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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis toros de
Victoriano del Río. De desiguales hechuras y
condición. Extraordinario el cuarto, premiado con la
vuelta al ruedo. Bueno un primero justo de fuelle.
Con genio manso segundo y quinto; con genio áspero
el tercero; violento el sexto.
ESPADAS:
Luis
Francisco Esplá, de bermellón y oro, silencio y
dos orejas. Salió a hombros.
Morante de la
Puebla, de verde musgo y azabache, pitos en los
dos.
Sebastián
Castella, de malva y oro, ovación tras aviso en
los dos.
INCIDENCIAS
4ª de las Corridas
del Aniversario. Lleno. Encapotado, muy ventoso. Una
faena de torero grande. Magistral, de inspiración,
rotunda y redonda. Tal vez la mejor del largo
historial del torero de Alicante. Apoteósico. Dos
orejas, casi un rabo. Dos pares fuera de serie de
Curro Molina al sexto.
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Video resumen del festejo de
Las-ventas.com |
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"cuajar un toro así
en mi despedida de
Madrid es el sueño
de una vida".
Así lo vio la
prensa
COPE.ES:
“Esplá de despide por la Puerta Grande”
(Rafael Cabrera)
BURLADERO.COM:
“La penúltima lección de un torero de Madrid”
(Mario Juárez)
ABC:
“Gloriosa despedida de Esplá” (Zabala de la
Serna)
LA RAZÓN:
“Clamorosa despedida de Esplá” (Juan Posada)
ELMUNDO.ES:
“Histórica despedida de Esplá” (Lucas Pérez)
EL PAÍS:
“Esplá se despide por la puerta grande”
(Antonio Lorca)
AGENCIA EFE: “Esplá,
de qué manera” (Juan Miguel Núñez)
MUNDOTORO.COM:
“Las despedidas no entran en las quinielas”
(CRV)
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La despedida
de Esplá fue
épica. Por
todo. Por su
carga y su
rito
ceremoniales:
una ovación
crujida al
verlo asomar
maravillosamente
bien vestido
de bermellón
o carmín,
soberbios
los golpes
macizos de
oro en
hombreras,
pechera,
espalda,
bocamangas y
machos;
todavía más
rota la
ovación al
final del
paseo, y
tanto que no
pudo
resistirse
Esplá a
salir para
corresponder,
y sacar de
paso con él
a Morante,
que,
destocado,
se sumó al
coro de
palmas de
ley.
Por la
ceremonia,
primero; por
las
circunstancias
enseguida y
también: una
tarde de
enredadísimo
viento que
sólo vino a
aplacarse a
capricho
durante la
lidia del
cuarto de
corrida, el
último que
iba a matar
Esplá en sus
casi cien
tardes de
toros en
Madrid. Con
éste sumaba
su
octogésima
octava
salida.
Ochenta y
ocho. Una
cifra
memorable. Y
épica, en
fin, porque
la última
faena fue
seguramente
la mejor de
las muchas
buenas que
en tantas
tardes haya
firmado en
Madrid de su
mano, su
música y su
letra al
cabo de casi
treinta
años.
La más
redonda y
lograda, la
más
inspirada
pero la más
sencilla
también, la
más cabal,
sutil,
medida y
completa. A
un toro
Beato
extraordinario,
de
Victoriano
del Río,
para el que
el propio
Esplá pidió
sin celos ni
impostura la
vuelta al
ruedo. Y que
se arrastró
sin orejas y
en medio de
un clamor
descomunal.
El mismo con
que se
estuvo
subrayando
la faena
entera de
Esplá, que
fue un hilo
seguido de
toreo mayor.
No sólo del
llamado de
repertorio,
cuyo dominio
tan bien
interpretado
ha hecho de
Esplá un
singular
torero tan
distinto, y
tan capítulo
aparte; sino
del que vino
a ser en su
día la clave
y el fondo
inexcusables
de los
repertorios:
el toreo
encajado y
firme, de
mano baja,
ligado,
ajustado,
ceñido, bien
rematado,
grácil y
grave, en
función del
toro y no
impuesto a
él. No
impostado.
Discurrido,
improvisado.
La faena,
decantada
por sí sola,
fluyó sin
pausas ni
dudas. Una
apertura de
rabioso y
rancio
clasicismo:
tres pases
por alto
agarrado
Esplá a la
barrera y
otros tres
ya fuera de
ella porque
el toro se
le había
estrellado,
y asustado,
y convino
tirar de él
al tercio y
afuera, y
resolver ese
tanteo tan
de trompeta
con un
cambio de
mano por
detrás y al
paso del
todo genial
porque no lo
abrochó
Esplá con el
de pecho
convencional
sino con un
mero irse.
