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Para Ti, Amigo Toro:
En
ti, amigo toro bravo y mitológico -ejemplo único de una encrucijada
biológico-antropológica cuyo destino, por estar en manos de los
hombres, corre serio peligro-, se junta España con la América
Hispana y eres la criatura más digna para la contemplación -como ya
lo dijo Unamuno: «Aunque aborrezco las corridas, me gustan los toros
en el campo, y mucho. Algunos de mis mejores ratos los he pasado en
una ganadería de este campo de Salamanca, dibujando»-, y el
silencio, dueño de espacios y de luces, y uno de los seres vivos
más hermoso de la obra artística del Creador. Sin embargo,
escribir sobre tu grandeza es como dar «voces de tinta dormida» y
más cuando tratamos de seguir los itinerarios de tu evolución,
adentrándonos en los caminos espirituales de tu sin par y fascinante
psicología, en la que se acepta tu muerte con la resignación propia
de que ésta es la inseparable compañera de la vida, enmarcada en un
fenómeno universal del que toda la obra viva creada participa.
La prehistoria guardará, tal vez por
siempre, un profundo silencio sobre los pormenores que acompañaron
tus avatares y luchas con los hombres que quisieron vencerte durante
un gran número de siglos, pero de cuanto de ellas se conoce desde
hace dos milenios -algunos creen que en tiempo de los romanos se
conocía ya la fiesta de toros en España -, «es suficiente para
reputarla por buena y tenerla en estima, la lucha de toros gozará la
preeminencia»; si bien, hasta el reinado de Alfonso VI (972-1109) no
se hace mención de ellas como entretenimiento de la nobleza; y todos
convienen en que el célebre caballero Ruy, o Rodrigo Díaz de Vivar ,
llamado el Cid Campeador (1040-1099), fue el que por primera
vez en la Iberia alanceó los toros desde el caballo.
En ningún modo vamos a dar una especie
de discurso histórico-apologético del toro bravo, pero sí señalar
que cuanto con él hizo el hombre es tema muy antiguo y está envuelto
con el de las acciones que para satisfacer las primeras necesidades
emprendieron los terrícolas en la oscuridad de los primeros
tiempos; sin que después, la luz que nos ofrece la historia haya
todavía podido desvanecer tan impenetrable tiniebla biológica y
guiar nuestra razón, empujándonos a vivir de conjeturas, para caer
al final en nuestros días en el extraño fenómeno de haber convertido
el Toro y la Fiesta Brava en una asignatura que todo el mundo conoce
sin haberla estudiado.
Tan numerosos e improvisados sabios en
materia taurina viven cada día más alejados de conocer su verdadero
origen, de reflexionar sobre el hecho de que los hombres, antes de
haber cultivado su ingenio y haberlo hecho fecundo hasta el extremo
de verse y sentirse supuestamente árbitros por él de todo lo creado,
vagaba confundido con el resto de los animales. Muchos de ellos,
superiores a él en recursos físicos y memoria natural, le hacían la
guerra a cara descubierta, y más de una vez lo confinaron y
vencieron. Pacíficos poseedores de cuanto les rodeaba, satisfacían a
su antojo sus necesidades, y gozaban completamente de la
independencia que en sus orígenes tuvieron todas las especies..
Fueron aquellos ancestrales tiempos,
cuyo conocimiento nos han legado los primeros historiadores que
abordaron el ciclo antiguo, sacando a la luz mitos y recuerdos muy
lejanos, entre los que destacan los que nos cuenta Berosio,
historiador babilonio que escribió hacia el año 280 a. C.: «La
especie humana, cuando fue creada, no conocía ni el pan para comer,
ni los vestidos para cubrirse. La gente andaba arrastrándose por el
suelo, comía la hierba con la boca, como los carneros, y bebía el
agua de los charcos.» Y la Odisea evoca la «Edad de las Cavernas»,
cuando dice que «... viven en las cumbres de los altos montes,
dentro de las excavadas cuevas; cada cual impera sobre sus hijos y
mujeres, y no se entrometen los unos con los otros (Capítulo IX,
115).
