TEMPORADA 2005

 

BALANCES EL PUERTO


Daniel Pérez
Carlos V. Serrano

Olga Pérez
 

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La coronaron de espinas

Daniel Pérez Lorenzo
23 agosto 2006

 

Me viera yo en tus carteles,
una tarde marinera
haciendo con tu bandera
señas a mis timoneles.
lejos de los redondeles
no sé qué sangre te espera,
no que torillos abantos
te acribillan a cornadas,
plaza real, coronada
de grímpolas y lepantos.


  Aquilino Duque
 

 El mayor enemigo de la Fiesta está dentro. Eso es lo que se comenta por los corrillos y tertulias en los últimos tiempos. La temporada taurina del verano de 2006 no ha hecho más que confirmar los malos augurios que desde hace mucho se ha venido denunciado desde varios sectores, sobre todo, de parte de un sector de la prensa, peñas y aficionados.
El pilar fundamental sobre el que se cimenta la Fiesta, el toro, está en una preocupante caída en picado y no parece que haya propósito de enmienda por remediarlo. Las exigencias del entramado taurino para la cría de un determinado tipo de toro, con excesiva nobleza y una alarmante falta de raza, han llevado a este camino del abismo al espectáculo más maravilloso del mundo. Cualquiera es hoy ganadero, y cualquiera comercializa toros como si de sandías o melones se tratase. La profesión de criador de toros de lidia, me merece un gran respeto, el cual no percibo recíprocamente como aficionado cuando, ganaderos consagrados, anteponen los intereses crematísticos a la lealtad que merece nuestra Plaza Real, “la segunda de Andalucía”. Acuñar tal eslogan ha sido aproximarse a la ridiculez. ¿Dónde dejamos a Málaga, a Córdoba, a Almería o a la propia plaza de Jerez donde la presencia del toro dista mucho de la Plaza Real? Las figuras se han acomodado en los últimos tiempos. “¡Que agradable venimos a El Puerto!”, es la frase a la que le han dedicado un frontispicio los profesionales del toro. Lo peor es que el cemento va en aumento en los escaños del coso portuense.

 El gran invento del sistema de entradas conjuntas que heredó esta empresa gracias a la labor de Canorea y Barrilaro, poco a poco se ha ido diluyendo. El aficionado –con o sin título- seguirá acudiendo a la plaza, pero el aspirante, el que se aproxima a aficionarse al arte de Cúchares ha desertado. La ausencia de autenticidad y emoción provocan un gran desinterés entre la gente joven, que se conforma con acudir al seudo botellón veraniego en que han convertido la corrida de rejones, que en la feria de primavera llaman “corrida de toros lidiada a caballo”. Curiosa denominación inexistente en el reglamento.

 Esta temporada hemos estrenado reglamento taurino andaluz. Las reformas, esperanzadoras al principio, no han servido de mucho. Se sigue ridiculizando la suerte de varas; el afeitado, es una batalla perdida aunque la normativa lo contemple como prohibición. En nuestro coso, de momento ha valido para insuflar una bocanada de aire fresco al palco presidencial. La labor de los usías de esta temporada, Sestelo y Alonso, junto con el asesor taurino, Antonio González, augura esperanza. Se aprecia un atisbo de mejora en la exigencia aunque a veces han tomado decisiones desacertadas; pero el prestigio y la categoría taurina de la plaza, con los que se han topado, fruto de la historia más negra de este coso, y cuyos nefastos balances artísticos intentaban tapar a base de orejas, va a ser difícil desterrarlo. Se ha malacostumbrado al ciclotímico público portuense, en muchas ocasiones festivo y verbenero, que tiene en el corte de orejas su único fin, para saciar las ansias e instintos más primitivos. Ni siquiera se preguntan de quien son los toros a lidiar, porque lo más importante es poder enumerar al final del espectáculo el número de trofeos cortados por los espadas actuantes. Esta temporada hemos apreciado tardes en las que el gran público ha copado los tendidos, mientras otras, como en la corrida torista y en la última del ciclo, la cultura taurina del respetable ha dado caché a la plaza.

