LA GACETILLA TAURINA 

 Nº  58 -   12 Diciembre 2006   (Textos originales del Dr. en veterinaria D. Juan J. Zaldivar)

Un Picador de Tronío…  en tarde de Gloria en El Puerto

      

            Antonio Calderón Díaz (1821-1889) -fundador de una dinastía de ilustres picadores  y  toreros de a pie que aun en nuestro días sigue manteniendo el apellido honrosamente (*)- trabajó como tal durante treinta años (1849-1879) y los aficionados gaditanos fueron testigos, en la Plaza Real de El Puerto de Santa María, al menos dos tardes memorables, en las que fue artífice, junto con otros compañeros, de hechos históricos acaecidos en nuestra coso taurino –que desgraciadamente cumplió en el 2005 su CXXV aniversario sin que se festejara a bombo y platillo semejante efeméride-, protagonizados por dos toros excepcionales.
 

La primera fue la del (23-07-1860)   -justamente 20 años menos un mes antes de la inauguración de la actual plaza de toros-, en la que salió el primer toro al ruedo portuense, de la ganadería de don Joaquín Jaime Barbero, llamado Contador. Le correspondió a Antonio Sánchez (El Tato),  quien lo recibió con el capote, cuando ya estaban en el ruedo los varilargueros en tanda Antonio Calderón Díaz, Juan Alavés y José Trigo -¡vaya terna!-, montando sus caballos aún sin petos. El aguerrido trío le propinó 39 puyazos al toro, y cuentan las crónicas, “… sin que les descontaran ni voltearan ningún caballo.
 

Tal fue el entusiasmo y  la algarabía que semejante hazaña produjo en el ánimo del público que llenaba los tendidos de la plaza, que unánimemente pidieron el indulto de tan excepcional astado, varios minutos antes de empezar el lidiador a preparar los trebejos para ejecutar la suerte suprema, a lo que accedió el presidente, y el Tato no le dio a Contador un muletazo, por  lo que fue el primer indultó históricamente concedido en nuestra Plaza Real. Los tres picadores tuvieron que saludar a la nutrida concurrencia, que les premió con una sonora ovación.

            Si histórico fue el indulto no lo fue menos el inaudito hecho –también el primero en la tauromaquia que un astado recibe 39 puyazos sin producir bajas en la caballería, ni caída de  los castoreños. Decimos esto porque apenas trece años después, concretamente  el (20-04-1873), otro astado, llamado Parrillero, de la ganadería de don Rafael Laffitte, de impresionante jechura, tamaño y abultada cifra en la romana, muy bravo y noble, fue jugado en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, también arremetió 39 veces a los jinetes, pero éste mató ocho caballos y dejó cuatro mal heridos, que murieron en los corrales. ContadorParrillero han sido, también históricamente, los dos únicos toros que recibieron esa cantidad de varas.

              La segunda tarde portuense fue la del (26-07-1869) –nueve años y  tres días de la primera-, en la que alternaron, curiosamente los mismos diestros que inauguraron once años después nuestra Plaza Real: Antonio Carmona (Gordito) y Rafael Molina (Lagartijo), actuando en tanda nuevamente Antonio Calderón Díaz y en esta ocasión con Onofre Álvarez y Antonio Mondéjar (Juaneca), siendo el principal protagonista el astado, llamado Gordito, de pelaje negro, pequeño, pero bien criado, de la ganadería de don José López Cordero, al que le asestaron 30 varas, matando 21 caballos. Al tocar a banderillas, el público, impresionado y conmovido por la increíble bravura del toro, pidió le fuera perdonada la vida; accedió el presidente, y Gordito fue retirado a los corrales, en donde murió a consecuencia de las heridas causadas por las puyas. Así que, cronológicamente, fue el segundo toro indultado en la Plaza Real.

Plaza de El Puerto el año cde su inauguracion (1880)              La Plaza Real es históricamente, pues, la única en la que un  toro ha matado 21 jamelgos. Por otro lado, sólo otros dos toros recibieron el mismo número de varas con anterioridad a Gordito: Andaluz, de la ganadería de Cipriano Ferrer, ubicada en Pina de Ebro (Burgos), jugado en la Plaza de Toros de Barcelona el (22-05-1851), aguantó los citados 30 puyazos y mandó a la enfermería al picador Joaquín Coyto (Charpa); y Tirabuzones, de don José Antonio Adalid, lidiado en Puerto de Santa María el día (01-09-1867), llegó el mismo número de veces a los picadores y mató seis caballos, conservando sus facultades hasta la muerte, por lo que puso en grave aprieto a todos los lidiadores, llegando el temor –algunos sintieron  verdadero pavor- a la mayoría de los aficionados portuenses.

            Dicho lo anterior, nos despedimos de Antonio Calderón Díaz, reconociendo su popularidad, que fue tan grande como su mérito. Su brazo derecho era poderosísimo y sujetaba y castigaba duramente a los toros. Sus condiciones de jinete eran magníficas, aunque acaso no llegó en esto a la altura de su hermano Francisco. Su simpática jechura viril, de hombre afable y honesto, al mismo tiempo de campo y de rumbo, es estampa taurina, de la que ha quedado testimonio en un memorable dibujo de Gustavo Doré.

 

(*) Nacido en Alcalá de Guadaira (Sevilla) en 1821, falleció el (18-01-1889), a los 78 años de edad, cuando se encontraba  retirado en su villa natal, tras disfrutar diez años de plena tranquilidad con los suyos en su hogar. Sirvió a las órdenes de los mejores espadas de su época, entre ellos el Chiclanero, Cúchares, el Salamanquino, el Tato y el Gordito. Es digno de recordar que, precisamente haciéndole un quite, sufrió la cornada mortal del toro de Miura, llamado Jocinero, el desgraciado diestro cordobés José Rodríguez (Pepete). 

                                                                   

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