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El País.
Miércoles, 13 de marzo´2002. MARÍA H. MARTÍ. Un
novillero cordobés camina hasta Madrid en busca de una oportunidad
Juan de Dios de la Rosa camina a buen paso por el arcén de la Autovía de
Andalucía. Va hecho un primor: traje de luces verde y oro, corbatín negro,
medias rosa carmesí... y zapatillas deportivas. 'Ayer sí me puse las de
torear, pero hoy me las he quitado, porque no son nada buenas para el asfalto',
aclara este novillero cordobés, que se enfrenta a una travesía de 400 kilómetros
a pie. El lunes salió de su ciudad rumbo a Madrid, adonde calcula que llegará
el 26 de marzo. ¿Y para qué tanto andar? 'Para pedir una oportunidad', dice
con una mezcla de candor y poderío que desarma a cualquiera.
Juan de Dios se enfrentó a su primera becerra a los 15 años; ahora ya ha
cumplido los 25. Quiere torear y no puede. Para poner su nombre en los carteles
le exigen un mínimo de 20 novilladas, y por más que se esfuerza no consigue
sumar tantas, 'porque salen muy caras, sobre todo si voy con picadores'. Así lo
explica él: 'Cuando un empresario quiere montar una novillada trata de
asegurarse el espectáculo: pide 500.000 pesetas al torero y le obliga a pagarse
todos sus gastos, la cuadrilla, el alojamiento, en fin, todo. Y así, se porte
el público como se porte, el empresario hace buen negocio. Hay toreros que
tienen dinero o un apoderado o un padre que les ayuda. Yo no'. 'Y lo que pido es
la posibilidad de torear, de abrirme camino', concluye Juan de Dios.
El novillero anda una media de 25 kilómetros diarios; ayer completó los
primeros 50. Va pendiente del tráfico, de la lluvia, del sol y de la Guardia
Civil, porque dice el Código que los peatones no deben circular por el arcén
de la autovía, ni siquiera por la izquierda. 'Pero si me meto en carreterillas
no me ve nadie', se justifica.
Juan de Dios carga una mochila enorme 'que pesa como un muerto', aunque lleva sólo
lo más preciso. Un saco de dormir, una tienda de campaña, alguna prenda de
abrigo, un paraguas, una muda de ropa, las cosas de aseo. Todo esto recae sobre
las hombreras, profusamente bordadas, de la rígida chaquetilla del traje de
luces, y de ahí se le clava en la espalda. 'Es lo que más me molesta', asegura
entre resignado e incómodo. Entre el chaleco y el cuerpo lleva encajado el teléfono
móvil, que no para de sonar; en las manos, una botella de agua de litro y
medio. Y adelante.
Los camioneros le dan ánimos a fuerza de bocinazos, mientras pasan a su lado a
toda velocidad. En su segunda jornada, El Carpio-Villa del Río, uno de ellos le
invitó a comer, 'un menú ligerito, para no pararme mucho', cuenta agradecido.
Por las noches monta la tienda en algún lugar tranquilo. 'Paso algo de frío,
qué se le va a hacer', reconoce. Carga la batería del móvil en los bares, que
le prestan la electricidad. 'Dejadme esto aquí esta noche', pide, 'que mañana
temprano paso a recogerlo'. Cuando se le pregunta cómo está y si le hace falta
algo, sonríe y responde: 'Yo estoy canela. Lo único que necesito son dos
toros'.
Viajero, tenaz y convencido
Juan de Dios de la Rosa tiene muy claro qué es lo que va a hacer cuando llegue
a Madrid y se plante justo en la puerta grande de la Plaza de las Ventas, que es
el punto final del itinerario que se ha marcado. 'Me voy directamente a la
oficina y pregunto por el gerente, don Manuel Cano', refiere muy seguro. 'Y él,
que ya me conoce, que me diga qué va a pasar conmigo en esta temporada'. Esta
no es la primera ocasión en que el novillero cordobés, tan emprendedor, se
lanza a llamar la atención del público fuera de los ruedos. El año pasado
permaneció casi un centenar de días en huelga, ante la misma mítica plaza
madrileña, para pedir exactamente lo mismo que ahora, una oportunidad. Pero a
pesar de sus esfuerzos, y de las malas y largas noches que pasó durmiendo en el
coche, no sacó nada en limpio. Tuvo que volverse a Córdoba, de vacío y con
los huesos molidos, pero sin rendirse. Juan de Dios recuerda que, allá por la década
de los ochenta, tres matadores andaluces iniciaron una marcha reivindicativa
parecida a la suya. 'Esta vez yo hago solo el camino, y es un sacrificio, aunque
tengo el apoyo total de mi familia y de mis amigos, que no paran de llamarme por
teléfono. Es verdad que la carretera cansa mucho, pero peor me parece estar sin
torear'. El novillero comparte la extendida opinión de que 'bueno o malo,
conviene que se hable de uno'. Mientras más conocido sea su nombre, más
posibilidades tendrá de ser contratado. Y afirma contundentemente: 'No me voy a
quedar en casa esperando que vengan a buscarme, porque no va aparecer nadie, eso
es seguro'. 'Ahora que, donde deberían empezar a apoyarme', reclama, poniéndose
serio de repente, 'es en la plaza de mi tierra; creo que ya me toca a mí torear
una Feria de Mayo en Córdoba'. Juan de Dios de la Rosa confía en sus
posibilidades; oportunidad en mano, no duda de que hará carrera. Cree en sí
mismo y valora su trayectoria positivamente. 'Me he llevado algún porrazo, como
todo el mundo, pero en general me ha ido bien', estima. Se mira en el espejo de
Manuel Benítez El Cordobés. 'Mi ídolo', dice, con aire adolescente.
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