Serpentino» le
aguardaba al otro
lado de la puerta.
Aquel toro
ensabanado de
Osborne con dos
descarados pitones
convertiría a Sandra
Moscoso en matadora
de toros. Décima
mujer en la historia
del toreo que lo
consigue. Se le
intuía la emoción. Y
la contagió. Nos
hizo partícipes a
todos de ese
pedacito de historia
que estábamos viendo
en la sierra
gaditana de Ubrique.
Sandra siguió al pie
de la letra la
liturgia y se atavió
un terno blanco y
oro para el gran
día. La gran cita,
que había comenzado
tantos años atrás.
Las vocaciones del
toreo de siempre se
amasaron en la
infancia. Hizo la
novillera el
paseíllo sin la
montera,
descubierta, ante su
primera tarde como
matadora de toros.
«Serpentino» no era
el toro al uso para
la alternativa, sí
era estrechito de
sienes, pero serio
de pitones.
Salió pronto a
recibirlo Moscoso,
airosas las
verónicas, una
chicuelina y tal vez
una media, pero la
mejor llegó en el
cierre del quite a
la verónica. Y se
hizo el silencio más
silencioso para
intentar escuchar lo
que era imposible:
la ceremonia. Las
palabras que Finito,
padrino, dedicó a
Sandra en presencia
de Padilla, que era
el testigo. Comenzó
la voluntariosa
faena a un toro
noble, al que le
costó descolgar. Los
mejores momentos
llegaron al natural
y acabó de calentar
con adornos.
Casi era de noche
cuando volvió su
turno. Y saltó un
toro bravo que
transmitía, pero
había que estar. Y
la toricantana
estuvo. Se asentó y
toreó resuelta y
encajada por
momentos, sobre todo
por la diestra.
Sorprendente faena
con tan sólo una
novillada en la
temporada.
Finito intentó
justificarse con el
segundo, violento y
orientado, y no
cuajó al cuarto, que
fue un toro bravo,
que respondía de
miedo por abajo.
Hubo pinceladas,
pero no comunión.
Juan José Padilla
tiró de repertorio
ante el tercero, que
duró poquito. Antes,
lo había recibido
con dos largas
cambiadas en el
tercio y justo
cuando se perfilaba
para entrar a matar
paró Padilla para
escuchar un fandango
que salía de lo más
profundo. Flamenco
bueno que inundó de
magia el momento. No
podía ser otro que
Manuel Orta. Qué
arte. Tras la espada
se fue el torero,
que paseó después
las dos orejas y el
rabo con su hijo.
Aquello era como
estar en familia.
Poco pudo hacer con
el quinto, que se
acabó en un suspiro.
Nada y menos duró
pero lo mató con
mucha dignidad.
A hombros se fueron
los tres toreros
gracias a una buena
corrida de Osborne.
Fecha histórica ya.
Décima mujer que
logra el hito de
convertirse en
matador de toros.
Sandra, Sandra
Moscoso. Larazon.