Fijándonos en el toro, el más
distinguido sujeto de nuestro propósito, podemos asegurar que debió
ser uno de los primeros que experimentó el yugo, después del perro y
del caballo; tal vez por lo exquisito de su carne, la sabrosa y
abundante leche de las hembras, la extensión de su piel y la
utilidad con que podía emplear sus fuerzas para diferentes objetos,
le harían fijar en él bien pronto la vista. Su conquista sería bien
fácil en aquellos países en que por razones de clima y calidad de
los vegetales tienen un carácter lánguido y poco energético; pero en
aquellos que como en España crían toros soberbios y fuertes, no pudo
verificarse sino a fuerza de constancia, ardides y peligros, de
donde nació el origen de la acción de torearlos.
Si alabamos hoy el valor y la destreza
de los primeros americanos que se enfrentaban hace más de diez mil
años a los temibles y pesados mamuts en las áreas pantanosas que
bordeaban los lagos cerca de la hoy ciudad de México, para matarlos
a golpe de lanzas con puntas de sílex o de pedernal; las formas con
que los salvajes del Orinoco burlan la ferocidad del caimán; si nos
admira el arrojo del árabe que en sus abrasadores desiertos vence y
somete al león o el extraordinario valor de aquellos montañeses que
como el hijo del famoso don Pelayo, sabemos que murió como pago del
interés por su afición, a manos de un oso en los montes de Cangas de
Onís (Asturias); si no podemos oír sin estremecimiento la caza del
elefante o la pesca de la ballena, salir al encuentro de los
tiburones asesinos, y apreciamos y medimos la superioridad del
hombre por lo grande de estas acciones... ¡qué alabanzas a sus
valor, destreza y arte no les otorgaremos a cuantos arriesgan sus
vidas buscando la gloria y la fama enfrentándose en noble lucha a
los toros!
Quedó señalado en el primer Prólogo,
que «... al final, en nuestros días, estamos inmersos en el extraño
fenómeno de haber convertido el Toro y la Fiesta Brava en una
asignatura que todo el mundo conoce sin haberla estudiado.» Y, sin
embargo, «tan numerosos e improvisados sabios en materia taurina
viven cada día más alejados de conocer ni siquiera el verdadero
origen del Toro y de la Fiesta, elementos que confeccionan el
toreo.» Numerosos espectadores, por un lado, que se dicen
aficionados, y no menor número de los que se dedican a menospreciar
la Fiesta de Toros, por el otro lado, coinciden en el mismo punto:
el de la ignorancia, en el desconocimiento, de que «El toreo es,
probablemente, la riqueza poética y vital mayor de España.»
Comentando al escritor taurino don
Andrés Amorós (Toros y Cultura. Colección La Tauromaquia, 7,
de Espasa – Calpe, Pp. 11 y 12), la frase entrecomillada última,
«... es una rotundidad verdaderamente definitiva», y para remachar
más en el mismo clavo: «Creo que los toros es la fiesta más culta
que hay hoy en el mundo.» El que escribió las frases, siguiendo a
Amorós, «no era un iletrado salvaje ni un feroz reaccionario de
patillas de hacha y trabuco naranjero», como con los que debió usar
el famoso diestro José Ulloa (Tragabuches) (I) en sus
años de bandolero. Se llamaba nada menos Federico García Lorca y
expresó esas «rotun-didades» el año 1936, pocos meses antes de ser
asesinado.
Es cuando reflexionamos sobre lo
anacrónico que resulta aceptar que todos los aficionados y cuantos
se mueven en el mundo de los toros bravos tengan el don de entender
una Fiesta que es la «más culta que hay hoy en el mundo.» Y si
cuantos estamos dedicados de por vida al estudio científico y
práctico del toro bravo se nos dificulta extraordinariamente llegar
a su conocimiento, qué distancia abismal no le separará de él a
quienes, periódicamente, como dice Amorós:
«...al socaire de las grandes ferias o
de algún trágico accidente, plumas más o menos brillantes –este es
otro perfil hasta pintoresco, ya que basta ser eso tan vago que
llamamos intelectual o poseer acceso a un medio de comunicación para
que muchos se consideren capaces de escribir un sesudo juicio sobre
cualquier cuestión, aunque no posea ni la menor experiencia de ella,
y para tales «aventuras en lo desconocido» se pinta sola la fiesta
brava-, desempolvan los viejos tópicos, rancios ya: no es la fiesta
nacional, no es fiesta, no le gusta a todos los españoles; es un
revoltijo de barro, moscas y vísceras sanguinolentas; es un
espectáculo bárbaro y salvaje, cruel con los pobres animales, que
nos aleja de Europa y simboliza lo más negro de nuestra tradición,
la «España de charanga y pandereta.»