 En el capítulo de toreros, un toque de atención a la mayoría de los novilleros, que parece que lo traen todo hecho. A veces algunos tendrían que haberse dejado pegar algún que otro revolcón, aunque a Cayetano, su torpeza le llevó al albero. Tan sólo las ganas de agradar de los comprovincianos Benjamín Gómez y José Caraballo, además de la actuación del triunfador, Antonio José Blanco, que entró por la vía de la sustitución. Las figuras, como siempre, y entre ellas incluyo a Cayetano Rivera. Sus niveles de exigencias a la hora de los sorteos y mucho antes en el campo, han venido a demostrar una vez más que la Plaza Real es un mero trámite, donde un triunfito suena bonito y queda bien por los saraos del toreo, pero un fracaso no les quita el sueño. Ni siquiera inician vueltas al ruedo ya que para ellos es un éxito muy exiguo, sólo valorable en contadas plazas de toros como Madrid y Sevilla.
Los primeros toreros del escalafón siguen acomodados. Ponce podrá seguir hasta que la longevidad le impida torear, porque no hay nadie que arree y le obligue a replantearse su futuro. Hablan ahora de un tal Talavante y un posible regreso de José Tomás. Del resto, nadie le puede echar la pata “alante”. Morante, con todo a favor de obra, ha dejado destellos de su arte y gotitas de su esencia; Finito, ni estuvo ni se le esperaba; Conde, sigue a la búsqueda y captura de las musas; El Cordobés, nunca debió haber salido de la Costa del Sol; Padilla no da el nivel con el toro chico; Vega, incapaz de cuajar una faena; Tejela, César Jiménez y Serafín Marín pasaron de puntillas; Jesulín, muy asentado y profesional; Torrecera, con hambre de triunfos y demostrando que quiere ser alguien en esto; Perera, la gran esperanza; Liria, sin materia prima; Encabo, una de las mejores faenas sin redondear con los aceros; Rincón, en el tren camino de vuelta; El Cid, apuntando clase; Salvador Cortés, poderoso y esperanzador; y Castella, dignificando y honrando la profesión.

 Del apartado ganadero, poco se puede salvar. Suspenso generalizado sin opción a reválida. Jandilla y Juan Pedro, ¡no vuelvan en mucho tiempo!, ni siquiera con los hierros sucedáneos –exceptuando Fuente Ymbro-; Osborne, desencanto; El Torero, sólo presencia; Núñez del Cuvillo, demasiado chico para esta plaza; y Adolfo Martín, necesita mejorar. No voy a entrar en los precios ni en las cuentas de empresa y ganaderos, pero algo está fallando. Y este año ni siquiera hemos podido tapar el fracaso ganadero con rabos e indultos. Las novilladas, por el mismo camino que las corridas y del rejoneo prefiero no opinar.

 No podía faltar un toque de atención al propietario del coso por el estado del inmueble. Indecente, sucio y maloliente. La novia que todos los domingos hay que vestir de blanco, la prostituyen durante el invierno. Ni un solo euro en maquillaje. Es una lástima que esta ciudad no cuide su patrimonio. Es penoso que no exista un museo taurino con los fondos que poseen grandes coleccionistas portuenses. ¿Existe siquiera un inventario de lo que atesora el ayuntamiento a nivel taurino? Nadie se acuerda de la novia, tan sólo dentro de unos meses, cuando la usen como reclamo electoral, tanto por la empresa, para optar a una nueva concesión, como por los políticos, para concitar las simpatías del votante. Será cuando se desempolven milongas como la “venta de Antequera” –corrales donde poder presenciar el encierro en su conjunto-, o restaurantes, tiendas, y otros usos para los bodegones que circundan la plaza. De nuevo proclamarán su título nobiliario de “Real”, aunque el resto del tiempo la coronen de espinas. Sobran grímpolas y lepantos y falta vergüenza. Hasta entonces, un largo invierno en el que rememorar tiempos mejores, y soñar con que algún día la cosa cambie.

 Para este viaje no necesitábamos estas alforjas. Dejar en la estacada a nuestro paisano Alejandro Morilla, no sólo es una falta de sensibilidad con el torero y con El Puerto, sino un grave incumplimiento del pliego de condiciones. Pero ya estamos acostumbrándonos a que se bendigan estas malas formas de proceder. Felicidades a los pacientes y sufridos espectadores que en demasiados momentos han acabado pidiendo la hora.

 

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