Toros en El Puerto

RESEÑA DEL FESTEJO

 

 Real Maestranza de Caballería de Sevilla

 8ª de abono /Domingo 23 de abril de 2006

 
Una corrida aguada... de lluvia y de casta
 

Ficha: Jesulín de Ubrique, de gris plomo y oro, silencio y silencio. David Fandila 'El Fandi', de grana y oro, silencio y palmas. Serafín Marín, de grana y oro, silencio en el único que mató

Incidencias: Los toros de El Torreón faltos de casta, impropios de Sevilla. Jesulín, Fandi y Serafín Marín se justificaron.  Plaza casi llena. La corrida fue suspendida durante la lidia del quinto debido una tromba de agua y granizo, aunque llovía desde el tercero. Se han lidiado toros de El Torreón, descastados. Sin transmisión el primero. Desrazado el segundo. Rajado el tercero. Desrazado el cuarto. El quinto no se vio al suspenderse la corrida durante su lidia.


El albero de la Maestranza cubierto de granizos.    La corrida gafada. Los toros que se lidiaron eran mulos con cuernos, descastados todos, desrazados, sin emoción alguna. A la casta de El Torreón parece que le han echado agua y han diluido el concepto del toro bravo. Desde el tercero comenzó a llover, aunque fue en el quinto cuando cayó el diluvio universal y tuvo que ser suspendida. En resumen, una corrida aguada... por la falta de casta y por la lluvia.

     Jesulín de Ubrique se justificó en ambos toros, templado y muy correcto, pero sin ninguna opción ante sus dos astados desrazados.

     El Fandi estuvo importante en el segundo en banderillas. Formó un lío andándole al toro, todo un espectáculo, conocedor de los terrenos del toro en este tercio como ninguno. En la muleta el animal entraba al paso y a media altura. Imposible hacer faena. Justo cuando salía el quinto cayó la impresionante tromba de agua y granizo. El torero quería seguir. Se picó al toro. Jesulín, director de lidia, insistió ante la autoridad y el propio Fandi para que se suspendiera la corrida mientras el ruedo era una auténtica laguna. El Fandi, a pesar de no poner banderillas, insistía en querer torear en la faena. El presidente también insistía en que la corrida estaba supendida, mientras la plaza estaba ya medio desierta y el toro, picado, en los medios bajo el tremendo aguacero. Casi a empujones tuvieron que meter al encastado torero al callejón. Finalmente, el presidente accedió a que el enrazado torero matara al astado a espadas, y lo hizo bien.

     Serafín Marín, en el único que mató, se justificó ante un buey de carretas del Rocío, totalmente desrazado.

  TorosComunicación -

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