Además del peso agobiante de los
tópicos citados, Andrés Amorós, se hace la pregunta: ¿A qué se deben
descalificaciones –cuando no insultos- tan rotundos. A su modo de
ver, la incomprensión de lo que significa la Fiesta posee dos causas
evidentes: el desconocimiento de lo que son los toros y un concepto
demasiado estrecho de lo que es verdaderamente la cultura. Guillermo
H. Cantú, «el odiado ex presidente de la Comisión Taurina del D. F.
(ciudad de México), en su interesante libro «Visiones y fantasmas
del toreo», publicado en México por Ediciones 2000, nos describe,
junto al bajo mundo de la Fiesta, desde la desorganización
empresarial, hasta la corrupción de la Prensa, pasando por las
habituales discusiones entre taurinos, quienes escudados en que la
Fiesta es pasión, jamás se pondrán de acuerdo..., pues en el fondo
lo que anhelan es alejarse de aceptar en el submundo de
desconocimientos que disfrutan con tanta vehemencia.
Si la Fiesta de Toros, para tantos
detractores, es un revoltijo de barro, moscas y vísceras
sanguinolentas, ¿cómo calificarán a la aparente fiesta macabra de
los secuestros, de los asesinatos de inocentes -la incalificable
masacre del «Martes Negro en los EE.UU (11-09-2001)- de las
violaciones..., cometidos por sus hermanos? Los 11-S, 11-M y 7-J…
Para éstos el silencio de la verdad más indignante, para defender
los toros, sus mayores desasosiegos. Lo verdaderamente importante
es que en estos últimos años han sido cada día más numerosos, tanto
los científicos como los estudiosos del tema que nos ocupa, así como
escritores taurinos y no muchos aficionados, pero todos con mayor o
menor consideración, están de acuerdo en que se están derrumbando
los cimientos estructurales de la Gran Fiesta.
El doctor veterinario, don Adolfo
Rodríguez Montesinos, en su obra Los Toros del Recuerdo,
publicada el año 2000, ha sido hasta hoy quien ha vuelto a dar
señales del peligro que corre nuestra Fiesta Nacional. Sin embargo,
lejos de caer en la tentación de repetir lo que ya sabemos, la
presente publicación me brinda una inigualable oportunidad para
darle consistencia científica al desastre biológico en que se está
sumergiendo la ganadería brava y a la vez dejar al descubierto la
lucha que en defensa del toro bravo inicié en la década de los año
1960, cuando comprobé los hechos que, a modo de testimonios
científicos no publicados hasta este instante, seguidamente
detallaré.
Antes de finalizar el verano de 1964
concluimos el primer programa de capturas de venados a distancia
mediante el empleo del sistema Palmer, con destino a repoblaciones
cinegéticas, en el vedado de caza Hato-Ratón, de don Carlos
Melgarejo Osborne, de quien guardaremos la más grata memoria de por
vida, acompañado del doctor Heliodoro Murillo, hoy Director del
Departamento de Anestesiología del Hospital Virgen del Rocío, en
Sevilla.
Todos los ciervos, machos y hembras
capturados fueron sometidos a un programa de inmovilización,
sedación, anestesia y miorrelación, con la finalidad de aplicar los
resultados a los toros de lidia y así evitar cualquier tipo de
riesgo, pues se determinaron los niveles máximos y mínimos en sus
dosificaciones de diferentes drogas, para ser utilizados con las
mayores garantías.