En la
segunda
raya, donde
más al
abrigo del
viento se
sintió,
Esplá siguió
con tres
tandas en
redondo,
igual de
abundantes
las tres, de
llegar hasta
el quinto
muletazo
ligado sin
perder
pasos; igual
de
embraguetadas,
enganchadas
por delante,
rematadas
por abajo en
toques tan
certeros
como los de
los
enganches y
abrochadas
según quiso
y dispuso
Esplá: o con
el de pecho,
o con un
simple
cambio de
mano con
desplante o
cortando
tanda sin
más.
El chorro
fue
espléndido,
el toro
agradeció el
ritmo y el
trato, no
contó que
algún
muletazo se
saldara con
enganchón
porque vino
toreado el
toro
siempre,
ganado por
la mano. En
pleno clamor
se sentía a
Esplá
respirar por
la obra, tan
de maestro.
Faltaba como
prueba de
fuego la
tanda con la
izquierda,
que se
debía, y
llegó: cinco
a puro pelo,
de soberbia
desnudez,
ligazón
insuperable.
Se dejó ir
Esplá. A la
hora de
tirar
cohetes y
hacer
lindezas,
Esplá tiró
de su
repertorio
tan rico:
los pases de
costadillo,
el
afarolado,
la
trinchera,
los pases de
la firma y
el desdén, y
unos con
otros
ensamblados
como hebras
del mismo
tejido.
En pie
La gente se
puso de pie,
se entonó el
coro
mexicano del
“¡Torero,
torero…”! y,
en fin,
dueño del
circo todo y
de la escena
entera,
rebosante de
ilusión,
Esplá cuadró
al toro y
buscó un
ataque de
largo, en la
suerte
contraria
pero dando
al toro
salida a
toriles,
para
provocar la
estocada al
encuentro o
recibiendo.
Fue más lo
primero que
lo segundo.
Cayó tendida
y trasera la
espada, por
bravo no
rodó el
toro, sino
que tomó la
ruta de los
medios
cuesta
arriba y,
cuesta
abajo, las
de las
tablas de
sol, donde
Esplá tuvo
que
descabellar.
Se vino
abajo la
plaza al
caer el
toro. Dos
orejas, casi
el rabo. Era
indescriptible
el gesto de
felicidad de
Esplá
durante la
vuelta al
ruedo, que
acabaron
siendo dos
por
plebiscito
popular.
Sombreros,
prendas,
flores,
cigarros.
Como en los
días de oro.
Antes de la
faena, Esplá
había
lidiado con
cabeza el
toro y, en
detalle
grande, lo
había
quitado él
mismo del
caballo tras
la segunda
vara, y lo
sacó
toreando. Y
detalle
generoso: a
ese toro le
puso tres
pares de
banderillas
de mucho
poder porque
el toro
apretó de
bravo, y
entró por
los dos
pitones. Y
hasta
cambiando el
viaje antes
de embroque
como en los
días
recientes
aún en que
Esplá era un
banderillero
de piernas
como de
atlante. Fue
su día. Por
todo eso y
más: por
llevarle el
toro y el
lote, aunque
el viento no
dejó
confiarse
con el noble
primero, que
se iba al
suelo en los
viajes de
vuelta, pero
en
claudicaciones
menores de
toro
entregado.
Un molinete
de firma, un
quite de
lances de
costadillo
viejos con
larga
revolera de
remate, la
composición
natural en
todos los
embroques y
salidas de
suerte.
Aunque esa
primera
faena fue
menor, tuvo
también su
plástica
propia y
personal.
Fue muy
hermoso
todo. Y más
sencillo de
lo que pueda
imaginarse.
Morante le
brindó a
Esplá el
quinto de la
tarde con
sencillez
precisamente.
Y
cariñosamente.
Pero Morante
se llevó el
lote
endiablado
de la tarde
y, pese a su
firmeza en
el quinto
toro, no
pudo ser el
Morante que
quería ver
la gente.
Castella
estuvo hecho
un jabato
formidable:
ni el genio
del tercero,
siempre a la
defensiva,
ni la manera
de puntear y
protestas
del sexto lo
frenaron. Ni
el viento
que lo dejó
una vez y
otra en
evidencia.
Nunca más
cierto el
dicho de
“jugarse la
vida”. En
dos faenas
de emociones
y
sobresaltos
sin cuento,
apasionadas,
marcadas por
sublimes
desplantes,
por la
autoridad
del torero
dispuesto a
todo. Pero
no del todo
reconocido.
(COLPISA,
Barquerito)
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