Carlos V. Serrano
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Carlos V. SerranoInformador taurino - |
17 Junio 2009
JOSÉ TOMAS… una evidente reencarnación.
He estudiado y analizado -tan profundamente como me ha permitido la escasa capacidad que puede alcanzar la mente-, la esencia de su ser y de las “figuraciones mítico-artísticas” con las que realiza su toreo y he llegado a la conclusión de que José Tomás es un ser reencarnado de toreros que vivieron en tiempos pasados. Algunos de ellos soñaron hacer con los toros lo que con asombrosa quietud realiza este torero reencarnado. Él sabe, aunque a nadie se lo diga, que no es él, que en su interior existen extrañas voces que le incitan a provocar calambres de emociones incontenibles. Son los toreros que él está reencarnando. De otra forma no podría comprenderse lo que hace en los ruedos y el estoicismo pavoroso -firmando cada tarde su testamento- que sus faenas irradian.
De los muchos diestros en que su esencia humana y artística están reencarnadas, quiero en esta primera ocasión fijar la atención en dos: Manuel García y Cuesta (Espartero) y Manuel Rodríguez Sánchez (Manolete). ¿Acaso no son éstos dos toreros, entre otros muchos, los que le hablan desde el más allá a José Tomás? Los aficionados saben que algo extraño ocurre, pero no saben lo que es…, pero van con verdadera locura a verlo, convencidos de que verán cosas inexplicables. ¡Y tienen toda la razón! Pero, en realidad, lo que ven es a un torero que resucita todas las tardes que actúa.
Jose TomasIncontables tardes, frente a muchos toros, José Tomás le dice a uno de sus reencarnados: “¡Si este toro es muy malo y me va a coger!”, y el Espartero o Manolete le dice: “¡Y eso qué importa! … y sí debes preocuparte cuando te tengas que enfrentar a un toro como el famoso Gorrete, de Miura.” El diestro madrileño continúa felizmente metido en el riesgo de entrar a suerte en cualquier terreno, por difícil que sea. Semejante conducta sólo es frecuente en hombres que tienen el angustioso temple de José Tomás, como lo tuvo el Espartero y Manolete, ambos heridos de muerte por miureños: Perdigón e Islero.
Para aquellos toreros, ni en el toreo ni en la vida no son otra cosa que actitudes y sendas ingenuas y rectilíneas, y ello, sin duda, fue y es en José Tomás lo que les dio aquél carácter de niño grande, que así como en el Espartero iba acompañada de aquella sonrisa tan suya, que no le abandonó ni en la muerte, en Manolete y José Tomás, se convierte en seriedad luctuosa, de frialdad marmórea, presagios de futuras coplas y cantares. Los tres han desprendido una estoica tranquilidad pasando de muleta llamó y llama tanto la atención… y, posiblemente, es que ni ellos mismos se dieron cuenta de tal carácter.
Es indudable que las condiciones de carácter de los tres diestros orientaron desde el principio sus respectivas formas de torear, exponiéndose cada tarde al más elevado de los sacrificios: la entrega de la vida. Entonces, como en nuestros días, por ser aquellas singulares, singulares habían de ser sus manera de torear, cuando no se está al borde del suicidio. Los tres fueron despreocupados de las reglas técnicas defensivas del toreo, y especialmente tenían muchas cualidades que explicaban el delirio de sus incondicionales, que en el caso de José Tomás llegan al borde de una locura colectiva.
En este último, como en Manolete, principalmente merece subrayarse el aplomo, que nos inyecta una verdadera descomposición de nervios, de su figura y la quietud, que sobrecoge el ánimo, de sus pies en el manejo de la muleta y, sobre todo, el terreno inverosímilmente próximo al toro en que desenvuelve sus indescriptibles faenas, que impulsan los deseos de Manolete a resucitar. Parece imposible poder realizarlas en semejante terreno, pero cuando lo hace es porque sí es posible –“falta la prueba del miura”-, y el propio José Tomás parece confirmarlo con sus constantes tropiezos y series de cogidas.
Visto cuanto decimos, a más de un siglo (1894-2009) tan inconmensurable empeños de a pie, llegamos a la conclusión de que lo que vieron los aficionados de entonces y los que vemos a José Tomás hoy, constituyen el fundamento de una peculiar forma de torear, pero que no llegó a cuajar en los dos desdichado diestro precursores, que no disfrutaron de los super seleccionados toros de nuestros días, pero que había de imponerse muchos años después con Manolete y terminar siendo la piedra angular de toda una manera del supuesto toreo moderno que hace José Tomás. A ello, debe el puesto que, a juicio de la mayoría de los aficionados, ya ocupa el diestro madrileño en la historia de la tauromaquia y que pedimos al Altísimo que no tenga que coronar su fama con la misma desdichada muerte que los en él reencarnados, porque los toros no perdonan tanto.
Carlos V. Serrano
El Puerto, 17 junio 2009






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