Paralelo al programa de captura de
cérvidos y en las áreas de la Marisma del Guadalquivir, dentro
Parque Nacional de Doñana, se llevó a cabo una serie de
inmovilizaciones, también a distancia, de vacunos silvestres de
diferentes edades. Los resultados dejaron al descubierto un hecho
científicos verdaderamente importante: tanto los cérvidos como los
bovinos silvestres estudiados presentaban idéntico comportamiento
sometidos a las diferentes dosificaciones; es decir, que a un igual
peso vivo, bajo una dosis de fármaco idéntica, respondían todos de
la misma forma. Ello significaba que sus respuestas bioquímicas y
fisiológicas eran uniformes en el medio natural, fuera de la
influencia humana.
Todo nos hacía creer que, con aquellos
conocimientos científicos en el manejo de las diferentes
dosificaciones aplicados a la fauna mayor y a los vacunos
silvestres, habíamos logrado las bases para su utilización en los
bovinos bravos. Pronto descubrimos el segundo y definitivo hecho:
los toros de lidia no presentaban la uniformidad de respuesta ante
las diferentes dosis de tranquilizantes y anestésicos, como sus
hermanos silvestres, hasta el punto de que cada ganadería necesitaba
una dosis diferente para lograr los resultados deseados. Era tan
marcadas las diferencias de unos encastes con otros, tan diferentes
las formas de comportarse los toros ante dosis iguales de las
mismas drogas, que quedamos, no ya sorprendidos, sino verdaderamente
alarmados al reflexionar sobre el hecho de que todo se debería a la
variedad de respuestas bioquímicas y fisiológicas de dichos
animales, es decir, a que los diversos mecanismos vitales estaban en
serio proceso de deterioro, que pasa en primer lugar por una
desarmonía natural en su conjunto biológico.
Si con el empleo de las diferentes
dosificaciones de tranquilizantes y anestésicos los toros de lidia
de cada ganadería y región ecológica de España presentaban marcados
desniveles, cuando se utilizaban miorrelajantes, las variaciones
eran aún mayores; es decir, un toro retinto silvestre, con 500 kilos
de pesos vivo, quedaba miorrelajado con 40-45 miligramos de
Anectine, como dosis total (Cloruro de succinilcolina o
molécula doble de acetilcolina), mientras que un toro de lidia, con
el mismo peso, sólo necesitaba 25-30 miligramos, poniendo en peligro
su vida si la dosis era superior.
En los vacunos retinto silvestre, los
niveles de enzimas (colinesterasas y seudo colinesterasas) que
eliminan el efecto del Anectine, tanto en los tejidos como en
la sangre, eran normales; en los toros de lidia, las colinesterasas
aparecen en mínima proporción, de ahí que al no eliminarse bien la
droga, los toros corran el riesgo de morir por parálisis
respiratoria, estando este problema directamente vinculado con el
grado de consa-guinidad en que se desenvuelven las explotaciones
ganaderas de bovinos bravos, al igual que ocurre en las comunidades
humanas muy cerradas. Y cuanto más bajos son los niveles de enzimas
en los tejidos y en la sangre, más veces se caen los toros en el
ruedo.
Ante el grave giro que con el tiempo
podrían tomar los hechos descubiertos, me apresuré a principios de
1965 –esto fue muy personal- a escribir al entonces ministro de
Agricultura, don Tomás Allende García Baxter, exponiéndole los
peligros en que había entrado ya la ganadería brava, la biología
del toro de lidia, señalándole la urgente necesidad de establecer
una Estación Biológica del Toro Bravo, dentro de los
confines del Parque Nacional de Doñana, de forma que en aquel vasto
territorio se conservaran hatos de vacunos silvestres bravos,
alejados de la manipulación del hombre, como patrimonio genético
virgen de lo que fueron los ancestrales vacunos de España y de los
que allí se siguen conservando en estado silvestre (III). Al señor
Ministro le pareció todo aquello como «demasiado alarmante» y más
aún al entonces director de la Estación Biológica de Doñana, el
doctor José Antonio Valverde, que consideraba la propuesta
«descabellada.» Sólo un ganadero de reses bravas aceptó el proyecto
con una loable y resuelta afirmación, fue el también abogado don
Manuel García Fernández-Palacios.
En aquellos años estaba tan
profundamente dedicado al trabajo de anestesiar, curar toros bravos,
y seguir estudiando las dosificaciones de las más modernas drogas
aplicadas al tema, que cuando me invitaron a presentarme a las
oposiciones al Cuerpo Nacional de Veterinarios, pensé que algún tema
trataría de la explotación ganadera de lidia. Mi desilusión fue
total. De ese asunto, nada...
