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Las Ventas, una plaza devaluada
22 Mayo 2026Artículo de opìnión de Juan M Quiros
Parece ser que hasta la plaza de toros más importante del mundo, como es Las Ventas, ha llegado la moda de las Puertas Grandes a precio de saldo. Dos orejas y a la calle Alcalá, como si abrir esa puerta fuese un trámite más, una costumbre o, peor aún, un premio de consolación.
Ay, Madrid… ¿qué están haciendo contigo? ¿Qué pensarán aquellos toreros que se dejaban literalmente la vida para cruzar ese umbral de gloria? Aquellos hombres que sabían que abrir la Puerta Grande de Las Ventas no era un regalo, sino una conquista reservada para tardes verdaderamente históricas, para faenas rotundas, incontestables, de esas que quedan grabadas en la memoria del aficionado durante décadas.
Porque no nos engañemos: de un tiempo a esta parte, y con la llegada de mucho público y cada vez menos aficionados a los tendidos, se está desvirtuando el valor que antaño tenía salir a hombros por la calle Alcalá. La emoción de lo extraordinario empieza a confundirse con la rutina de lo complaciente. Y cuando todo vale, nada pesa.
Lo llevo diciendo desde hace mucho tiempo: quizá haya llegado el momento de replantear el baremo. La solución, bajo mi punto de vista, sería clara: mínimo tres orejas para abrir la Puerta Grande o, al menos en plazas de primera, las dos orejas de un mismo toro. Solo así volveríamos a darle el prestigio y la dificultad que merece un triunfo de semejante categoría.
Con ese criterio probablemente nos habríamos ahorrado algunas Puertas Grandes recientes, como las de Adrián, Álvaro Serrano o Julio Norte. Y lo digo sin restar méritos ni mucho menos. A mí, por ejemplo, Álvaro Serrano me encantó; me pareció un torero con verdad, personalidad y cosas muy interesantes. Pero precisamente por respeto a ellos, al toreo y a la historia de Las Ventas, creo que esa puerta debe tener un peso muchísimo mayor. No todo triunfo merece el mismo escalón.
El debate podría extenderse también a esas orejas que se conceden después de un bajonazo escandaloso o de una espada manifiestamente mal colocada. Sí, ya sé que alguno estará esperando el ejemplo: a Morante le concedieron dos orejas el pasado año tras un bajonazo infame. Pues sí, también vale para el diestro cigarrero. Si exigimos rigor, ha de ser para todos, sin excepciones, sin nombres propios y sin el peso del aura o de la leyenda.
Tal vez haya llegado el momento de que los aficionados recuperemos nuestro sitio, nuestra voz y también nuestra exigencia. Porque en los toros no todo debería valer. La emoción del triunfo nace precisamente de su dificultad, de lo excepcional, de lo irrepetible. Si regalamos el premio, vaciamos el mérito.
Y como dijo el Faraón de Camas, las orejas no dejan de ser despojos. Ahí, quizá sin pretenderlo, dictó una gran sentencia: si son despojos, al menos que cueste mucho ganarlos.
Juan M Quiros
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