adaptarse a una corrida tan distinta a del día anterior. Toros de casi 700 kilos con la emoción del peligro puro y duro en sus puñales como pitones, a toros cómodos de cabeza y de pastueñas embestidas; de toreros dejándose matar en el ruedo si es necesario para buscar la gloria, a un público ávido de engrandecer como glorioso cualquier muletazo. Cuesta trabajo, en verdad, hacer una crónica de este extrañísimo festejo mixto teniendo como última referencia la corrida de Miura del día anterior.

     La corrida tuvo su momento más emotivo tras el arrastre del quinto toro. Manzanares había anunciado que era su último paseíllo en Sevilla, pero no su última corrida. Sin embargo, tras una tarde gris del maestro alicantino, tras estoquear al quinto salió al tercio, llamó a su hijo -también matador de toros- y le dijo que le cortase la coleta. Su hijo, llorando, le quitó el añadido mientras la Maestranza le tributaba una ovación en pie de esas que llegan a lo más profundo. En medio de toda la emoción del momento, al llegar a las tablas, pareció que tuvo unas palabras fuertes con uno de su apoderados, los hermanos Lozano; quizás porque aún restan corridas firmadas. Pero era el día de Manzanares e impuso su ley. La ley de torero. A la finalización de la corrida de toros, casi como una confabulación que hubieran pasado mensajes entre móviles de esos de "Se retira el Manzana; a sacarlo por la Puerta del Príncipe. Pásalo" se personaron en el callejón de la Maestranza muchos toreros: Espartaco, Ponce, Litri, Padilla -el cabecilla de la 'revolución'- Morante, El Cid -estaba en el burladero de la 'Empresa'; curioso-, Antonio Barrera, Rivera Ordóñez, El Tato,... Todos ellos se turnaron para llevar en una vuelta al ruedo postrera al Manzana, mientras todo el mundo seguía en pie en la plaza aplaudiendo una carrera de torería a la que sólo le faltó nacer a las orillas del Guadalquivir. Se dirigieron a la Puerta del Príncipe y el presidente negaba la salida sin trofeos; pero cuando ya daba su brazo a torcer la autoridad ante la insistencia de la revolución de los toreros, Morante y Padilla, a puros empujones, abrieron la doble puerta y se vivió ese mágico y merecido momento de la salida por la Puerta del Príncipe de Manzanares.

     Ese fue el momento dulce de Manzanares. Antes no fueron sus dos faenas como él hubiera querido. A su primero, mansito pero manejable, lo mandó masacrar literalmente en una cruenta suerte de varas de tres puyazos. Mal lidiado en banderillas, horrible, Manzanares no lo quiso ni ver y a pesar de hacer el toro buenas cosas por el pitón derecho cogió la espada ante una monumental bronca. En el quinto, un toro noble y con calidad de embestida, tiró algunas líneas a media altura, algún chispazo fugaz cariñosamente jaleado, uno de pecho muy bueno suelto, pero sin terminar de centrarse con el buen astado. Mató de pinchazo y media y recibió palmas, justo antes de salir al tercio para cortarse la coleta. No es la crónica que me hubiera gustado escribir de su última tarde; pero seguro que tampoco son las dos faenas que le hubiera gustado a Manzanares hacer en la tarde de su adiós.

Cayetano Rivera con su premioEl debut de Cayetano en esta plaza había impuesto este cartel tan extraño. Era curioso observar cómo en el tercio de varas o de banderillas no podían pisar el ruedo conjuntamente Cayetano y Manzanares; son de escalafones distintos. Cayetano no podía participar en los quites de Manzanares porque eran toros. Este invento sin motivo hizo que la corrida se basara sólo en las labores de faena. Cayetano lo tuvo todo, absolutamente todo a huevo. La Maestranza. Lleno. La gente deseando verle triunfar. Mucho colorín en los tendidos. Un calllejón con el 'No hay billetes' que parecía una plaza de pueblo. Dos novillos de dulce, dos novillos artistas, dos novillos para montar un lío muy gordo. En su primero no hubo nada de capote, a pesar de que cualquier lance era jaleado. Brindó a las hijas de Espartaco. Más colorín. Hubo un buen comienzo por el pitón derecho. Cuando se cambió al izquierdo no hubo acople, con naturales hacia las afueras y enganchones. Faena de altibajos, aunque demostrando temple y que torea muy despacio. Tras la estocada trasera se le concedió una oreja.

     En el sexto hay que apuntarle un quite estimable. Brindó a Manzanares en el tercio, que a esas alturas de la película ya se había retirado. La segunda tanda de muletazos fue buena, a pesar de que su toreo es en línea, sin rematar para los adentros. Un cambio de manos volvió a demostrarnos que tiene unas buenas cualidades al torear muy lento, con mucho temple, a cámara lenta. Por eso joroba mucho que toreara bien aparentemente, lento, pero en línea recta, sin rematar para los adentros, con algunos enganchones, dentro de un buen conjunto. Tras pinchazo y descabello se le concedió otra oreja. Algunas de las dos parecieron benévolas; o las dos. Y lo malo es que no estuvo mal, pero sus novillos eran de cuatro orejas.

     Hermoso de Mendoza pagó con creces el invento raro este que entre todos montaron, incluyéndose él mismo. Pareció que hacía de telonero. Tanto su primero, paradito, como su más manejable segundo, no debieron ser obstáculos para su habitual triunfo. En ninguno de ellos terminó de acoplarse. En su primero destacó la labor en banderillas con Silveti, mientras que en su segundo logró los momentos mas álgidos con Chenel. Un mal día lo tiene cualquiera; hasta el número uno del rejoneo.

 

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