¿Cómo era posible aquello?... que ese
importantísimo sector de la cabaña vacuna nacional quedara al margen
de los estudios de la élite de la Veterinaria española. No podía
ser... y mientras tanto, la ganadería brava estaba entrando en un
proceso de deterioro biológico irreversible. Así son las cosas.
Sentí no aprobar aquellas Oposiciones, que me descompusieron el
pulso de mi derecha por tantas horas de escribir casi alocadamente,
pero después se lo agradecí a Dios de todo corazón, porque viví
muchos años felices conviviendo con mis amigos los toros,
curándolos, y la fauna silvestre, que me han enseñado mucho más que
mis congéneres los hombres. De haber aprobado aquella prueba
antihumana y anticientífica, hubiese caído en una vida cómoda, sin
lucha, y el disfrute anímico que hoy vivo jamás lo hubiese logrado y
menos podido escribir de toros, de los animales más hermosos de la
Creación, esos que no se estudian en las Oposiciones al Cuerpo
Nacional de Veterinarios.
Ya, pues, no hay que extrañarse cuando
se lee: «Aquellos ejemplares que cautivaron por su belleza, su
trapío, su pujanza, su bravura y su espectacularidad a varias
generaciones luchan hoy desesperadamente por sobrevivir y asegurarse
un mínimo espacio en el cada vez más complicado mundo taurino
actual... Esos mismos vacunos proporcionaron materia suficiente
para llenar volúmenes completos de la historia de la tauromaquia y
permitieron que el elemento toro fuera durante más de dos siglos el
gran protagonista del espectáculo, pero desgraciadamente y salvo
excepciones, ya no cuentan para nada, son casi un estorbo en el
organigrama taurino de nuestros días.»
El doctor Adolfo Rodríguez Montesinos,
que escribió lo últimamente entrecomillado, tenía siete años de edad
cuando este autor ya llevaba los mismos años estudiando las
reacciones de los bovinos de lidia y de la fauna silvestre
sometidos a las acciones de los tranquilizantes. Sin embargo, el
referido doctor, ya había escrito hacía años El Toro de Santa
Coloma, en cuyo Prólogo, el compañero don Antonio Obregón
Martínez, erudito y escritor, dejó escrito sobre dicha publicación:
«... no pudo hacerse en un momento más oportuno, habida cuenta de
las circunstancias que concurrían ya en la Fiesta de los Toros y que
se han ido exacerbando cada vez más. Ni tampoco podía transmitirse
mejor un mensaje tan sincero y tan acuciante, como el que el autor
de la obra, Adolfo Rodríguez Montesinos, reflejaba con total
fidelidad en el dramatismo que encierra la actual situación del toro
bravo en estos días.»
Para don Antonio Obregón Martínez,
«el primer riesgo que afecta a la raza de lidia deriva directamente
del descaste progresivo que sufre desde hace décadas la cabaña brava
y que ha situado en un punto de difícil recuperación sus virtudes
más genuinas. Las presiones ejercidas sobre los ganaderos por los
toreros, los apoderados y los empresarios, han creado un alto grado
de confusión entre los criadores, aprovechándose de su debilidad. A
los ganaderos ya sólo le preocupa seleccionar un toro que se pueda
vender y que no moleste a los toreros.» Recomendamos al lector haga
cuanto pueda por conseguir dicho libro, publicado por Consejo
General de Colegios Veterinarios de España, con domicilio en calle
Villanueva 11, Madrid, ya con sólo leer el Prólogo merece la
pena adquirirlo.
Pero, podría preguntarse: ¿Se puede
medir el referido descaste? En fuerza biológica, desde luego que sí.
En la década de los 60 los toros habían reducido su potencial vital
en un 30 por 100 en la mayoría de las ganaderías y la vacada de
Miura sólo un 10 por 100. En la actualidad, aquel 30 ha bajado
entre el 40 y 50 por 100, y la de Miura un 20 por 100, que ya es
bastante. Todas las ganaderías que bajen del 50 por 100 se
extinguirán en los próximos años, mientras que la de Miura
continuará aún por largo tiempo. Todas esas cifras han sido
calculada por la relación existente entre el peso vivo de los
animales estudiados y la cantidad de miligramos de un agente de gran
potencia anestésica para producir su efecto durante cuatro horas.
