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La coronaron de espinas Daniel Pérez
Lorenzo |
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El mayor enemigo de la Fiesta
está dentro. Eso es lo que se comenta por los corrillos y tertulias
en los últimos tiempos. La temporada taurina del verano de 2006 no
ha hecho más que confirmar los malos augurios que desde hace mucho
se ha venido denunciado desde varios sectores, sobre todo, de parte
de un sector de la prensa, peñas y aficionados. Esta temporada hemos estrenado reglamento taurino andaluz. Las reformas, esperanzadoras al principio, no han servido de mucho. Se sigue ridiculizando la suerte de varas; el afeitado, es una batalla perdida aunque la normativa lo contemple como prohibición. En nuestro coso, de momento ha valido para insuflar una bocanada de aire fresco al palco presidencial. La labor de los usías de esta temporada, Sestelo y Alonso, junto con el asesor taurino, Antonio González, augura esperanza. Se aprecia un atisbo de mejora en la exigencia aunque a veces han tomado decisiones desacertadas; pero el prestigio y la categoría taurina de la plaza, con los que se han topado, fruto de la historia más negra de este coso, y cuyos nefastos balances artísticos intentaban tapar a base de orejas, va a ser difícil desterrarlo. Se ha malacostumbrado al ciclotímico público portuense, en muchas ocasiones festivo y verbenero, que tiene en el corte de orejas su único fin, para saciar las ansias e instintos más primitivos. Ni siquiera se preguntan de quien son los toros a lidiar, porque lo más importante es poder enumerar al final del espectáculo el número de trofeos cortados por los espadas actuantes. Esta temporada hemos apreciado tardes en las que el gran público ha copado los tendidos, mientras otras, como en la corrida torista y en la última del ciclo, la cultura taurina del respetable ha dado caché a la plaza.
En el capítulo de toreros, un toque
de atención a la mayoría de los novilleros, que parece que lo traen
todo hecho. A veces algunos tendrían que haberse dejado pegar algún
que otro revolcón, aunque a Cayetano, su torpeza le llevó al albero.
Tan sólo las ganas de agradar de los comprovincianos Benjamín Gómez
y José Caraballo, además de la actuación del triunfador, Antonio
José Blanco, que entró por la vía de la sustitución. Las figuras,
como siempre, y entre ellas incluyo a Cayetano Rivera. Sus niveles
de exigencias a la hora de los sorteos y mucho antes en el campo,
han venido a demostrar una vez más que la Plaza Real es un mero
trámite, donde un triunfito suena bonito y queda bien por los saraos
del toreo, pero un fracaso no les quita el sueño. Ni siquiera
inician vueltas al ruedo ya que para ellos es un éxito muy exiguo,
sólo valorable en contadas plazas de toros como Madrid y Sevilla.
Del apartado ganadero, poco se puede salvar. Suspenso generalizado sin opción a reválida. Jandilla y Juan Pedro, ¡no vuelvan en mucho tiempo!, ni siquiera con los hierros sucedáneos –exceptuando Fuente Ymbro-; Osborne, desencanto; El Torero, sólo presencia; Núñez del Cuvillo, demasiado chico para esta plaza; y Adolfo Martín, necesita mejorar. No voy a entrar en los precios ni en las cuentas de empresa y ganaderos, pero algo está fallando. Y este año ni siquiera hemos podido tapar el fracaso ganadero con rabos e indultos. Las novilladas, por el mismo camino que las corridas y del rejoneo prefiero no opinar. No podía faltar un toque de atención al propietario del coso por el estado del inmueble. Indecente, sucio y maloliente. La novia que todos los domingos hay que vestir de blanco, la prostituyen durante el invierno. Ni un solo euro en maquillaje. Es una lástima que esta ciudad no cuide su patrimonio. Es penoso que no exista un museo taurino con los fondos que poseen grandes coleccionistas portuenses. ¿Existe siquiera un inventario de lo que atesora el ayuntamiento a nivel taurino? Nadie se acuerda de la novia, tan sólo dentro de unos meses, cuando la usen como reclamo electoral, tanto por la empresa, para optar a una nueva concesión, como por los políticos, para concitar las simpatías del votante. Será cuando se desempolven milongas como la “venta de Antequera” –corrales donde poder presenciar el encierro en su conjunto-, o restaurantes, tiendas, y otros usos para los bodegones que circundan la plaza. De nuevo proclamarán su título nobiliario de “Real”, aunque el resto del tiempo la coronen de espinas. Sobran grímpolas y lepantos y falta vergüenza. Hasta entonces, un largo invierno en el que rememorar tiempos mejores, y soñar con que algún día la cosa cambie. Para este viaje no necesitábamos estas alforjas. Dejar en la estacada a nuestro paisano Alejandro Morilla, no sólo es una falta de sensibilidad con el torero y con El Puerto, sino un grave incumplimiento del pliego de condiciones. Pero ya estamos acostumbrándonos a que se bendigan estas malas formas de proceder. Felicidades a los pacientes y sufridos espectadores que en demasiados momentos han acabado pidiendo la hora.
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