Muchos de los astados estudiados (IV) al sentir los efectos buscaban
desenfrenadamente una puerta de salida o bien saltaban la barda de
miedo, por ser espantosamente mansos, pero eso sí, la mayoría de
ellos resultaron magníficos para la muleta y se dejaron cortar las
orejas.
En apenas poco más de medio siglo los
nombres que antes se empleaban en la Fiesta de los Toros han
cambiado radicalmente de significado. Por ejemplo: «... hoy se
denomina bravo al toro dócil, suave, dulce, templado y colaborador,
independientemente de que pegue un par de coces cada vez que se
encuentre con el picador, se caiga a cada paso y que acabe su lidia
refugiado en la querencia de los tableros, tras aburrirse y volver
grupas en mitad de la faena de muleta. Por el contrario, el toro
fuerte, que va a más a lo largo de la lidia, que se emplea en el
tercio de varas, galopa en banderillas, se viene arriba en la
muleta, repite las embestidas, aprende de los errores del torero y
es capaz de desbordarle si no lo torea bien, ese toro que sólo se
entrega cuando la técnica es capaz de someter al instinto de su
bravura, el que mantiene a todos pendientes de la lidia y que lleva
la emoción hasta el último rincón de la plaza, recibe ahora los
peores calificativos.»
Cambiando de tema, para ocultar
tantito el dramatismo, diremos: Si hasta hoy nos ha sido imposible
precisar nada sobre las razas humanas más antiguas, las de Egipto,
cuya población se halló formada por una mezcla que recuerda la
lengua, compuesta a la vez por elementos semíticos, bereberes y
bantúes; que el tipo negroide, del que se encuentran huellas muy
netas en la época prehistórica en el Alto Egipto, que no cesó de
retroceder ante los no negroides del Egipto Medio; que no se
encuentran huellas en aquella ancestral nación, ni tampoco en
Oriente, de una civilización totémica, puesto que las ideas de clan
y de tótem son allí desconocidas... ¿Cómo podemos lanzarnos a
establecer como ciertas incontables conjeturas, sobre el origen del
toro de lidia? Asegurar que en España llegaron dos especies
diferentes de bovinos, unos por el Norte y otros por el Sur es
como dar gritos de general ignorancia sobre el efecto que tienen
los diversos ecosistemas existentes sobre nuestra piel de toro en la
conformación biológica de la fauna mayor española.
El desconocimiento, pues, sobre los
orígenes del toro bravo sigue caminando parejo con los del hombre, y
el conocimiento del alma del toro, de cómo salir a luchar con él,
de cómo medirse con su peligroso instinto, de entregarse de poder a
poder frente a él para dominarlo, sigue siendo atributo de muy pocos
mortales, y casi siempre, quienes los pretenden, la mayoría de las
veces terminan siguiendo el camino que el bruto les marca, sin que
logren el verdadero arte de torear, que en boca del portentoso
torero Domingo Ortega, no es más «que llevar al toro adonde no
quiere ir él.»
Y es que el toro se da cuenta de todo
cuanto sucede a su alrededor, especialmente en el campo no es ajeno
a ningún movimiento, ruido o manejos que realice el hombre y los
demás animales que le rodean. Son animales que con el trato pueden
templar increíblemente su temperamento o bien violentarse en extremo
bajo ciertos estímulos; pero, sobre todo, no se le puede perder de
vista nunca, ya que él disfruta de un bien ejercitado sentido de
defensa y de ataque, a la vez que muchas veces, está sujeto a
grandes variaciones en su conducta psíquica. El toro es una realidad
vital que no acepta el desconocimiento en quien le maneje y casi
siempre percibe el estado anímico de quien se le acerca,
especialmente de sus congéneres, de ahí que a veces no tenga
necesidad de enfrentarse para sentirse vencedor.
Desgraciadamente no hay muchos
estudiosos del toro, muy pocos, y menos sobre su fantástico
comportamiento. Adentrarse en este conocimiento es una especie de
sublime néctar y llegar a conocerlos un reto admirable. Cuando
durante años (1981-1987) estuve subiendo a diferentes torres,
acomodadas para observarlos y estudiar sus movimientos y conductas,
casi diariamente, hasta alcanzar la cifra de diez mil horas, aprendí
a conocerlos y saber por anticipado lo que en el campo querrían
hacer. Todos los niveles de conducta estudiados, todas sus
costumbres, el rico lenguaje de sus miradas cuyo conocimiento en la
plaza es esencial para los toreros; cómo agradecen que se les trate
con suavidad, sus amores, formas de pelear, de mugir en el
herradero, hasta descubrir las razones por las que siempre se
colocan en los mismos puntos de los bebederos, de los potreros y la
forma de llegar a ellos, etcétera, terminaron por configurar unos
patrones de comportamiento, de reacciones, que tienen gran validez
para saber qué harán en el ruedo.
No hay ningún animal que se parezca
tanto al hombre como el toro. Ambos nacieron para el sacrificio. De
ahí que en ambas especies haya un altísimo tanto por ciento a los
que se les conoce pronto; pero otro tanto, en marcada menor
proporción, que nadie puede llegar a conocerlo, a saber cuál es su
verdadero carácter. En el sexo femenino, es a la inversa, ya que a
la mayoría de las mujeres nadie llega a conocerlas... y menos cuando
hay un varón de por medio.
Primero lo hicieron con un respeto
general hacia todos los aficionados y luego lo fueron limitando sólo
a las plaza más importantes, pero cada vez con mayor consideración
hasta llegar a la época actual en la que la ley del mínimo esfuerzo,
basada en el menor riesgo posible y disfrazada de «humanización»
amenaza con derrumbar los cimientos estructurales de la Gran Fiesta.
Con buena lógica muchas ganaderías del siglo XIX tenían que
desaparecer, por mansas o por ilidiables, pero al amparo de éstas
también dejaron de existir otras muchas que aún hoy podrían aportar
valores estimables y servir de contrapunto a la monotonía
imperante.
En cualquier caso ya no es posible la
vuelta atrás y la extinción de algunas Castas Fundacionales, como la
Jijona, es una realidad sin remedio. Con la Casta de Cabrera y la
de Gallardo sucede prácticamente lo mismo. De aquella sólo subsisten
ejemplares en la ganadería de Miura, mientras que la Casta de
Gallardo es más que nada ya un referente histórico en la amalgama de
sangres que conforman el encaste de Pablo Romero. Ninguna de las
restantes ganaderías formadas a partir de la Casta Cabrera o
posteriormente con reproductores de la de Miura han logrado
sobrevivir y llegar hasta nuestros tiempos. Miura es hoy una
ganadería histórica y única, que ha cimentado prestigio y asegurado
su supervivencia durante más de siglo y medio (1842-2002), y
aceptación por parte de los aficionados en todas las plazas ha
permitido a sus propietarios mantenerse por encima de los vaivenes
de la moda y conservar en la actualidad los últimos representantes
de la Casta de Cabrera.
Pero como refiere el doctor Adolfo
Rodríguez Montesinos, «... la llegada de Juan Belmonte y su
concepción revolucionaria de la lidia modificaron radicalmente los
patrones selectivos de los ganaderos y marcaron la llegada de una
nueva época, basada en un prototipo más moderno de toro,
progresivamente adecuado en morfología y comportamiento al nuevo
modelo de toreo y de Fiesta que se imponía.
Y así, siguiendo los gustos de los que
a Ella asisten, ya se logró el toro con medio metro menos de altura
a los rubios, con ciento diez centímetros menos de longitud
corporal; el toro ideal que cuando trompica al lidiador y le hace
rodar por la arena se queda quieto como extrañado del suceso; al que
se le pueden dar, a cambio de veinte o treinta varas, un solo
piquete y cien muletazos; el toro que ya no tiene más que fina
bravura y encomiable nobleza, sustentado en la mínima expresión de
sus virtudes biológicas, detrás del cual ya sólo le resta
extinguirse.
Dibujo
original de J. Medina para esta publicación.
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